miércoles, 7 de agosto de 2013

Brujas




I. El Útero

Ella era bruja. Pero bruja de las de verdad, de las de poderes sobrenaturales, gorro picudo y escoba, para barrer de su espacio aquello que la importunaba, y dirigir toda su energía a su propio centro vital, porque para volar ya tenía ella sus propios métodos. Era hija de bruja, y cuando nació, su madre la llamó Virginia. Su padre había hecho lo que era de esperar. Quiso mucho a su madre, realmente la quería, tanto amor sentía por ella que este le nubló el entendimiento hasta el punto de hacerle olvidar contarle que años antes de llegar a aquel paradisíaco y apartado lugar, había contraído nupcias con otra mujer, a la que también amaba, tanto la amaba que habían materializado ese amor en un hijo. Ricardo lo llamó.



A ella, por su parte, también se le había nublado la sesera y la capacidad de adivinar que aquel hombre, por el que sentía verdadera devoción la estaba engañando. El amor es así, te da y te quita, en ambos casos de manera desmesurada, haciendo siempre temblar los cimientos. Pasados unos meses de felicidad celestial, tras el nacimiento de su hija, el entendimiento se le aclaró y recordó, y entonces fue cuando una mañana al despertar su madre a causa del llanto de aquella niña, descubrió por medio de una carta sobre la mesa delante de la chimenea humeante de aquella cabaña perdida en mitad del bosque, que su amor la había abandonado.

Tras dejarse caer abatida sobre una silla, y casi quedarse sin respiración, sus ojos se llenaron no de lágrimas sino de ira. El amor, en ocasiones, se transforma así. La furia y la ira rebosaron todo su ser y como un río de lava fueron cubriendo, primero la cabaña, y poco a poco, todo el bosque a su alrededor, quedando, hierba, árboles y ríos pintados de color rojo sangre, y abandonado el entorno por cualquier criatura viviente que allí habitara, y sumido el aire en el absoluto silencio.

Los habitantes de la aldea unos kilómetros más abajo se acostumbraron a ese color rojo, que con el paso del tiempo fue desapareciendo primero de la vegetación y, por último, del río, solo cuando la madre de Virginia murió, algunas malas lenguas dicen que envenenada por su propia bilis de color rojo también. Aprendieron a vivir con ese miedo, y a no hablar en un tono de voz muy alto por si llegara molestar a aquella mujer. Aprendieron también que no era cosa de risa ni de fantasía ni cuentos de hadas, y la respetaban, aunque solo fuera por el miedo que le tenían, a pesar de que jamás en toda su vida había hecho mal a nadie. La ignorancia suele vestirse de miedo.

Gracias a ello, Virginia fue educada en la más absoluta indiferencia hacia aquellas personas que no eran como ellas. Aprendió de su madre más de lo que ella le podía enseñar. Y si su madre resultó ser una bruja poderosa, Virginia lo era aún más. Lo único que su madre no logró extirparle fueron sus ganas de amar, quizás era por eso por lo que la niña la aventajaba. Cuando las pequeñas criaturas comenzaron a repoblar el entorno, a medida que la furia se iba apaciguando, Virginia era del gusto de estar acompañada siempre de pequeños animalitos, cachorros de gato, a los que a todos ponía nombre, devolvía crías de pájaros, a los que sus ganas de libertad les jugaban malas pasadas, a sus nidos, teniendo que soportar en la mayoría de los casos las reprimendas de su madre, que siempre le recordaba que no debía amar, porque cuando amas eres débil y te conviertes en presa fácil. Ella asentía y realmente entendía las palabras de su madre y su temor, pero no podía evitarlo.

Su  madre murió y ella quedó sola sin más compañía que el canto de las aves, la melodía de los grillos en la noche, el silbido del viento entre los árboles, el crujir de las ramas, o el gruñir de jabalíes en la lejanía. Y con todos estos tesoros a su disposición, Virginia tenía suficiente y era más que feliz.

Habían pasado poco más de tres años desde que su madre muriera, tiempo suficiente para convertirse ya en toda una mujer, que con veintiún años vio desde el porche de su cabaña como se aproximaban a ella tres hombres, cada uno con una indumentaria diferente. Uno iba vestido con un pantalón y una camisa azul de distintos tonos, con algunas insignias en la camisa, y un cinturón del que colgaba un estuche, y un palo largo de color negro. El otro, llevaba pantalón y chaqueta a juego, y una camisa clara, ella pensó que debía sentirse bastante incómodo con esa especie de soga que le colgaba del cuello. Llevaba una carpeta en la mano, dentro de la cual se veían bastantes papeles. Y el tercero, iba  más normal. Llevaba una camisa clara también, y un pantalón de color marrón, bastante adecuado para la zona boscosa en la que se encontraban. Este último se presentó como el legítimo heredero de aquellas tierras, propiedad de su abuelo, el cual se las había cedido a su abuela por motivos que ella nunca conoció, pero que al no haber constancia oficial de aquella cesión, él reclamaba su derecho sobre ellas. Virginia no entendió muy bien nada de aquello, hasta que cuando bajo la amenaza explícita de usar la violencia por parte del hombre vestido de color azul, tuvo que empaquetar sus cosas e irse a vivir..., aún no sabía dónde.


                                                                     

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