domingo, 29 de abril de 2018

Cenicientos

Por Raúl Góngora

(5) Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró.(6) Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, (7) y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte.
(Jn 20, 5-7) 
Aquella noche, cargada de felicidad externa en el rostro de algunos y dudas, temor y atisbos de desconfianza en otros, Pedro llamó aparte a Tomás en el rellano de las escaleras de la entrada al edificio donde Jesús celebraría la cena con sus apóstoles.  
- Tomás, ¿está todo?
- Si, Simón Pedro tal como acordamos. El mejor retratista afín a los nuestros está avisado y el agua con limón y adormidera perfectamente preparada para los cambios de guardia.
- ¿Está al tanto de la costumbre y tradición del sudario? No podemos cometer ningún fallo en esto, Tomás, todo nuestro legado está en juego.
- Tranquilo Simón, me ha comentado el artista que tiene ya la ceniza pasada por el mortero y que su mezcla con sangre animal, en este caso humana, ya la había probado antes en alguno de sus lienzos.
- Respiro con fe, Tomás, al escuchar esas palabras de tu boca -le susurró Pedro con los labios temblorosos y mirando al frente para que nadie se percatara de esa conversación cruzada-. Yo por mi parte, ya he hablado con mis dos primos maternos, fuertes como diez legionarios, para empujar la roca del sepulcro una vez se hayan caído los guardias tras beber la adormidera. 
Todo se cumplió, hasta el momento, según su Maestro les había narrado con antelación.

La segunda noche de Jesús yacente en la tumba de José de Arimatea, tres sombras esperaban, para asegurarse, de que el sueño en el que llevaban sumidos unos minutos los guardias romanos de turno, fuera lo suficiente profundo. Uno de los primos de Simón Pedro, arrojó una pequeña piedra cerca de donde dormían los guardias, así comprobó que el refresco cargado de adormidera había surgido efecto. 

Escavaron con sus propias manos una hendidura en un lateral de la enorme roca redonda que cubría la tumba, y ayudados por un tronco hicieron palanca hasta conseguir rodarla unos metros. Ellos ya habían hecho su trabajo, era el turno del afamado artista.  

Éste sacó un saquito lleno de ceniza de tronco de olivo finísimamente molturada y la expandió por la cara y torso del yacente hasta formar una especie de capa gris amarronada, lo apretó unos segundos contra el cuerpo y lo dejó colgado sobre dos báculos de madera, dando instrucciones a uno de los fortachones para que lo abanicase durante unos minutos a modo de secador. 

El otro primo de Simón Pedro, y el mismo artista fregaron con toallas húmedas el cuerpo de Jesús, y lo secaron debidamente, rociando sangre de ternero cerca de sus heridas y jugo de aloe igual al que habían usado el día de antes las fieles a Jesús. Dejaron las vendas originales en el suelo, delante del cuerpo. Dejando claro el mensaje de que el maestro volvería resucitado, tal como él había anunciado, dobló, el artista, el sudario con la impresión del rostro y el cuerpo del crucificado, perfecta y supuestamente irradiada en dicho sudario. El mensaje, según la tradición estaba claro, El amo, con el lienzo doblado junto plato principal, indicaba a sus siervos que ¡volvería! 

Los tres dejaron el escenario del que sería el engaño más universal de la historia, tal como lo habían planeado. La desaparición del cuerpo, la irradiación milagrosa en el sudario ya comenzaría el boca a boca de la resurrección. El dogma más importante de la religión Católica se había cumplido, ahora tan solo faltaba que el adoctrinado durante semanas comenzara a hacer esporádicas apariciones entre sus seres queridos y pensar en la desaparición definitiva.  

Simón Pedro y sus primos junto con Tomás y su talentosos artista local, habían creado uno de los misterios más comentados en los cientos de años venideros. 

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