domingo, 29 de abril de 2018

Uriel


Cuando su piel ya olía a quemado y las llamas amenazaban con penetrar en sus venas, comprendió que los seis morirían por lo mismo aquella mañana.

Francisco de Goya
Escena de la Inquisición (1814-1816)
Real Academia de Bellas Artes de San Fernando
Un poco antes, camino del patíbulo, Uriel Eraso solo levantó la mirada dos veces. La primera para comprobar que tras tres días completos sin verlo, el sol caía a plomo en el mediodía de su Córdoba natal. La segunda para otear en la lejanía el destino que le aguardaba, y que compartiría con los otros cinco. Cadalso listo, para el auto de fe que el obispo había señalado como el despertar para la salvación de seis indignos, que hallarán la paz de Dios, al que negaron, con la purificación del fuego celestial. Cientos de ruidosos espectadores aportaban al acto la necesaria tensión de gritos, insultos y exabruptos, más propios del ambiente tabernario que de la solemnidad que el bien alimentado señor obispo pretendía siempre que echaba mano de la capa roja de santificar.

Uriel era descendiente de judíos. Sus abuelos iban en uno de los barcos que partió desde el puerto de Almería cargado con aquellos peligrosos predicadores. Su único delito, suficiente, era el de intervenir en la fe de los cristianos viejos y judeizar. Para Isabel y Fernando era menos costoso expulsarlos que quemarlos vivos a todos, y ganas no le habrían faltado a algún orondo clérigo, observante en público de la humildad propia de un hombre de Dios pero muy pendiente en privado de las enaguas de una barragana o de una mesa repleta de aparejos comestibles. A Dios rogando, sí, y el mazo entre las manos, para seguir dando.

Muchos, con el abrazo la fe de Jesucristo, cambiaron sus nombres en la pila bautismal, por Juan de Porcuna o María de la Cabeza Osorio. También alguno hizo listar en el bautismo a su hijo con el nombre de Domingo y el apellido que le fue asignado, Estremera, para servir a las Españas y a Dios, aunque para sus adentros siempre fuera Uriel Eraso, como así y no de otra manera fue llamado al tribunal del Santo Oficio y como fue proclamado como reo a voz en grito por el fraile secretario al llegar a la escalinata y ser bajado del burro.
La impresión de la creencia
Un diablo, con cuernos, patas de cabra y barbas también de berreante, junto a uno de sus pechos, tatuado. Ella estaba muerta ya, pero debía cumplir en la pira, y así lo hizo. Estaba a la derecha de Uriel.
Uriel se tentó la ropa por última vez antes de mirar a los lados y comprobar que junto a su poste habían atado en otro a una mujer fallecida días antes, completamente desnuda y mostrando en su pecho izquierdo un extraño tatuaje. A Uriel le cegaba el sol, pero pudo adivinar bien la figura. La mujer mostraba, además de aquellas infalibles señales del maligno, las de haber sido azotada hasta la muerte, pero ni eso la libró del fuego purificador cordobés.
La impresión de la lascivia
Un cura solicitante, de esos que yacen con la mujer a la que confiesan, pagando con ello el favor de la absolución. Cobarde como pocos, en su cara se observaba la marca de la vergüenza. Estaba a su izquierda.
El acusado de solicitación se deshacía en lágrimas pidiendo piedad y exhibiendo un arrepentimiento fingido que ya no enternecía a nadie. A la imagen grotesca y patética de aquel gimoteo pueril, se unió la repugnante escena del condenado haciéndose todas sus necesidades encima, fruto muy probable del pánico que a todos sin distinción producía aquel horror, y la muy grosera escena del verdugo embadurnando la cara del cagón con sus propias heces y dibujándole con ellas una sonrisa, que levantó las carcajadas de la muchedumbre, entre la que se contaban centenares de chiquillos, para muchos de los cuales no era aquel su primer auto de fe y, mucho menos, sería el último.
La impresión del dolor
Dos reniegan del Todopoderoso, y no es para menos: su hermano, el mayor, busca aposento a las puertas de un monasterio de Valladolid. Estaba febril y le fue negado, por si eran de la peste las señales de desfallecimiento que mostraba. Así las gastaban los hombres de Dios por el norte.
Los dos hombres, hermanos, acusados de apostasía de la fe y blasfemia. Los monjes dejaron morir a su hermano mayor, quemaron su cuerpo y sus ropas, revendieron su mercancía y no hicieron notificación alguna. Enterados los ahora condenados, explotaron de ira y sus palabras eran ahora su sambenito.
La impresión de la grandeza
Leer por encima de la mitra obispal; conocer el cielo y las estrellas, leer y hablar con ellas... demasiado para la muchacha, que se enfrentaba a lo suyo con entereza, sabedora acaso del futuro, más que aquellos que tanto lo predican.
Casi era una niña. Por su choza pasaban a diario ricos, pobres, curas y seglares. Ilustres ministros de Dios se dieron cita con ella para escrutar su arte adivinatorio y retar así al poder más grande, al único y absoluto. De una de aquellas ilustres sotanas llegó la acusación, acaso para tapar su propia culpa, y con ella le llegó a Soraya, que así se llamaba, su encuentro con el fuego, llevando como compañeras añadidas la herejía, la hechicería y la adivinación.

Domingo Estremera, o Uriel Eraso, su nombre de condenado, se dedicaba también a la impresión. Su delito: herejía. Su oficio de escribiente y su pequeña imprenta daban, para poco. No desaprovechó la ocasión de poner en las manos de aquel extranjero tres copias de unos escritos de Juan Calvino. Nadie debía enterarse. Aunque tampoco nadie podía esperar que un ratero quisiera hacerse con la bolsa del ordenante y darle muerte instantes después de recoger el encargo, con lo que las palabras del mayor enemigo del catolicismo quedaron esparcidas por los adoquines, señalando a la casa de Uriel como lugar de su alumbramiento, y llevando al impresor ante el Santo Oficio solo otro instante después. Era la impresión de la impresión.

Los hermanos sellaron con sus palabras la hipocresía, haciendo público el desatino de exigir la caridad y no darla. Su blasfemia quedaba plasmada; era un sello imborrable de la injusticia. No hay lámina más extraordinaria que el firmamento, y allí afloraba todo lo que la joven Soraya leía a cada momento. Su mal era conocer aquel lenguaje escrito, impreso por todas partes, sin siquiera saber leer o escribir su nombre. La bruja muerta volvería a morir por hacer de su cuerpo papel, por dejarse dibujar en él otra existencia, otra forma de encarar, una manera de adorar. Al cura implorador se le quedó el deseo impreso y no pudo escapar de él. Cual si fuera tinta, su cuerpo absorbió el aroma de la proximidad de sus feligresas. Las mismas llamas, seis acusaciones distintas, y un único delito: unas desatinadas impresiones.

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