miércoles, 15 de febrero de 2017

Mariposa Multicolor

por Felisa Moreno
Planeé matarlo el mismo día que cumplíamos diez años de casados.

Mentiría si dijera que me casé enamorada. Por Custodio solo sentía un tenue cariño, como el que se puede prodigar a un gato. Era un hombre gris, de costumbres rígidas, que ni tan solo una vez me hizo sonreír. Sus palabras sombrías apagaban mi ánimo. Nunca deseé que me cogiera en brazos y me hiciera el amor, pero lo hacíamos, tres veces por semana al principio y luego, por suerte para mí, dos veces al mes.

Te preguntarás, querido lector, por qué me casé sin estar enamorada. Ni yo misma lo sé. La primera vez que se acercó a mí no le hice ni caso. Estábamos en una discoteca y él, sin ser un adefesio, no se asemejaba a un Adonis, ni nada por el estilo. Vestía ropa anticuada y las gafas enturbiaban su mirada verdosa. Cuando se las quité, meses después, en la cama, descubrí que sus ojos eran hermosos, como un prado en primavera. Quizás fue eso lo que me animó a casarme con Custodio, el hecho de que nuestros hijos tendrían una bonita mirada. Aún no sabía que yo nunca podría engendrar vida dentro de mí, de eso me enteré cuando llevábamos un año de casado y la cigüeña se resistía a pasar por nuestra casa.

La noticia que me dio el ginecólogo se llevó de un golpe el poco interés que sentía por Custodio, pero me daba una gran pereza divorciarme. Mi marido tenía un buen trabajo, vivíamos en una casa bonita y me podía permitir ciertos lujos que causaban envidia entre mis amigas. Decidí, más bien, echarme un amante, o varios. Salía los sábados con mis amigas solteras, a Custodio no parecía importarle, pues el fútbol acaparaba toda su atención el fin de semana, y empecé a acostarme con hombres de los que solo sabía su nombre. No era muy exigente, el único requisito que les exigía era que ellos pusieran la casa o pagaran el hotel. No me molestaba en ser prudente, me daba igual que Custodio se enterase, quizás buscaba una excusa para que fuera él quien me propusiera el divorcio.

No se enteró… O no se quiso dar por enterado.

Y a mí me molestaba esa indiferencia. El escaso cariño que sentía por él se fue desvaneciendo, como la espuma de las olas cuando llegan a la playa. Sus pequeñas manías, que antes me daban igual, empezaron a resultarme insoportables. Un odio furibundo me asaltaba cada vez que veía su cara avinagrada, daba igual que estuviera leyendo el periódico o frente al televisor, su rostro siempre era una máscara fabricada de aburrimiento y decepción.

Y llegó el día.

Como siempre, me había regalado un ramo de rosas rojas. Nunca olvidaba el día de nuestro aniversario. Un mensajero lo había traído a primera hora de la mañana. Eso no ablandó mi corazón que ardía en sed de venganza. Me disfracé con la peluca que había comprado el día anterior y fui a esperarlo al aparcamiento. Siempre salía el último de la empresa, así que no había peligro de que nos viera nadie. Me mantuve semioculta tras los setos que delimitaban el perímetro y aguardé su llegada. Le golpearía con el martillo que llevaba en el bolso hasta que dejara de moverse, hasta que dejara de recordarme con su mirada sarcástica que era una fracasada.

Entonces sucedió lo inesperado. Custodio no venía solo. Su mano iba enlazada con la  mano de otro hombre, mucho más joven que él, y más atractivo. Nada más subirse en el coche, empezaron a besarse con la furia desatada de un huracán.

Y por eso no lo maté. Se me quitaron las ganas.

Yo creía que Custodio era un ser inerte, incapaz de dejarse llevar por las pasiones de la vida, que a nadie le pesaría su ausencia. Me sentí liberada de la promesa que me había hecho a mí misma de acabar con aquel gusano de tierra porque, ahora, en aquel instante justo, se había convertido en una mariposa multicolor.

(Relato incluido en mi próxima publicación Piernas de bailarina)

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