lunes, 6 de mayo de 2013

Peregrino

Relato ganador del segundo premio en categoría absoluta (mayores de 16 años) en el I Concurso de Relato Corto Peregrino, organizado por la Hermandad de Gloria de Nuestra Señora del Rocío de Alcalá la Real.

Y juntos continuamos nuestro camino...
Empezaba una sevillana diciendo: Mi camino comienza desde mi puerta… Y aquel 10 de septiembre de hace veinticinco años abrí la puerta y comenzó mi camino. Al principio no era camino, sino una humilde vereda arenosa en la que daba mis primeros pasos de la mano de unos padres primerizos entusiasmados, que miraban con admiración cada uno de los pasos que iba dando su pequeña.

Más tarde, aquel camino fue allanándose y a su lado iban plantándose semillas, unas semillas que requerían mucho cuidado y atención. Pronto llegué a una intersección en la que mi camino se cruzó con muchos niños y jóvenes, que como yo, también iban labrándose un camino. Algunos de ellos continuaron por otros senderos, otros me acompañaron y llegaron hasta ya avanzado el camino. Muchos de ellos me dieron agua cuando tenía sed, me animaron cuando empezaba a desfallecer por el cansancio que conlleva la larga y dura andadura. Otros, celosos de la rectitud, belleza y llanura de mi camino intentaron confundirme y convencerme para que abandonara mi caminar.

Un día, por casualidad, me encontré con un viajero muy especial. Tantas fueron las conversaciones que intercambiamos, tantas las noches que miramos a la luna juntos, tantos sueños comunes, que casi sin darnos cuenta llevamos nuestros caminos paralelos, tan pegados, que en ocasiones, la frontera entre uno y otro se hizo inapreciable. Sin embargo, llegó el momento de explorar otras tierras y mi camino se desvió hacia tierras muy lejanas. Con la maleta llena de cierto sentimiento de miedo, desconcierto e incertidumbre, con los ojos llenos de lágrimas, me despedí de mi familia y dejé al viajero esperando en aquel extremo del camino, con la promesa de que regresaría y me reencontraría con él. Como señal de mi promesa, le entregué mi corazón y le encargué que lo cuidara y mimara; y si algún día entristecía por la distancia, que tuviera paciencia y lo meciera entre sus brazos, ya que aquel corazón era débil a pesar de su valiente apariencia.

Después de un año, regresé y me reencontré con el viajero como le prometí. Esta vez mi maleta iba llena de sentimientos y emociones que nunca antes había conocido. En aquella vereda me encontré a mí misma, aprendí a vivir con la soledad, la nostalgia, aprendí a valorar el amor que los demás peregrinos me habían dado durante aquellos años, me encontré con otros viajeros con los que compartí momentos increíbles, conversaciones profundas, experiencias interesantes, conocimientos que me volvieron más sabia. A pesar de que allí empezaba a labrar un nuevo sendero, añoraba aquel camino anterior embriagado por el perfume de la lila, el narciso y el jazmín, adornado con sonrisas e iluminado por el sol, anhelaba el sonido de las olas y el paisaje bañado por un mar de olivos. En aquel marco recordaba la felicidad que experimenta junto a mi amado viajero. Por eso, regresé.

Y juntos continuamos nuestro camino. Hace algunos meses nuestro camino se topó con una colina, una colina forjada de sueños y planes, resbaladiza y con una empinada cuesta. A pesar del miedo e ilusión que van de la mano de estos nuevos proyectos, la responsabilidad, la incertidumbre de la novedad, poco a poco vamos hacia delante. Hay días que nos resbalamos, días que parece que nos hemos desviado del camino, que apenas hemos avanzado, días en los que miramos a la cima y vemos que todavía el objetivo está lejano pero que poco a poco se va vislumbrando a lo lejos.

A pesar de la juventud de mi camino y de que aún me queda mucho por recorrer, ya han sido veinticinco años de peregrinaje, ochos de los cuales los he recorrido junto a mi fiel y paciente compañero. Se que sólo ha sido un comienzo, pero un dulce comienzo, andado con paso firme y con mucha ilusión, con algunos días de lluvia y muchos días soleados.

Pero este camino no ha sido casual… Alguien desde el cielo iba guiando cada uno de mis pasos. Alguien que me aconsejaba cuando hablaba con el viento, alguien que siento a mi lado desde aquel día que abrí la puerta y comencé mi camino. Alguien que continuará conmigo aún cuando abandone este sendero en la tierra. Porque como decía Machado...

Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el mar.

Autora: Melanie Navarro

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