martes, 24 de septiembre de 2013

Brujas


Imagen de Vicoolya & Sia

V. El parto

Si hay algo que una bruja no hace nunca es dar explicaciones.

Su comportamiento está siempre perfectamente meditado, reflexionado, medido y calibrado, sabe colocar cada cosa en su momento y cada momento en su lugar, para eso es bruja y habla y escucha a su madre, la naturaleza. Virginia estaba donde debía estar y estaba del modo que a ella le venía en gana, que no era ni más ni menos que el modo natural de las cosas, de sus cosas.  

Marcelo, hombre de ciudad, acostumbrado a vivir del modo que van marcando los cánones, solo se permitía salirse unos milímetros del camino establecido para el hombre maduro en la soledad de su casa, y no siempre, por no tildarse a sí mismo de loco. El hombre maduro suele pensar que no es un verdadero hombre hasta que se ha deshecho por completo del niño que en los comienzos  fue, perdiendo así toda su naturalidad, su inocencia, su capacidad, al fin y al cabo, de maravillarse con lo que le rodea y con las cosas que le suceden y actuando con bondad,  volviéndose así un poco amargado, escéptico y descreído. A Marcelo le había llegado la hora de quitarse sus ropajes urbanitas y convencionales y de quedarse desnudo. Y así, durante los meses que se sucedieron tras su llegada, aprendió a vivir con ella, no solo porque no hubiera otro camino que seguir sino porque era el único que le parecía que era el correcto, y se preguntaba por qué el resto del mundo no se daba cuenta de ello. Vivía dejándose llevar y la libertad y miscelánea se instauraron en su casa y en su vida. Lo mismo una mañana mientras aseaba la habitación lo sorprendía  el maullido incesante de unos pequeños gatos que, de pronto, aparecían en un rincón, y a los cuales debía alimentar y cuidar él mismo, que lo mismo despertaba a media noche sobresaltado, y pensando en un primer momento, que una nave alienígena lo estaba abduciendo con cabaña incluída, porque todo a su alrededor refulgía en azules, rosas, verdes y amarillos, formando de forma secuencial distintas figuras geométricas al igual que su caleidoscopio. Estaba en el interior del mismo, y escuchaba, dentro de su cabeza, exclamaciones de fascinación, tal y como fueron las suyas de niño cuando lo tuvo delante de sus ojos por primera vez. Las risas surgían inesperadas de cualquier parte, inspiradas por cualquier descubrimiento, una expresión desconocida en cualquiera de sus novelas, el contoneo de una salamanquesa que echaba a correr despavorida ante el zarpazo de uno de los pequeños felinos, acompañado de un “¡corre, corre, qué te pilla!” procedente de quién sabía dónde,  carreras nerviosas cuando, sin él siquiera intuirlo, la cogía desprevenida. A veces, ella le recordaba a un pequeño animalito descubriendo el mundo, con esa misma inocencia. Virginia estaba impregnada en todo lo que lo rodeaba, hasta en él mismo. La oía, la olía, la sentía y presentía, la soñaba, en alguna ocasión, hasta creyó tocarla, pero aún no había conseguido verla ni que contestara a sus continuas preguntas e intentos de establecer un diálogo con ella.  

Virginia lo estaba descubriendo a él y él la estaba descubriendo a ella. Que ella lo amara era su forma natural, amar a todo lo demás era inherente a su ser mismo, pero que él la amara a ella fue algo que costó un poco más, ya que Marcelo debía librarse de sus ropajes pesados, hechos a base de costumbres, de prejuicios, de ideas equivocadas. Virginia, en su inocencia, lo sabía, pero no tenía prisa, ninguna prisa, porque las cuestiones del destino llevan su propio pulso, su propio fluir. Marcelo hablaba con ella, incesantemente le preguntaba por su nombre, la primera prueba de que aún no estaba preparado. El nombre no es más que un símbolo, el modo en que los progenitores deciden que su prole camine por el mundo, no es algo propio, sino  impuesto, que deja de tener importancia cuando lo que hay entre manos va más allá de la estrechez del mundo humano.

La niña pequeña parecía ella pero el que estaba aprendiendo era él. Y así lo hizo, como no podía ser de otra manera siendo quién era y eso, Virginia, lo supo en el momento en que su llanto cesó y aquel aroma que llevaba escondida la presencia de Brigitte, su abuela,  se lo susurró.
      
                                                  * * * * *

Imagen de Karin Rosenthal
Marcelo había olvidado por completo cualquier rastro que pudiese quedar en su memoria  y que pudiera ensombrecer su  vida ahora. Despertó plácidamente al igual que llevaba haciéndolo los tres últimos años. Por las rendijas de los postigos de la ventana entraban los rayos del sol. Pareciera que estaba pendido en el tiempo, mientras observaba como las motas de polvo suspendidas en la luz, inmutables, ajenas, continuaban su camino hacia ninguna parte.



Sintió su calor junto a él, miró a su derecha y allí estaba. Dormía tendida a su lado, hermosa, virginal. Era la primera vez que la veía y, fascinado, pensó que si los ángeles existían debían ser como ella. Desde que llegara a la cabaña, a cada momento, se sorprendía sabiendo cosas que él  no tenía conciencia de haber conocido anteriormente y, justo en ese momento, supo que no era la cabaña, sino ella, ella era la fuente que brotaba caudalosa en sus sueños de ciudad. La noche de su llegada no había comprendido sus palabras. Embargado como estaba aquella noche por la emoción no comprendió, necesitaba todo este tiempo, el tiempo exacto. Y justo ahora, al verla allí, al fin, supo de qué se trataba. Ya estaba preparado, sintió una fortaleza dentro de sí que jamás hubiera imaginado que tenía y, de nuevo, aquel aroma impregnó todo en la habitación.


  - ¡Despierta!, susurró suavemente al oído de su hermana. ¡Virginia, despierta! ¡Ven, acompáñame! 

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