domingo, 6 de noviembre de 2016

EL ÚLTIMO SUSPIRO (por Ricardo San Martín Vadillo)


EL ÚLTIMO SUSPIRO 
(Ricardo San Martín Vadillo)

 
Me llamo Edelmiro y nací en Alcalá hace once años.

Cuando tenía cuatro, mis padres, peones sin ningún trabajo, hubieron de emigrar a Alemania. Pasaron un quinquenio trabajando y ahorrando hasta que cerraron la fábrica en que estaban. Con el dinero ahorrado y la indemnización por despido, volvimos a Alcalá y mis progenitores se plantearon en qué invertir.
 
- Julián, tenemos que elegir un negocio con futuro, para nosotros y para nuestro hijo, -dijo mi madre Mercedes. 

- Estoy de acuerdo contigo. He pensado en una tienda de alimentación. Los alcalaínos deben comprar comida todos los días. Ese es un negocio seguro y a largo plazo.

- Déjate, déjate. Hoy en día con las grandes superficies y las cadenas, la gente suele comprar en supermercados. No, un colmado, no; mejor algo que tenga la clientela asegurada.


Así pasaron varios días, proponiéndose ideas mutuamente: una droguería, una ferretería, una licencia de taxi, una panadería, etc.

Por turnos se rebatían las propuestas que el uno proponía al otro y encontraban el punto flaco del proyecto.

Yo les oía deliberar durante las comidas, sin llegar a un consenso.

Fue durante una cena cuando se me ocurrió la idea y la expuse en voz alta.

- Una funeraria, -dije rotundo.

Callaron los dos y se volvieron a mirarme con asombro:

- ¿Cómo has dicho, Miro?, -así me llamaban en casa y los amigos.

¿No decís que queréis un negocio en donde no falle la clientela? Una funeraria sería la solución. Cada día la gente se muere, así pues la clientela está asegurada.

Vieron adecuada la sugerencia y quedó acordado.

¿Qué nombre le pondremos?, -se preguntaron mis padres.

Descartaron Funeraria Virgen de las Mercedes por tradicional, Funeraria Contento (el apellido de mi padre y mío) por inadecuado; la Paz,

 por repetido.

De nuevo salté con otra propuesta: 

¿Qué os parece “El último suspiro”? Yo lo veo muy “molongo”.

Consideraron que era original y sugerente. Quedó aceptado por unanimidad.

Así empezó el negocio familiar. En él trabajaban mis padres, y yo ayudaba con naturalidad en lo que se me requería. A mí me gustaba aquel lugar: siempre lleno de gente, caras nuevas cada día y buenos ingresos.

Además, en el colegio Alonso de Alcalá mis amigos, se sentían intrigados por lo inusual y variado de nuestra clientela. 
 
 
                                                                  
Cada día la gente se muere, así pues la clientela está asegurada.

 
 
Miro, ¿qué muerto tenéis hoy?

Un torero de la corrida de la feria de San Mateo. Le corneó un novillo de nombre “Resabiao”. A euro la mirada.

Subrepticiamente llevaba a mis compañeros de clase a la funeraria, abría la puerta de la sala donde reposaba y les dejaba ver por unos minutos al muerto en su caja. La muerte amedrentaba y atraía el interés de mis amiguillos llenos de vida. Además, me sacaba unos dineros de aquella forma.

Un día llegué al aula y anuncié antes del inicio de la clase:

A ver, hoy tengo algo inusual. La mujer barbuda del circo murió ayer aplastada por la caída del funambulista. Dos euros y medio la visita. Cobro en el recreo.

Todo un éxito de público. Saqué más de cuarenta euros. Mientras miraban asombrados aquella cara femenina y densamente peluda, Amalia, que era muy atrevida y curiosa me preguntó:

¿Puedo tocarle la barba?

Me lo pensé sólo tres segundos:

Vale, pero luego me das otro euro y medio.

Logré otros quince euros suplementarios de mis amigos.

En Alcalá cada niño o niña era conocido por alguna habilidad que le hacía destacar. Los había que pintaban muy bien, otras cantaban como los ángeles o tenían una memoria de elefante, a algunos se les daba bien un determinado deporte. Yo era famoso por mis muertos.

Edelmiro,-me dijo un día Bernardino,- tengo un encargo para ti.

Bernardino Nofuentes era un anciano solitario. Había perdido la familia, uno tras otro, en circunstancias diversas, con frecuencia trágicas. Vivía en soledad, con la botella como única y última compañía. 

Quiero que cuando yo muera y me lleven a “El último suspiro”, entres en la sala donde me tengan, me abras la boca y me eches un buen chorro de anís en la boca. ¿Harás eso por mí? Es para el último viaje…

Había yo oído en las clases del colegio como a los romanos en su tumba los enterraban con una moneda dentro de la boca, para pagar al barquero Caronte, encargado de cruzar el alma del muerto a la otra orilla de la laguna Estigia. 
 
 
Utiles de aseo y adecuación del difunto en la funeraria.



Así pues, no vi nada malo en lo que me pedía Bernardino. Además, me soltó cincuenta euros en pago anticipado por el encargo y como acuerdo sellado de mi compromiso.

