domingo, 23 de abril de 2017

Al caer el sol

por Raúl Góngora 

Empezaron a asomar sus cabezas
¡Pi, pi, pi, pi...!

Ya está, los cuatro pitidos de la alarma que Juan, el empleado de limpieza, conectaba cada noche a eso de las nueve y media, acababan de sonar. En la izquierda del mostrador principal, en la estantería de novedades era desde donde cada semana salía el grito de aviso de que, por fin, estaban solas, de que era su momento. El grito de aviso de esta semana sería: ¡No son gigantes, mi señor! en honor a... no hace falta que os recuerde a qué.

Así, las palabras más atrevidas, empezaron a asomar sus cabezas por encima del lomo de su libro correspondiente. Una vez más, las inquietudes maravillosamente plasmadas en El Principito de Antoine de Saint-Exúpery fueron las primeras en saltar del estante, en busca de otras palabras, para comenzar la fiesta diaria. De cerca le seguían, tambaleantes, algunas alucinaciones llenas de desenfreno, poesía en su caminar y pura fervor servido a fuego lento con absenta de su compatriota Arthur Rimbaud.
- ¡A ver si hoy no armáis la de anoche! Estuvieron a punto de pillarnos al abrir por la mañana -le dijeron las palabras de Exúpery a las dispersas locuras en forma de letras unidas de Rimbaud.
- ¿A quién se le ocurre entrar en el viejo Decamerón de Boccaccio y dejarse llevar? ¡Son cien cuentos, te lo advertí, cien cuentos! ¡Ay, tu frenesí nos acabará destruyendo a todos!
- Mi frenesí es lo que hace que muchos de nosotros estemos aquí. Disfrutando de estos millones de universos posibles. ¿Qué sería de las palabras sin el riesgo de usarlas sin miramientos ni remilgos, sin el factor sorpresa de sus líneas, sin saltar con los ojos cerrados de párrafo en párrafo? Seríamos mero contenido, contenido inerte -le contestaron, envueltas en sus habituales giros e idas y venidas sin sentido, las palabras ebrias de la antología de Rimbaud.
- Si nosotras también saltamos, vaya si saltamos, pero por donde pasamos tratamos de hilar armonía, y resolver situaciones con más o menos sentido. Al contrario de vuestro desvarío aleatorio. ¡Bueno, sigamos que la noche promete!¡Mira, por ahí vienen las palabras de Laura Esquivel. ¡Me encanta cuando se unen a nuestras noches, lo llenan todo de jugosos aromas; chocolate, pétalos de rosas usadas en sus fogones y cientos de ingredientes. En fin, las palabras de como agua para chocolate hacen que el tiempo se embriague de su presencia y se disperse entre las oportunidades de la noche.
- Perdonad nuestra tardanza -dijeron al unísono esas sabrosas palabras-. Nos ha costado un gran esfuerzo dejar terminado el Mole de Guajalote con Almendra y Ajonjolí antes de que cayese la noche. ¿Tenéis algún plan pensado para hoy o vamos improvisando según se unan las demás palabras? ¿Qué me decís vosotras, estáis aún demasiado sobrias no? Se os ve muy calladas para la que tenéis soler liada a estas horas. Ya he oído lo de vuestra visita al Decamerón, me extraña que tengáis ni siquiera fuerzas para andar esta noche. 
Las palabras se iban saludando entre ellas pero sin dejar de moverse, saltando de un estante a otro. Así, se fueron uniendo las palabras cargadas de mundos y aventuras sin fin de Viaje al centro de la Tierra de Julio Verne, las futuristas y cuadriculadas palabras de La Fundación de Isaac Asimov, pasando por las adoctrinadas y estrictas palabras de George Orwell en 1984. Hasta estás últimas, se aflojaban sus nudos y se abrían a la improvisación de lo desconocido en una noche de fiesta entre estantes.
- ¡Shhh, silencio ahora! -susurraron las palabras de El Principito-, estamos pasando cerca de la zona prohibida.
- Un momento, parad un momento -gritó en voz bajita y temblorosa la palabra chocolate del libro de Laura Esquivel-, se me acaban de despistar las de Rimbaud, iban a mi lado, seguían pensativas, y de pronto han desaparecido.
- ¡Nadie nos callará, nunca! ¡Venid por nosotras si queréis, somos inmortales, nadie nos callará nunca! -se oyeron gritar como locas, en el último estante de por encima de sus cabezas, las de la Antología de Rimbaud.
- ¡Mirad, allí arriba! -señalaron las palabras de Julio Verne- ¡Están perdidas, están perdidas, es su fin!
 Las palabras de Rimbaud estaban rodeadas de decenas de la palabra bombero, que acababan de saltar del temeroso Farenheit 451 de Ray Bradbury y que gritaban todas a una:
- ¡Es la ley, es la ley! -llameantes por el placer del servicio cumplido.
Las de la Antología, viendo el final, levantaron las manos y gritaron:
- Habrá cientos de llanuras, desérticas, amazónicas, celestiales o infernales en las que podremos seguir bebiendo absenta hasta perder gustosamente los sentidos y reemplazarlos por otros. Vamos acabad cuanto antes!
Todas las palabras de los libros que se habían unido esa noche, agacharon la cabeza a la vez para no ver el el instante de la buscada combustión...

¡Pi, pi, pi, pi...!

Eran las nueve de la mañana. La directora de la biblioteca acababa de entrar y desconectar la alarma. Las de Rimbaud se habían escapado de la quema, una noche más.

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