domingo, 26 de marzo de 2017

Tan lejos, tan cerca

por Rafa Vera

Todo se iluminó al momento
En su lecho de muerte maldecía cada minuto que había perdido en la búsqueda. Ya apenas recordaba cuando comenzó. Quizás de pequeño, con los cuentos que le contaban en casa, o tal vez en la adolescencia, cuando rebuscaba entre libros y manuscritos alguna pista.

El objetivo estaba claro: encontrar la Atlántida. Una tierra anterior a la existencia del tiempo con conocimiento y sabiduría. Una civilización más avanzada de lo que jamás lo estaremos nosotros. Una fuente de energía mil veces superior a cualquier magnitud imaginable, y a la vez tan limpia y sana como una ráfaga de brisa fresca.

En su lecho de muerte, sólo en aquel cuartucho oscuro, apareció ella de la nada. Todo se iluminó al momento. Emanaba una luz suave e intensa y apenas se distinguía dónde acababa la piel y comenzaba su traje. Del cuello un colgante azul, alargado, parecía levitar entre sus pechos.
-¿Ya te rindes? -pregunto la dulce voz.
-¡Claro que me rindo! No me queda tiempo ni fuerzas para continuar. He desperdiciado una vida entera, es lo único que tengo, pero ya no me queda ni tan siquiera eso -contestó dudando si se encontraba en vigilia o sueño.
Ella se echó sobre su cabeza, besando la frente arrugada, y lo acarició con el colgante azul. Fue entonces cuando pasó a un estado de trance, eso que dicen de los minutos previos a la muerte cuando toda tu historia pasa ante tus ojos.

En su lecho de muerte vio pasar su vida desde la parte de atrás de los párpados. Viajes alrededor del mundo en busca de esa quimera, de esa Atlántida, que le daría la gloría y el poder de una fuente de energía limpia e ilimitada. Millones de kilómetros desde las más recónditas nieves de rusas hasta las entrañas del mismísimo Sahara. De China a Sudamérica. De Cabo Norte a Ushuaia. Conocía cada palmo de la tierra, cada gota del agua. Conocía a gente de cada continente y de cada cultura.

Pero no conoció la Atlántida. Ciento cuatro años de búsqueda infatigable sin un solo indicio sobre su paradero.
- ¿De veras piensas que no la has encontrado? -sonó la voz de ella dentro de su cabeza, como si fuera parte de su propio pensamiento-. Has viajado más de lo que ningún  humano haya podido soñar. Has conocido culturas y gentes que no aparecen en vuestras enciclopedias. Has experimentado dolor extremo y placeres inalcanzables. Has tenido una vida antinaturalmente longeva. Todo eso sólo por una razón: por la búsqueda de la Atlántida. Ahora la has encontrado, porque ya no la buscas. La has estado viviendo todo este tiempo. Es la búsqueda lo que te ha dado la energía, es la curiosidad lo que te ha dado la fuerza.
En su lecho de muerte supo que no había llegado al final de su vida, sino que estaba preparado para emprender la siguiente. Ella pasó el cristal por sus ojos ya cerrados y volvió a besarle en la frente.
- Ya estás listo, volvemos a casa.

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