lunes, 13 de febrero de 2017

Lo tuyo soy yo


Un cuento de Elena Santiago (España, 1941)
Adaptación por J.Alfredo Luque

Lo tuyo soy yo. ¿No ves que te sigo hasta cuando no muevo los pasos? Que soy como esas uvas colgadas de septiembre que se van haciendo primavera hasta la llegada del otoño, y pasan los inviernos colgadas de una vara en el cuarto de arriba de tu casa, cerca de esa ventana con reja que no corta el aire ni la libertad. Que tras ella, casi al alcance de la mano, está el paisaje rendido de oro y cobre como una fantasía imaginaria.
No son palabras lo que escribo sino abrazos. No te dibujo un campo y unas vides jugando a ser uva colgada, negra, blanca, dorada, pero iré diciendo que te siento aún más en este tiempo rendido del otoño. Me recoges y me llevas contigo y vivimos el calor, también llegado el invierno, y es que tú me proteges más cuando más frío padezco. Me veo como ese hilo lleno de luz que llega de esa ventana con reja. Me dejas el aire para que respire hasta saciarme. Me tomas entre tus manos y acaricias la piel, dulce, todo como si fuera una uva jugosa y suave.
"A su tiempo, madurarán las uvas..."
La tomas en la mano, la miras y la acercas a los labios. La saboreas, la comes, la llevas dentro de ti soñando que me escondes para que nadie me aleje de tu lado. Porque lo tuyo soy yo.
Llego a tu casa, caldeada por el último sol. Ese tan dorado y quieto que, sin prisa, irá desapareciendo al atardecer. Esperará velando la claridad, y sólo se ocultará cuando ya dentro de la casa, llegue la hora de los besos.
Somos septiembre, somos el mismo paisaje y tenemos la misma puerta. Nos gusta desde niños vendimiar las uvas y comer un pan con cualquier cosa entre sol y sombra, entre silencios y algún vuelo de pájaro retrasado que aún queda.
Al regresar me llevas a la fuente, al jabón basto y fuerte y me lavas las manos como a una niño. Quizá, es entonces cuando más te amo y te desamo. Porque me devuelves la infancia y me pasas tus manos deslizándose en el jabón con caricias y fragancias sutiles.
Y ya, al sillón más confortable. Tal vez tomamos un café o una bebida que aplaque el cansancio. Porque caminar hemos caminado largo trecho juntos, entre los escaramujos finales y algunos espinos agresivos que nada tienen que ver con nuestros pasos. La tarde llena de sol ha sido borrada de los cristales, del pelo y de las caras, aunque siga el breve reflejo interior, mientras ya casi la luz del campo es sólo una bola inmensa tras el monte.
No tomo nada, ni quiero más que tu presencia .
Te sientas a mis pies, olvidando la taza de café en la mesita pequeña. Tocando el pelo, lo enredo en mis dedos, a la par que toco tus pensamientos, sonriendo porque entiendo que todos llevan mi nombre.
He de escribir al periódico, que trae diariamente malas noticias. Que sepa el mundo que el amor y el desamor necesitan de grandes titulares. Que entre guerras y violencias, maltratos y horrores, está el amor calmado aquí mismo en septiembre y dispuesto a seguir en el tiempo. Que el desamor, solo se cura con amor, más allá de lo que escriban en la prensa.
Me abandonas unos momentos, dices. Hay que encender la chimenea en la hora justa para que la habitación no decaiga y se queden los muebles tiesos. Mas yo no, porque me traerás aquella manta a cuadros, de lana, que nos cubre, como una pradera cálida.
Antes de que enciendas la vela perfumada de flores malva que hacen malva el rincón de la pared, te digo que te amo y te desamo. Y cuando acabas y regresas a mi lado, vuelvo a decirlo.
Con qué afecto. Con qué contenido gesto amoroso, asientes. Realmente lo tuyo, soy yo.
Pero tú, lo eres de mí. Casi quiero llorar de contento, maldito desamor, querido.

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