sábado, 17 de agosto de 2013

Brujas



II. La gestación


Marcelo abrió los ojos y durante unos segundos se sintió tranquilo. Aquella noche había podido conciliar el sueño al menos unas horas y durante ese tiempo ninguna pesadilla lo había invadido. Pero solo fueron eso, unos segundos. La realidad cayó como un yunque sobre su cabeza y de nuevo, la angustia, la vergüenza, la tristeza y la decepción. Llevaba así ya demasiado tiempo, y esta situación empezaba a pasarle factura. Comenzaba a mostrar síntomas paranoicos. Como si la vergüenza, la tristeza, el insomnio y las pesadillas no fueran suficiente ahora había que añadir a la lista manía persecutoria. Tenía la sensación de estar continuamente observado. Miraba de forma compulsiva tras las puertas de su apartamento, tras las cortinas del baño, por las ventanas a la calle, a ventanas vecinas, con la esperanza de encontrar algo extraño o a alguien escondido vigilándolo, que demostrara que no se estaba volviendo loco. Nunca lo hallaba.

Las pocas horas de sueño le habían dado un respiro aquella mañana y tenía ganas de salir al exterior, aunque solo fuese a la terraza para tomar allí el desayuno. El día se había despertado claro y soleado, y quizás con el aire fresco de la mañana y la caricia suave del sol matutino de aquel otoño recién entrado podría disfrutar de unos minutos de tranquilidad. 

Mientras desayunaba los recuerdos y su situación lo mortificaban tanto como el estruendo abajo en la calle. Tráfico desesperado, cláxones, aquella maldita máquina excavadora que tal parecía que jamás acabaría las obras. Sonidos de ciudad, de su ciudad natal. Jamás pensó que desearía tanto abandonarla. Abandonar aquella sociedad hipócrita, que lo había sentenciado sin culpa alguna. Inmerso en esos pensamientos que no lo abandonaban nunca, el teléfono comenzó a vibrar junto a la taza de café:

- Sí, dígame.
- Marcelo, soy Eduardo, tu agente inmobiliario.
- Buenos días Eduardo.
- Pásate por la oficina cuando puedas, creo que tengo lo que buscas. 
- De acuerdo, en una hora estoy allí. 

Se marchaba, la decisión estaba tomada. Cuando Marcelo vio las fotografías de la cabaña y el entorno que la rodeaba supo que sería el lugar ideal para expiar unos pecados que nunca cometió. Pero los hijos están para eso, para pagar por los pecados de sus padres, y su padre se había encargado de dejarles un buen patrimonio. La envergadura de sus estafas, engaños, dobles identidades, por distintos países de Europa, habían avergonzado tanto a su familia, que su madre, inmersa en esa época en la superación de una enfermedad de gravedad, no lo puedo soportar y murió en la más absoluta vergüenza. Una familia de prestigio social, de irreprochable carácter moral, todos los dedos apuntaban hacia él aún sin poner un pie en la calle. Y su hermano, el que durante años él consideró el norte al que seguir en su vida, resultó ser un sinvergüenza vividor, al igual que su padre, pero este de mucha menos categoría. Se pasaba el día borracho, buscando la compañía de mujerzuelas de callejón y evasiones caras que meterse por la nariz. No tenía muy claro si la decisión de marcharse era por el escándalo o por sí mismo. No quería pasarse la vida entera deambulando de un lugar a otro sin rumbo, sin raíces pero, la cuestión es que una vez que había muerto su madre, nada lo retenía allí, y su decepción era tan grande que esa cabaña era su única tabla de salvación.



Volvió a su casa tras realizar los formalismos requeridos para alquilar la cabaña por tiempo indefinido. Estaba en el otro extremo del país,  y no sentía deseos de iniciar un viaje largo solo para darle el visto bueno. Así que sin siquiera verla más que en fotos, ya era suya. Presentía que había tomado la decisión adecuada porque el nudo en el estómago que apenas lo dejaba comer desde hacía tres años tras el escándalo había comenzado a desenredarse.

Los preparativos para la mudanza duraron alrededor de un mes, tiempo durante el que las pesadillas habían dejado de serlo, para convertirse en visiones extrañas. Soñaba repetidamente que estaba perdido en el bosque, a duras penas podía avanzar por la gran cantidad de vegetación que lo rodeaba. Pero no sentía miedo. Quería encontrar aquella fuente de agua que escuchaba brotar caudalosa, pero el aroma entre floral y almizclado que de un momento a otro lo embargaba lo sumía en una paz que le impedía avanzar.

Algo había cambiado desde que tomara la decisión de irse a vivir a aquel lugar, era la decisión adecuada, lo sabía, y sabía, aún a sabiendas de que se estaba volviendo loco, que la cabaña lo estaba llamando.

2 comentarios:

Nono Vázquez dijo...

Muy buenos, Pili, los dos. Dejan ganas de seguir leyendo. Felicidades, me han encantado.

Pilar Gámez dijo...

¡Muchas gracias, Nono! espero que los que sigan sean también de vuestro agrado. Un saludo

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