Pasaron dos años hasta que volví a verle. En una de las borracheras nocturnas había caído a la fuente del Paseo sin que nadie se percatara del incidente. Había muerto ahogado.

Pensé que era una ironía del destino: había sido el agua lo que le había matado, no el alcohol. O así lo razonaba mi mente infantil.

Sin ser visto, antes de llegar sus pocos colegas de farras al velatorio, entré en la sala con la botella de anís y cumplí con mi parte del trato. Le abrí la boca y le vertí un chorreón generoso de anís del Mono. Que me pareciera a mí ver alegrarse su rostro, supongo que fue debido a mi imaginación infantil.

Durante el velatorio quienes le conocieron en vida y le apreciaron se miraban unos a otros. ¿Quién viene aquí cargadito de anís? El olor dulzón impregnaba toda la sala.

A lo largo de los años he visto muertos muy curiosos e inusuales. Como doña Ernestina, la solterona de mi calle, que padecía del corazón y a cuya puerta dejaron unos jóvenes estudiantes del Instituto “Alfonso XI” el esqueleto que previamente habían sustraído del laboratorio de Ciencias Naturales. Lo colgaron a la puerta de su casa y tocaron el timbre. Murió del susto, un infarto cardíaco causado por la cadavérica visita. En “El último suspiro” hicimos cuanto pudimos por cerrar aquellos ojos abiertos y desorbitados por el susto, los pelos erizados como escarpias. Con los ojos abiertos como platos y el cabello hirsuto debimos enterrarla. Un pánico que la acompañó hasta la tumba.

O aquella muerte inesperada de don Camilo, uno de los mayores hacendados de Alcalá y toda la Sierra Sur. Tenía un cortijo y cientos de hectáreas de olivos, unos ingresos cuantiosos, una barriga enorme de mucho comer y beber, una sexualidad exacerbada, según comentaban mis padres, incapaz de ser saciada con su oronda mujer. De sus correrías libidinosas se hacían lenguas en Alcalá y sus aldeas.

Un día se supo: había muerto don Camilo. Al parecer había acudido a los Rosales, atiborrado de Viagra, con una erección de caballo había solicitado los servicios de una despampanante mulata. Luego, había seguido con dos fornidas rubias con las que había pasado tres cuartos de hora largos. Salieron ambas exhaustas y don Camilo gritó desde la cama de su habitación:

¡Más madera!

Ante aquella nueva petición se ofreció a “hacer el servicio”, Paulina, “la Esmirriá”. Poquita cosa era Paulina y de ahí su mote, pero tenía garra y nervio. Desde el interior de la habitación salían quejidos de placer y, de pronto, se oyó un grito de la Esmirriá:

¡Socorro. Se me ha muerto encima!

Acudió la matrona a las voces, las otras mancebas y algunos asombrados clientes. Ardua tarea fue separar a don Camilo de la Paulina. No había perdido el muerto su empalme y parecía haberse quedado enganchado en el interior de la Esmirriá. Fue necesario llamar primero al médico forense, que no hizo sino certificar la muerte de don Camilo. Después fue el turno de los bomberos que con una garrucha izaron el corpachón inerte del hacendado.

Yo le vi en la funeraria, escoltado por una avergonzada mujer y unos atribulados hijos. Mientras estuvo de cuerpo presente, boca arriba, el muerto parecía hacer gala del rigor de su masculinidad.

Negro se vio mi padre para poder cerrar la caja con aquel mástil que se negaba a ser arriado. “Genio y figura hasta la sepultura”, cuchicheaban en el funeral los asistentes.

Ya digo, he visto todo tipo de muertos y es una experiencia vital enriquecedora.

Así pensaba hasta que mi padre requirió mi ayuda un día:

 Miro, me tienes que ayudar a afeitar al Pulgas, que murió ayer.

Estanislao Malcuerno, alias el Pulgas, había sido famoso en Alcalá y alrededores por su agrio carácter y su mala leche, de ahí el seudónimo. Con niños y mayores demostraba sus malas pulgas.

Ahora yacía allí, esperando a ser rasurado de su barba de varios días. Un servicio solicitado por su familia deseosa de que fuese enterrado con un aspecto aseado. 
 

Maquillando al muerto

 
 
A mí no me asustaban los muertos, así que le enjaboné la cara y procedí al afeitado. Tenía la barba como el carácter: áspero y duro. Apreté con la cuchilla mientras con la mano izquierda tensaba su piel. Y en un momento sucedió: sin querer le di un tajo considerable.

¡Que me degüellas, “desalmao”!, -retumbó su voz en la sala donde le estaba afeitando, a la vez que se sentaba en la caja donde había yacido. Solté los instrumentos y salí de la habitación gritando:

¡Papá, mamá, el Pulgas ha resucitado!

No, no había resucitado. Supe entonces lo que era la catalepsia y cómo el Pulgas había caído en aquel estado de muerte aparente y despertado de nuevo a la vida al sentir el corte de la cuchilla en su carne.

Aun vivió tres años después de aquel insólito suceso, haciendo honor a su apelativo, con aquel carácter belicoso que le llevó a que le dieran un tiro en una pelea.

Por mi parte nunca más volví a querer ayudar a mi padre con ningún finado y decidí que en el futuro tendría cualquier negocio menos “El último suspiro”.

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