viernes, 4 de junio de 2010

El Pozo




Treinta y tres años viviendo en la misma aldea. La misma donde nació, estudió y montó su tienda de fotografía. La misma donde jugaba de pequeño y no tanto. Donde paseaba en bici por la sierra, se llevaba a las muchachas de carriles, … Era la aldea de su vida y de repente se encuentra con que había un pozo al comienzo de la falda de la montaña.

Nunca lo había visto. Ni de pequeño, ni de mayor ni tan siquiera el segundo antes de caerse dentro de él.

¿Ahora qué? Pensaba. No es que estuviera alejado de las casas más cercanas, pero si lo suficiente para que no escucharan sus gritos de ayuda.

“A ver, a ver. Estoy en un pozo. En grande, todo hay que decirlo. ¿Será de don Jacinto? El jodido terrateniente tiene que saber de su existencia. Al fin y al cabo esta tierra es suya, y aquella y la otra...” Mientras pensaba oyó a Lourdes por los alrededores llamando a grito pelado. “¡Manolo, Manolo!” - “Aquí, cariño”- Lourdes no daba crédito. “¿Qué haces ahí, tontolculo? Sal ya, anda, que hoy comemos con mis padres”-

Pero en el intento por sacarlo Lourdes cayó dentro también. Los padres de ella llegaron a la media hora. Eran ya más de las 4 y ninguno se había presentado a comer. Mientras intentaban sacarlo llamaron a los padre de él. Pasó lo que tenía que pasar, si con una mano se coge una cuerda gruesa y con la otra el móvil... así que al final todos al pozo.

Como el padre tenía casualmente sus herramientas encima (normal, iba a la hortaliza) comenzaron a hacer el pozo más ancho. Era ya cuatro.

Los padres de Manolo dieron con el pozo una hora más tarde, junto con el guardia civil, el cura y don Jacinto. El gordo terrateniente le increpó colérico “Salgan ahora mismo de este pozo, es de mi propiedad y está ahí sin permiso.” Entre todos los calmaron. Primero por que era ilegal hacer un pozo en ese espacio. Y segundo por no querer traer ni una mala excavadora para ayudarles a salir. “Los ayudáis vosotros que sois tan buenos” dijo don Jacinto mientras empujaba a todos a la vez dentro del pozo.

Más gente en el pozo es igual a más brazos para trabajar. De manera que con piedras, las cuatro herramientas que tenían y cascotes que iban cayendo fueron ampliando el habitáculo hasta el punto de hacer agradable la estancia. Hacía fresquito en pleno agosto, ¿Qué más se podía pedir?

Tan a gusto estaban que incluso el guardia civil llamó a su mujer para que se trajera a los niños. Mientras don Jacinto seguía montado en cólera junto al pozo. “Encima me levantan la voz, a mi, que soy quien hizo este pueblo. Mio es el cielo y la tierra donde está, el aire que respiráis pandilla de desagradecidos. Hasta vuestras vidas son mías. Yo os pago a todos. Una miseria, si, pero os da para vivir. ¿Así me lo pagáis? Pues ala, todos al pozo y que os den.”

Alertados por el ruido poco a poco iban acercándose los habitantes de la aldea para ver que pasaba. Y conforme se acercaban al pozo don Jacinto los tiraba dentro. Finalmente se quedó solo. Ahora si, ahora todo aquello era suyo, sólo suyo y de nadie más.

“Muajajajaja” reía como un poseso el gordo.

Pero claro, el pozo no daba ya para tanta gente. En turnos de media hora iban agrandándalo para que cada uno tuviera su sitio. Todos trabajaban y nadie se quejaba. Incluso el párroco aprovechaba entre pala y pala para hablarles a los niños que estaban en catequesis. El maestro y el guardia civil también montaron su pequeño aula donde enseñaban a los infantes e incluso a los mayores que en su día no pudieron aprender ni a leer.

Conforme los niños se hacían grandes iban reemplazando a sus padres en las tareas de agrandamiento. Varios huertos daban de comer a toda la aldea subterránea. Entre la dieta tan saludable, el agua que más pura no podía ser y la camaradería que había en el pozo, la longevidad de los habitantes era casi antinatural. Sin haberse dado cuenta habían formado una utópica comuna guiados por el bien común. Una sociedad idílica donde entre todos se ayudaban.

Incluso empezaron a aparecer los primeros nativos subterráneos. Y cada vez había que agrandar más y más el pozo hasta que llegó un momento en el que había casi más espacio dentro que fuera. Fue entonces cuando ese microcosmos se replegó sobre sí mismo.

Atónitos quedaron los habitantes cuando se vieron a pleno sol. Los nativos subterráneos lloraban asustados y los más jóvenes apenas recordaban tanta luz. Una vez se acostumbraron a ella vieron como al replegarse todo lo que había dentro ahora estaba fuera y viceversa. El silencio era hasta molesto para los oídos. Nadie decía nada. No sabían que era lo que estaban sintiendo en esos momentos: miedo, alegría, tristeza, añoranza, esperanza...

De repente algo los sacó de sus cavilaciones. Desde lo que antes era aldea y ahora pozo se escuchaba una voz que a gritos decía “Sacadme de aquí, cacho cabrones. Le habéis dado la vuelta a mi aldea sin mi permiso. En cuanto salga de aquí os vais a enterar de lo que es bueno.”

1 comentario:

ruyelcid dijo...

"Si te tiras a un pozo de metro y medio de altura, aunque tardes en caer 5 segundos, no te matas; tan solo te magullas un poco." (D. Hume)

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