domingo, 23 de abril de 2017

El banquete

por Rafa Vera

Sería un menú sencillo pero delicioso
Perla comía. Comía mucho. Sólo pensaba en comer. Así, cuando tuvo su primera cita con Gus, la única obsesión era dónde agasajarlo como se merecía.

Pertenecía a una larga estirpe de cocineros: sus tatarabuelos, sus bisabuelos, sus abuelos, sus padres... y ahora ella. No podía dejar pasar la oportunidad, tantos años de estudio deberían de dar frutos más antes que después.

La primera opción era ir a un restaurante chino, en el almacén había uno en el que se estaba de lujo. Cierto es que la comida tenía un color un poco raro, ese amarillento no daba muchas señales de ser sano, pero el sabor a bambú desde el primer bocado lo compensaba con creces. Tal vez sería una comida demasiado pesada para Gus; alguien con una dieta excesivamente moderna caería redondo nada más probarlo.

En el indio tenía su plan B. Algo más ligero que el chino pero también espeso y contundente. Y caro. Aunque había imitaciones más económicas, pero una chef como ella no se rebajaría a ofrecer sucedáneos.

Pensó entonces en algo más europeo, más cercano. Tenía un par de recetas holandesas que iría estupendas con el vino oriental. Su especialidad eran las dos texturas: suave por un lado y áspero por el siguiente. ¿Demasiado atrevido? ¿Captaría tal vez Gus un mensaje equivocado?

Pudiera, así que la mejor opción sería un aperitivo ligero. ¿Biblia tal vez? Era muy fino pero mantenía aquellos sabores de toda la vida. Sí, sin duda sería la mejor opción: unos entremeses de biblia, con su filo de pan de oro para darle glamour sobre lecho de vegetal con los poros de la celulosa bien tapados. Sería un menú sencillo pero delicioso, nada que ver con esos offset y estucados que servían en los menús del día en la cantina.

No se lo pensó dos veces y bajó al almacén. Espero a que Racnauj, esa humana de mil años que cuidaba la despensa, saliera por la noche para poder acceder a su deliciosa materia prima.

Para el primer plato no dudó en absoluto: los entremeses se merecían algo tan glorioso como, por ejemplo, una auténtica Biblia de Carrogio. Arrancó con cuidado una ilustración hecha por Dalí, la ocasión lo merecía.

El emplatado lo hizo sobre un molde de vegetal, ligeramente sulfurado para darle aroma y consistencia. La verdad es que quedó una obra maestra. Finalmente se decidió por el Holandes como plato fuerte. Era arriesgado, sí, pero no podía dejar pasar la ocasión de prepararlo.

Primero cortó algo de piel del lomo, que siempre le daba un sabor y textura muy personal al plato. Luego, con un poco de lino de la portada y las puntillitas de cuero de las esquinas hizo la guarnición.

Todo estaba listo y primoroso, la mesa parecía sacada de un libro recetas. Para darle un toque exótico, decidió servir la tinta china directamente en dos cálamos de pluma de ganso.

Esperó pacientemente, la cita era a las once y aún no eran ni las diez. Paseó, revisó la mesa, colocó y recolocó cada cosa en su lugar y siguió paseando y esperando.

Fue entonces cuando llegó Mert, el amigo de Gus, con los ojos húmedos, y tembloroso. Gus, que tan aficionado era a probar todas las cosas nuevas, acababa de descubrir los libros electrónicos. Su curiosidad era tal que consiguió abrir un hueco tras la carcasa y acceder a la parte trasera de la pantalla. Lamentablemente no contó con que la batería del dispositivo estaría a plena carga. La sacudida eléctrica lo dejó frito en segundos, sin que nadie pudiera hacer nada para evitarlo.

Perla maldijo la nueva cocina, las tecnologías y al mundo entero. ¿Para qué querría nadie un libro electrónico teniendo aquellos sabrosos volúmenes en el almacén? Con su humedad, su moho, su olor...

Definitivamente no es fácil la vida de una rata de biblioteca, menos aún en estos tiempos que nos ha tocado vivir.

1 comentario:

Yorky dijo...

Muy original, muy bien elaborado, gracias.

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