domingo, 26 de marzo de 2017

Vidas en B

por Raúl Góngora

Aún semidespierto, pero cargado de realidad
Una mañana más los reflejos de las nuevas bombillas de luz leds, que había comprado para su cocina, encharcaron sus pupilas, mientras Octavio envolvía un sandwich básico en papel de aluminio para engañar al hambre en su jornada de trabajo en el banco. Aún semidespierto, pero cargado de realidad envuelta en sobrecitos de veinticuatro horas, cogía la Piaggio Beverly que se había comprado hace unos meses porque le habían dicho en la oficina que era la ideal para circular por Madrid.

El caso es que Octavio había entrado en una espiral laboral gris y robotizada cada mañana:
- Su dinero señora. Firme aquí. ¡El siguiente, por favor! -repetía cada dos minutos sin levantar siquiera la mirada.
En la última media hora en el trabajo, la cara de Octavio ya iba adquiriendo tonos menos gélidos; mostrando algo de vida corriendo en sus casi cincuentañeras venas.

Y así, a las tres y cuarto, aproximadamente, paraba en su tintorería habitual en la calle Hortaleza. Octavio ya dejaba de existir hasta la mañana siguiente en la que el despertador amputara sus alas de nuevo. Estábamos ya en Atlántida.
- ¿Dónde actúas esta noche? -le preguntaba Montse, la encargada, mientras le sellaba en el último recuadro de su tarjeta fidelidad-. ¡Mira, al próximo lavado invita la casa! -añadía, sonriendo con sus dientes megablancos encerrados en un pintalabios chillón de color piruleta de feria.
- Hoy actuaré de nuevo en el Colegio Mayor, ya sabes. Se ve que a Ana O. le doy tanta pena que no le importa compartir parte de la mísera caja que hace estos días en su antro con un camaleón al que le faltan algunos colores en su muestrario.
- ¡No digas eso, Atlántida! Te queda aún mucho brillo por compartir y muchos de nuestros aplausos por recibir. Lo mejor que tienes es que en cada una de tus actuaciones sacas una improvisación nueva. Te molestas en no caer en la repetición continua, y eso nos gusta a las cuatro locas incondicionales que tienes por fans -le decía Montse mientras soltaba su traje en las manos de Octavio con la mayor delicadeza posible.
Octavio, decidió un aburrido sábado de abril de hace un par de años, que se acabó eso de ser un pelele robotizado para siempre. Había estado bebiendo ginebra con cola barata toda la tarde en su mini piso en el barrio de Malasaña, y entre chispazos de lucidez y algo de primavera homo sapiens corriendo aun por sus venas, se puso a bailar delante del televisor mientras en Paramount Channel echaban Las Aventuras de Priscilla, reina del desierto. Bailaba; bebía, sudaba, bebía y bailaba con la misma sincronización que puede tener un luchador de sumo bailando flamenco. Pero para él, aquellos minutos, prendieron el fuego diario de sus noches para siempre, sacarían al Mr Hyde emplumado que llevaba años queriendo echar a volar.

Y así fue. Aquel mismo domingo siguiente, pasó todo el día urdiendo su temática, cómo le gustaría vestir y en qué consistirán sus actuaciones en el caso que alguien decidiera dejarle actuar. La semana laboral dejó de existir para él. Los "¡siguiente!", "¡firme aquí!",  "buenos días" y "adiós" los decía cual disco reproduciéndose durante siete horas ininterrumpidas. Pero su mente estaba en giros, volantes cristalinos, maquillajes radiantes, e inspiraciones de ese tipo. Por las tardes, además de comprar accesorios telas y maquillaje, veía trozos de películas adecuadas al show que él pretendía hacer.

Disfrutó de títulos como Hedwing and The Angry Inch, Velvet Goldmine y otras películas que incluyeran purpurina; maquillajes excéntricos, travestismo y actuaciones en directo. Su nombre artístico lo tenía claro. Usaría la pasión que tenía desde pequeño, y hasta la presente, por la mitología y los misterios que rodeaban a la Atlántida. Así, su traje lo llenó de tonalidades azules y verdes, y una especie de escamas cristalinas que, al contacto con los focos, desprendían reflejos de diversos colores. Tras consultar decenas de tutoriales en Youtube, y una máquina barata de coser que compró en el Lidl, volvió a nacer. Atlántida resurgiría, por fin, de las profundidades.
- ¡Madre mía si me viera mi padre! -se decía delante del espejo mientras ultimaba su traje-
Octavio, Atlántida, estaba lista, ahora faltaba echarse a volar, buscar garitos de espectáculos, pubs de ambiente, o cualquier bar musical donde la dejaran despegar.

La semana siguiente fue de la peores de su vida; negativas, risas, burlas, meneos de cabeza a modo de vergüenza ajena, y alguna que otra voz subida de tono, fueron lo más bonito que que se encontró Atlántida de garito en garito. Hasta que el viernes a media tarde, contactó con Ana O, la dueña del Colegio Mayor, uno de los pubs de ambiente con más solera de Malasaña, pero que el paso de los años y la competencia de garitos nuevos del mismo estilo habían condenado a la dejadez y al aguante de los cuatro fieles de siempre.
- ¡Anda, vente esta noche y nos entretienes un rato! Por ser el primer día y no conocerte, te pagaré las copas y con eso vas más que sobrado. Flipados como tú me vienen muchos todos los días, pero veo que has puesto verdadero empeño en tu traje y estilo, y eso merece una oportunidad! -le dijo Ana O. mientras servía dos chupitos de tequila, uno para ella y otro para Atlántida.
Han pasado ya unos cuantos años desde aquella mano tendida que, una granaína de armas tomar, Ana Olmos, Ana O, para sus fieles de Malasaña, ofreciera a Octavio. Y Octavio, Atlántida, no ha actuado en ningún sitio más que en el Colegio Mayor de Ana O. Cada viernes a las doce de la noche, sorprende con una patética actuación, llena de ganas, de amor por los que allí están y sobre todo, repleta de verdad, de su verdad.

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