domingo, 29 de abril de 2018

¡Despierta a papá!

por Rafa Vera

Lucía corrió asustada, acababa de ver perfectamente una cara más que familiar justo tras la ventana que daba a la avenida principal. No hubiera sido extraño años atrás, cuando vivían a las afueras, pero era estremecedor en el piso 53 de aquel rascacielos.

Corrió cuanto sus pequeñas piernas daban de sí, con toda la soltura de una niña de cuatro años. Presa de pánico gritaba:
- ¡Papá, despierta!
El balcón estaba abierto de par en par. El miedo le impidió frenar a tiempo y cayó al vacío
- ¡Papá, papá!
Mientras veía como se acercaba al suelo sólo podía pensar en una cosa: "No puedes estar tras la ventana, estás dentro. Yo te he visto dentro, he hablado contigo. No puedes estar tras la ventana. Prometo recordar tu nombre".

Completamente ajeno a la caída abría Enrique otra botella más de güisqui en la cocina, mientras se desperezaba con la tercera resaca del día. Ese sábado era el que le tocaba al mes con la pequeña Lucía. Buscó a la niña y se temió lo peor al ver el balcón abierto. Se derrumbó en el sofá tras descubrir lo que había pasado. Ahí lo encontró Ruth cuando entró con la policía: más borracho que de costumbre y con los ojos a punto de salirse de sus órbitas.

De nada sirvieron las explicaciones ni las escusas. Todo su mundo acababa de derrumbarse, nunca mejor dicho, por una maldita ventana. Cuando fue a cerrarlas observó la impresión de una cara en el exterior. ¿Una cara, por fuera de una ventana, en un piso 53? Pero ahí estaba. Parecía hombre con barba y una lágrima cayéndole por la mejilla. Con luz dentro del apartamento y oscuridad en la calle casi encajaban a la perfección la impresión y su propio reflejo.

Completamente deshecho y lleno de culpa se escondió tras mil jeringuillas, ácidos, botellas y todo aquello que le permitiera dejar de pensar por unos instantes en su pequeña Lucía. Fue así como conoció a Héctor García Güell, un inventor, escritor y químico catalán que dijo tener la solución.
- Tal vez no me creas, tu primera reacción será mandarme a tomar por culo -le dijo Güell tras conocer su caso-, pero yo puedo ayudarte. He construido una máquina que te permitirá deshacer lo hecho, rectificar tus errores, enmendar tu culpa. Yo no la he podido probar, se daría una tremenda paradoja si, una vez solucionados mis problemas del pasado, dejara de tener la necesidad de crearla.
Enrique, tal vez por las drogas, tal vez por la desesperación, por saber que llevaba meses tocando fondo, aceptó probar aquella máquina redentora.

Las instrucciones eran sencillas: detallar con pelos y señales a qué momento del pasado se quería volver, estar completamente seguro de qué hacer una vez allí y no tocar nada más.

Él lo tenía claro: El momento era antes de que Lucía cayera. La pequeña debía ir al salón y despertarlo para que lo evitara. Costaría, llevaba más de una botella en el cuerpo y estaba tan borracho que ni se enteraría, pero la pequeña tenía que patearle la cabeza y tirarle agua fría si fuera necesario. Era sencillo. Al menos sencillo de detallar. Una vez la niña lo hiciera Enrique volvería al presente y allí estaría su hija. Nada habría pasado.

Como si de una aparición se tratara, fuera de la ventana del piso 53 se encendió una luz, un destello. De él salió Enrique y corrió como si levitara hacia el cristal para advertir a la pequeña Lucía de su funesto destino si no le despertaba.

Lucía corrió asustada, acababa de ver perfectamente una cara más que familiar justo en la ventana que daba a la avenida principal. El Enrique de fuera se pegó lo más posible al vidrio gritando inútilmente "¡Despierta a papá, despierta a Papá!", hasta que oyó los gritos de Lucía mientras caía al vacío. Destrozado y con lágrimas en los ojos apoyó la cara en la ventana. Podía verse dormido en el sofá sin enterarse de nada.
- ¡Maldito borracho cabrón! -gritó-. Volveré las veces que hagan falta.

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