sábado, 8 de julio de 2017

Sambuque

por Alfredo Luque

Era un sauco
El jóven ingeniero agrónomo iba pasando lentamente las páginas del manuscrio deteniéndose un buen rato en cada una como si quisiera atrapar para si lo que allí se decía. Leía acerca de como la zanahoria es emoliente y resolutiva en cataplasmas calientes; la hierba de los canónigos se acomoda a todos los terrenos; el acerolo prefiere los suelos sueltos y le son muy perjudiciales los compactos, húmedos y arcillosos; los berros tienen propiedades depurativas y fortificantes; la lenteja que crece en suelos pobres y ligeros; y el apio, que aunque es una planta rústica le teme mucho al frío.
 
Todo esto habrian de anotar en las páginas de aquellos viejos tratados, los frailes capuchinos a la luz de las velas. Pasar del latín a la pluma de pavo y la tinta. Del olor de las viejas cocinas, a los aperos de labranza y esperándo quizás, que las tormentas de verano no destruyesen los surcos recién hechos en la tierra reseca. De cómo guardar, confitar o encurtir los excedentes de frutas y verduras y sobre todo de como aprender a cultivar los árboles frutales, las flores y las hortalizas "al estilo capuchino".
 
Los farragosos tomos que el joven ingeniero agrónomo encontró en la biblioteca del convento pertenecieron a un monje que, con su larga barba blanca y su hábito austero, estaban a su vez basados en otros textos aún más antiguos, que recopilaban todo el saber hortofrutícola desde las culturas más primitivas hasta el siglo XVI. Encontró algunos de ellos, incluso, de origen incierto. Buceó y buceó entre documentos y manuscritos de los distintos archivos eclesiásticos para extraer todo un completo recetario médico y de cocina. Las anotaciones de aquel fraile demostraban que en aquella época, ya existían remedios para todo.
 
Los había contra la fiebre, usando endrina. Para fortalecer las encías, resina de condrila y para los bronquios, salvia, que era la planta favorita de los romanos, a su vez un buen colirio, digestiva, antiséptica y cicatrizante. Encontró además plantas remotas, que se usaban ya en la Edad de Piedra, como la cola de caballo, el suco y la semilla de majuelo o espinal, un excelente tónico cardíaco y la planta curatodo por excelencia, que es el cardo de santo, que cura el dolor de cabeza y el de oído, los vértigos y favorece la memoria.

Le resultaba increible y a la par fascinante, leer cómo los antiguos monjes horticultores medievales crearon sus propios métodos para sacar el máximo rendimiento a las huertas y campos de cultivo que rodeaban sus conventos y de los que se abastecía toda la comunidad. Los monjes eran expertos en conservar el excedente de alimentos y verduras producidas, como alcachofas, coliflor y guisantes, para asegurar el sustento en los duros inviernos. Quizás fuera suficiente este ejemplo, a poner en práctica por los ingenieros agrónomos del futuro: el secreto de los capuchinos para conservar durante varios meses los melones consistía simplemente en enterrarlos en ceniza. De igual forma, estos monjes también contaban con un método propio para aprovechar el agua de lluvia, reteniéndola con unas zanjas llamadas mulladuras, que permitían que el agua se filtrara progresivamente al subsuelo.

Pasaba página tras página, para comprobar que en los huertos que se describían, se cultivaba especialmente acerolos, granados, nísperos, melocotoneros, guindos, azufainos, limoneros, naranjos, ciruelos y manzanos. Los frailes introdujeron en el refectorio la espinaca, que tradicionalmente había tenido uso terapéutico contra el asma. También los colinabos, chirivías, espárragos, lechugas y rábanos eran otros de los cultivos que abundaban en las huertas capuchinas. Anticipándose a lo que  se ha denominado "cultivo ecológico", aquellos hortelanos capuchinos trataban de evitar la proliferación de orugas plantando hileras de cáñamo en los jardines y huertas conventuales y solían impedir la acción nociva de las babosas, sembrando garbanzos.
 
Además, con las hierbas aromáticas preparaban el agua de lavanda y de colonia y también perfumaban el "óleo de San Serafín", un ungüento que se ponía en el pecho de los enfermos afectados por los fuertes catarros y bronquitis crónicas debidas a los frios y las nevadas tan abundantes, por aquel entonces.

El joven ingeniero agrónomo cerro el pesado volúmen y lo depositó cuidadosamente en  la vitrina donde estaba guardado, cerca del claustro, en una estancia, que formaba parte aún de lo que quedaba en pie del la que fuera la biblioteca del monasterio. Se quitó unos desgastados guantes de fibra que usó para ir pasando las delicadas páginas y los depositó en la mesa. Recogió el cuaderno de notas y salió al exterior. Afuera el sol golpeaba incipientemente las paredes compuestas de grandes bloques de piedra medio derruidos. Atravesó el recinto y dió una vuelta casi completa por los alrededores intentado ubicar el terreno donde tuvo que estar asentada la huerta del convento. No encontró rastro alguno de los antiguos surcos, o algún pozo. Ahora ya no quedaba nada, salvo estructuras de hormigón y hierros retorcidos cubiertos de óxido.
 
Ni las juntas de las baldosas albergaban algún vestigio de vida vegetal, pues las tapaba un cemento gris y áspero. Sin embargo al fondo, entre algunos cascotes de piedra amarillenta y arenosa, y medio oculto a la sombra de la tapia que delimitaba el recinto, vió algo que captó su atención: Un brote minusculo, comenzaba a tomar forma y a desarrollar unas pequeñas hojas adornadas por un fruto brillante. Era un sauco, una antiquisima y poderosa planta con cuyas flores los antiguos curanderos hacían cataplasmas para aliviar la nariz, los lacrimales y purificar el cuerpo. Era conocido por los frailes, como el "buen arbol".  En la antigua Grecia era conocido como sambuque, un árbol sagrado y en Roma, la ciudad eterna, como el Sambucus Nigra, una planta de hojas y bayas milagrosas. Se decía que de tan noble arbol sólo podía extraerse la belleza, pues en las mismas ruinas de la clásica Creta se encontó un instrumento musical, de miles de años, de nombre Sambuque, consistente en una especie de arpa, al parecer fabricada con la madera de esa planta.
 
Quizás no todo estuviera perdido, como creía el joven ingeniero, pues siempre, de entre la destrucción y las ruinas, surgen los nuevos comienzos, y la vida, la belleza y la alegría que ello conlleva, terminan por abrirse paso lentamente. Como sucedió con la alegría de la huerta de aquellos monjes de largas barbas blancas.

2 comentarios:

Pilar Gámez dijo...

Qué bueno, Alfredo. Menudo trabajo de investigación. Es que no te pude escuchar, llegué justo cuando terminabas con "La alegría de la huerta".

Alfredo Luque dijo...

Estos monjes y sus remedios "milagrosos" tienen la culpa... gracias !!!

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