lunes, 11 de enero de 2010

El Carril (Parte 2 de 3)


Ese día no se plantearon ni tan siquiera salir de allí. Se habían levantado tan tarde y habían
trabajado tanto con el estanque y entre ellos mismos que junto a la poca comida los tenia tremendamente
cansados cuando se hizo de noche. Un sueño reparador les vendría bien, y mañana Dios dirá.
Ya era lunes por la mañana, y paseando encontraron algo de comer por entre los arbustos. Había
junto al estanque unos cuantos manzanos y cerezos, que aunque ya estaban bastante descuidados y sobre
todo no era temporada (cosas del cambio climático) al menos servían de alimento. Tras lo que parecía ser
la planta de la casa junto al estanque, había un huerto abandonado, no tenía mucho de provecho pero algo
se podría hacer para arreglarlo. Mientras volvían al coche se asustaron al ver como una perdiz que parecía
desorientada corría despavorida hacia el coche, donde se estrelló y perdió la vida. Paloma se quedó
mirándola triste, le dio algo de pena ver al pobre animal. Juan se frotaba es estómago, ella lo miró y puso
cara de espanto, aunque comprendió tras tres días allí que iba siendo hora de comer algo caliente. Con el
encendedor del coche y algo de paciencia consiguieron encender un fuego donde cocinar la perdiz. Quiso
la casualidad (la vida a veces sorprende) que el viernes anterior abrieran por fin una cuenta corriente a
medias en el banco, con la que les regalaron una batería de cocina que aún estaba en el maletero. El
banquete fue espectacular, incluso lujoso, digno de una recepción real.
Así pasaron un año, con lo que podían ir cazando en el campo. El huerto más arreglado
empezaba a dar algunas patatas y tomates que animaban y enriquecían la dieta. Con los sacos viejos que
el padre de Juan tenia en el coche hicieron un baño y usando el estanque se las apañaban para tener agua
para la higiene, piscina propia y limpiar los cacharros. La lluvia fue abundante ese año, con lo que no se
podían quejar. El coche ya no servía más que de dormitorio, con eso les sobraba. Tenían todo lo que
podían desear, aunque de vez en cuando echaban de menos un buen libro que leer, una televisión para ver
alguna película y tomar una copa con los amigos. Lo del tabaco fue un problema al principio, pero así
aprovechó Juan para dejarlo. Cada día estaban más delgados y se querían más y cada día daba paso a una
noche más apasionada en el coche y cada noche a un día más feliz como dueños de la tierra que se
sentían.
Hicieron ese año una hermosa fiesta de noche vieja, con hojas secas machacadas como confeti,
una especie de sidra casera que improvisó Paloma a lo largo del verano y perdices (cómo no) de cena.
Aunque parece ser que no le sentaron muy bien a ella, que comenzó a vomitar nada más acabar el ágape.
Pasaron los días y seguía con unas ligeras molestias. Aunque no quiso decir nada, Juan la veía un poco
extraña, como más distante y algo más tristona. También notó que había engordado un poco, y para salir
de dudas se fueron a la parte tranquila de la casa que era el coche y allí comenzaron seriamente a hablar.
En efecto, ella estaba embarazada, pero no había que preocuparse de nada. Había sitio para la criatura, en
la bandeja del maletero podría dormir a pierna suelta, y cuando se fuera haciendo más grande pues ya lo
pensarían. Había perdices como para alimentar a un regimiento, aunque habría que tener más cuidado en
la limpieza, y crecería más sano que cualquier otro niño en ese ambiente. Paloma lo miró con
tiernamente, y lo besó con una dulzura que nunca antes había conocido. Feliz se tumbó hacia atrás
mientras Juan acariciaba su vientre y lo besaba deseoso que naciera ya el niño y poder llevarlo al estanque
y enseñarlo a tirarse de cabeza.
No fue sencillo el parto, pero Juan era un gran asiduo de Hospital Central, House y la Doctora
Quin, lo que facilitó muy levemente el asunto, así que contra todo pronóstico el niño nació sano, con las
manos llenas de dedos y unos enormes y despiertos ojos azules, como los de ella. Juan bromeaba diciendo
que lo ideal sería que fuese tan atractivo como su madre y sin embargo tan inteligente también como su
madre. Ella sonreía, lo hacía siempre que estaba feliz. Era muy expresiva en sus emociones, tanto hacia
un extremo como hacia el otro, cosa que facilitaba enormemente que Juan supiera en cada momento lo
que le pasaba por la cabeza, sin tener que mediar palabra. Tras celebrar el nacimiento con un buen guiso
de perdices comenzaron a pensar en el nombre que le pondrían a la criatura. Ella le quería llamar Antonio
como el padre de Juan o Luís como el suyo. Él no quería llamarlo de ninguna forma, ella sería mamá, él
papá y el niño, niño. Sin apellidos ni nada, ¿de qué servirían allí? Así que sin más dilación lo llamaron
Luís, aunque Juan se quedó con el consuelo de decir que era en honor a Luís Skywalker (¿ o era Luke?
Hacía tanto tiempo que no veía una película que apenas se acordaba de esas cosas). Le encantaba
acercarse a el y decirle con voz aguardentosa “Luís, yo soy tu padre”, mientras ella le daba una colleja
cariñosa y le besaba en el cuello para curarle la herida.
