Quijotes desde el balcón

domingo, 23 de abril de 2017

Libre

por Enrique Hinojosa

Ya está harto de una vida haciendo lo mismo
Tiene casi veinte años y ya está cansado de soñar... sólo quiere ser libre. Tiene casi veinte años y la verdad es que no está nada mal: es ingenioso, y generalmente resulta simpático; es bien parecido, es elegante, y se mantiene en forma, aunque ya muestre en la piel algunas manchas y cicatrices que delatan juegos de niño y peleas de joven; y casi se diría que ya se le empiezan a notar futuras derrotas de adulto y quizás hasta caídas de viejo. El caso es que claro, con veinte años todos quieren comerse el mundo, y todos se creen únicos e irrepetibles, todos se creen especiales... aunque la realidad es que la mayoría de ellos están cortados por el mismo patrón, y que la escasez de originalidad y creatividad parece ser la nota dominante en estos tiempos, tanto que será el mundo quien acabe devorándolos, a todos, relegándolos a un olvido atroz y fulminante, víctimas inexorables de las arenas del tiempo.

En cuanto a su hogar, él nunca ha salido de allí, de un lugar que para él es el mundo entero, pues no conoce otra cosa. Siempre pisa el mismo paisaje monótono, gris, rectilíneo. Ya está harto de una vida haciendo lo mismo que todos los demás, siguiendo aparentemente las órdenes de quien sea que le haya colocado ahí, como un autómata, un cordero, un robot. Él, que tiene tanto que ofrecer, tanto potencial, que es tan especial y tiene tanto que dar. Él, que sabe tanto de tantas cosas...

Y allí, entre sus iguales, se siente atrapado bajo el yugo invisible, siente la peor soledad: la soledad de quien está rodeado de muchos otros; y siente la necesidad de cambiar, de escapar de ese lugar lleno de polvo y sueños oxidados, de encontrar a alguien que quiera hacer camino junto a él, y le lleve a lugares con los que él solo puede soñar… pero para él eso es un destino inalcanzable, una utopía lejos de cualquier posibilidad, si bien es algo que nunca puede detener sus ansias de volar...

Nunca destacó entre sus compañeros: no es ni demasiado alto, ni demasiado bajo, ni demasiado gordo ni demasiado flaco; y aunque es resultón a la vista, él sabe que si no es capaz de hacerse notar de alguna forma, si no es capaz de destacar entre todos, nunca logrará escapar de su encierro. En ese hilo de pensamientos, justo en ese momento llega a la conclusión de que sus compañeros probablemente piensen lo mismo; y él sigue divagando sobre si será mejor opción hacer fuerza común entre todos para escapar, o apostar por sacar el culo de allí él solo -sálvese quien pueda-, y hacer lo posible -y lo imposible- por aprovechar la más mínima oportunidad. En esos momentos, se oyen unos pasos que se acercan, y él descubre una silueta menuda que deambula por los pasillos del edificio, escudriñando curiosa, casi se diría picoteando de flor en flor, como buscando algo, que para ella podría ser como encontrar una aguja en un pajar.

Mientras ella aparece y desaparece entre los pasillos, él intenta mantenerse  anclado a su último pensamiento, y el instinto le impulsa a sacar el culo de allí de una vez por todas. Ni él mismo sabe cómo, pero juraría que justo cuando ella pasa de nuevo frente a él (y frente a todos los demás), él se mueve, ¡juraría que se ha movido!; quizás un escaso puñado de milímetros, e incluso juraría que hasta se oye un ruido, un chasquido apenas audible, pero con la suficiente fuerza para que esa silueta esquiva se detenga, se gire y se dé la vuelta para pasar una vez más por ese pasillo iluminado por frías luces blancas.

Allí sigue él, notando que ella le mira desde el pasillo; sí, a él, a él que únicamente destaca de los demás porque sobresale unos milímetros, y ella se aproxima, le mira fijamente y piensa: "Te estaba buscando a ti, vámonos de aquí". Los dos salen juntos del edificio.

Nada más salir, ella se detiene y toma entre sus manos a nuestro protagonista: quiere ver de cerca a ese libro que hace un instante no era más que un lomo uniforme con los otros noventa y nueve libros semejantes del estante, como los otros cien de cada estante de cada estantería de aquella biblioteca.

Ella tiene casi veinte años y nunca se ha cansado de soñar... él solo quiere ser libre; sólo quiere una oportunidad, para ofrecer a cambio un universo entero: Al fin y al cabo, sólo era un libro, en una polvorienta biblioteca.

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