viernes, 7 de julio de 2017

A mi mesa

por Raúl Góngora

Prologo:
Un estudioso franciscano, a inicios del S. XX, mientras seguía el rastro de la segregación monacal de mediados del XIX, encontró una pequeña tumba de piedra junto a la ermita de una familia adinerada de Arjona. Allí se leía: Hno. Pedro, el del Puerto. Y en su parte inferior las siglas: 2.E.E.D. y la inscripción en latín De gradus in mensa (que quiere decir: en los escalones de la mesa).


Las campanas del convento no tañían
Hacía ya algunos días que las campanas del convento no tañían con el fresco cacareo de cada mañana.

El Hermano Pedro, el del Puerto lo llamaban por su origen en aquella maravillosa ciudad gaditana, parecía transmitir en su toque de campanas el desasosiego, que a modo de niebla a ras de suelo, vagaba esos días por el convento. Y es que no se hablaba de otra cosa por los pasillos y celdas capuchinas que no fuera la llegada de un tal Mendizabal, como Ministro de Hacienda de la regente María Cristina de Borbón, y su forzada desamortización y exclaustración (supresión de conventos religiosos). Se palpaba en el ambiente.
- ¡De mi tierra tenía que ser... de mi casa vendrá el que nos echará! -se repetía esos días el Hermano Pedro, refiriéndose al origen gaditano del tal Mendizabal.
No se sabe si por su neutralidad en aquel convento, pues fue el último en incorporarse a la orden o simplemente por la confianza que transmitía su semblante, el caso es que el Guardián del convento, la misma noche del día del ingreso del Hermano Pedro, entró en su celda y estuvo hablando con él durante una hora. Le pidió que escondiera unas letras y números que le había hecho memorizar en el sitio más lejano de la vista emponzoñada del hombre, y cercano a la plena divinidad de Cristo. El nuevo quedó sin pronunciar palabra durante minutos hasta que el superior del monasterio se dispuso a salir y Pedro se despidió con un inaudible así se hará.

El del Puerto, no pegó ojo en las poca horas que duraban sus noches, pensando en lo que el guardián, le había confiado, y sobre todo en cumplirlo como Dios lo requería. 

Estuvo dándole vueltas a las indicaciones que el viejo guardián, el Hermano Blas, le había dicho; algo cercano a la plena divinidad de Cristo.
- ¿Qué hay más cercano a Dios, al cielo, que un monacal repique de campanas?
Aquel mismo amanecer Pedro talló en la parte superior de la pequeña espadaña, que había al fondo del pasillo principal del convento, las letras y números que el guardián le había hecho memorizar: 2.E.E.D. 

Tan solo un par de semanas más tarde, aquel nuevo decreto ministerial que se supone que ayudaría al país a sanear sus arcas y acarrearía beneficios para todos, cosa que quedó bastante lejos del efecto de aquella desarmotización, estaba siendo ejecutado con todo rigor.
- Recuerda hijo, que el hombre es el que nos empuja al abismo y Dios el que nos tiende escaleras hacía la verdad -le dijo el guardián, el superior del convento al Hermano Pedro, con los ojos abiertos como platos y haciendo hincapié con su voz en la palabra escaleras.
- Cada vez que suene una llamada a misa, sea donde sea, me acordaré de usted. Usted ha sido la piedra angular que ha guiado mi voz en este convento.
Y así mirándose fijamente a los ojos y hablándose como si los dos tuvieran problemas auditivos, se despidieron el superior del convento y el Hermano Pedro, encargado de marcar los tiempos en el convento, y ahora arrastrando algo más en su carga.

Ambos sabían que probablemente no se volverían a ver nunca más. Por la extraña situación política del país tras el cierre de conventos y por la avanzada edad y estado de salud del actuar guardián del convento.
- ¡Recuerda, Pedro, que separarnos de nuestros lugares sagrados ha sido la menos salomónica de todas  las decisiones posibles! -le volvió a gritar el superior, alzando notablemente la voz en la palabra salomónica.
-  ¡Los peldaños de nuestra fe nos unirán en la catedral divina con el resto de fieles!
Y su voz se perdió entre el trote de los caballos que tiraban de aquel carruaje a modo de cárcel.

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