Luís resultó ser un niño extremadamente despierto. Ya con 6 años comenzó a plantearse muchas
cosas del mundo que los rodeaba. Tumbados sobre el capó del R5 miraban las estrellas (era curioso, pero
con lo que le gustaban las estrellas a Juan era la primera vez que las veía tan limpiamente, sin duda
mucho mejor que desde el pueblo). El niño preguntaba y Juan respondía. Le explicó como se formó el
universo, como va creciendo, la teoría de los 3 universos de Friedman, cómo la gravedad nos afectaba a
todos, y llegó hasta las teorías cuánticas, pero ahí le pareció ver a Luís un poco perdido, con lo que
cambió de tema y siguió con la mitología, enseñándole como los antiguos ponían nombres a los
fenómenos del cielo y los temían y les hacían ofrendas. A Luís le encantaban las historias que le contaba.
Su padre del cielo y su madre de la tierra. Le enseñó botánica básica (cada cosa a su tiempo) le explicó el
ciclo de la vida, le enseñó a leer y escribir con un palo en la tierra. Conforme fue creciendo se interesó
notablemente por la filosofía, y entre ellos debatían sobre Descartes, Hume, Nietzche, Marx. La literatura
también le gustaba, y le recitaron de memoria cada verso que recordaban de Celaya, Neruda, Lorca,
Ángel González. En cuanto a la música no se ponían mucho de acuerdo, aunque tampoco tenían muchos
medios para montar una orquesta improvisada.
Cuando Luís cumplió los 10 años empezó a preguntarse dónde estaban todas esas personas de las
que le hablaban. Jamás había visto a nadie fuera de su pequeña familia, ni nadie se había comunicado con
ellos, así que no entendía como sus padres habían aprendido esas cosas, alguien se las tendría que haber
contado, como ellos a él. Entonces comprendió que sus padres a su vez tendrían otros padres que les
contaran las cosas. Aunque jamás los había visto. Pronto desechó esa teoría, había cosas que no le podían
explicar, y si suponemos que a ellos se las contaron, deberían de saber contarlas, o al menos repetir
textualmente lo que en su día les dijeron. La cosa era un poco extraña. Preguntó a Paloma confiando en
que sería más sincera y explícita en sus explicaciones, y le contó una extraña historia sobre una sociedad
donde habitaban más de 40000 personas, y se relacionaban entre ellas. Donde el conocimiento se
plasmaba en una serie de hojas de papel ordenadas por tomos. Donde había radio y televisión y
ordenadores (esto fue muy difícil de explicar). Donde para organizar a tanta gente había unos que
gobernaban y otros que más o menos obedecían.
Luís estuvo años haciéndose una imagen en su cabeza de esas cosas extrañas que le contó su
madre. Pensaba en la cantidad de R5’s y estanques que debería haber para tantas personas, a razón de uno
por cada tres personas salía una cantidad ingente. Se imaginaba una gran llanura llena de coches
enterrados en un lado, y árboles en el otro. Y eso de la tele... y los ordenadores... no estaba muy
convencido. Así que fue a preguntarle a Juan. Este le contó una historia parecida, aunque con notables
diferencias. Le contó la forma en que se relacionaba la gente, cómo creaban lazos entre ellos y se reunían
para compartir ideas y proyectos. Le explicó también que regularmente en el tiempo se celebraban una
serie de festejos, y todos volvían a reunirse y tomar unos licores parecidos a la sidra de Paloma y comían
unos animales que no eran perdices, y cantaban hasta altas horas de la mañana.
Faltaban 2 días para su 18o cumpleaños. Paloma y Juan estuvieron casi todo el día metidos en el
R5 con las puertas cerradas, mientras Luís buscaba perdices y algo de fruta para la celebración de su
aniversario. Hablaron largo y tendido sobre la necesidad de volver al pueblo. Ni sus amigos ni su familia
conocían la existencia de Luís. No sabían como se tomarían la noticia. Tampoco sabían nada de ellos
desde hacía casi 20 años. ¿Cómo estarían todos? ¿Habrían muerto? ¿Cómo será la vida actual en el
pueblo? Por primera vez desde aquella tarde de sábado cuando el coche se quedó encallado en la tierra se
plantearon volver a la sociedad. Parecía un experimento de esos que salen en los libros de “psicología
recreativa”, donde niños criados en la selva se integran con mayor o menor problema en la sociedad
moderna. Eran una especie de tarzanes, o más bien unos Austin Powers que volvían a la vida tras 20 años.
Tomaron una decisión: a la mañana siguiente cogerían lo justo para un día de viaje y saldrían rumbo al
pueblo, con Luís, a buscar a su gente para contarles lo que les había sucedido. También tendrían que decir
algo en el trabajo, 20 años sin asomar por la fábrica seguramente les habrá costado el puesto. ¿Y donde
vivirían? No tenían dinero, no tenían trabajo. No conocían ni un solo avance tecnológico de las últimas
décadas. Eran como una especie de analfabetos llegados de otra galaxia. No, seguramente no sería fácil en
absoluto, pero había que hacerlo, por Luís, tenía derecho a conocer el mundo, más allá del R5 enterrado,
el estanque y los olivos que los rodeaban.

Parte 3

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