sábado, 25 de febrero de 2017

En nombre del amor

por Mari Carmen Arenas
Quería gritar pero no encontraba su voz
Comenzó a correr a toda prisa. Sus pulmones se hinchaban y deshinchaban al ritmo de sus pasos acelerados, sentía el corazón palpitar a toda prisa. La sensación que estaba experimentando era indescriptible: una armoniosa mezcla de dolor y paz. Una combinación absolutamente antagónica entre felicidad y tormento. Sentía que no era momento para volver atrás. “Atrás ni para coger impulso”, se dijo a sí mismo. “Estas cosas solo se hacen cuando quieres a alguien de verdad” o “Es un acto de amor, la quiero más de lo que nadie podrá quererla jamás”, eran las palabras que se repetía una y otra vez a sí mismo para anular su conciencia y autoconvencerse de que lo que había hecho, estaba bien hecho.

La tarde estaba cayendo, los colores rojizos reflejados en el trigo, seco y sediento por el calor del verano, anunciaban que la luz pronto remitiría para dejar paso a la luna. Ya no tenía fuerzas para seguir huyendo. Las gotas de sudor se arrastraban lentamente por su frente, bajando por su nariz y mejillas, perdiéndose en su barbilla.

De repente, todo se vino abajo. La inseguridad y el miedo, las dudas y el arrepentimiento, comenzaron a azotar a su conciencia. Ya no estaba seguro de que lo que había hecho estuviese tan bien. Se refugió detrás de unos arbustos y se encogió abrazándose las rodillas. Su sentido llanto ahuyentó a los pájaros que intentaban dormir entre las ramas de una encina situada a sus espaldas. Lloraba como un bebé abandonado. Era un llanto que nacía desde dentro expulsando todos los demonios que invadían su interior. Fue en ese preciso momento cuando se dió cuenta de la crueldad, egoísmo y salvajismo que envolvían aquello que acababa de hacer.

Ella sintió el frío mármol acariciando su cara. Tampoco sabía cómo definir lo que estaba experimentando en ese momento. El blanco brillante del suelo hacía resaltar aún más el intenso color de la sangre que brotaba de su abdomen. Sus sentidos lo percibían todo, pero se sentía incapaz de mover un músculo. Se sabía perdida. De golpe se arrancó la venda de los ojos, temiendo que era demasiado tarde. Quería llorar y no le salían las lágrimas. Quería gritar pero no encontraba su voz. Quería levantarse e ir en busca de aquel mal nacido pero el dolor punzante de sus heridas le impedía hacerlo. En un acto de valor aunó todas sus fuerzas y extendió la mano para alcanzar el móvil que se encontraba en el suelo a unos centímetros de ella. Consiguió alcanzarlo. Manchó la pantalla del móvil con la sangre de sus manos, esas que minutos antes taponaban las heridas que tenía en el abdomen. Sin saber cómo, logró marcar el número de su hermana. “Diga”, nunca antes se había alegrado tanto de escuchar esa voz. “Me ha matado, me estoy muriendo, llama a la policía”. Cayó inconsciente.

Unos minutos más tarde el sonido de las sirenas de una patrulla de la Guardia Civil ensordecieron al vecindario. Dos agentes se apresuraron a entrar en la casa. Tuvieron que romper una ventana para poder entrar. Estaba allí tendida. Sin pensarlo dos veces llamaron a una ambulancia y se apresuraron a buscar el pulso de aquella mujer tendida en el suelo, sin conocimiento y con unas profundas heridas de arma blanca en el abdomen. Aún tenía pulso. Débil, pero aún tenía. Uno de los agentes se quitó la camiseta del uniforme para hacer con ella presión en las heridas. “Estás a salvo, vas a salir de esta”, le susurró uno de ellos. La ambulancia llegó a tiempo. Tras unos días en la UCI, consiguieron estabilizarla. Había sobrevivido.

Días más tarde, un guarda forestal encontró el cadáver de un hombre de mediana edad colgado de una encina en uno de los montes de la zona.

Él y ella no tienen nombre, No tienen nombre porque pueden ser cualquier hombre y mujer. Pueden ponerle el nombre y el aspecto que quieran. Incluso cambiarle el género. Eso no cambiará la finalidad de la historia. Una historia como esta ocurre cada cinco minutos en algún lugar del mundo. Mientras escribo este relato ficticio está ocurriendo una y cuando lo lean ocurrirá otra. Todas ocurren bajo la máscara del amor y se expresan en la sombra del más crudo y desgarrador desamor, el otro en propiedad.

“No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar” Albert Camus

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