martes, 1 de octubre de 2013

¡Preguntad A Los Ancianos!



  -"¿No vienes?"- me dijo mientras ajustaba bien los cordones de sus botas de trekking. - "Sube tu, aún me pelean los músculos por la caña que les metí ayer sin haberles pedido permiso previo, ¡jejeje...!" -.

"Ok. No me llevo el móvil, para qué si de todas formas por allí arriba no hay cobertura." 
- No hay problema, cuando vuelvas estaré por aquí, ponen "Cadena Perpetua" en la tele, y con los anuncios y demás va para casi cinco horas de película. ¡Abrígate que la niebla por allí arriba es de la que te cala hasta los huesos!.

Y sin más, Eduardo volvió unos segundos la mirada hacía el salón, deteniéndose con más precisión al llegar a la esquina del sofá donde  estaba yo retrepado observando las noticias meteorológicas previas al peliculón que me iba a tragar. Fue una de esas vistazos que echas a un sitio como cuando te mudas, después de muchos años, a otro lugar o como cuando te despides con suavidad (pero tragando saliva) de un amor de verano. A mi me dio un escalofrío mientras me preguntaba por un instante a qué venía esa mirada como de reo ante sus últimos pasos. Pero los títulos de crédito me hicieron volver a clavar la mirada en la magistral película de Frank Darabont.

-- Lo que puedo haber pasado --

Sin importarle mucho la corona espectacular de niebla que rodeaba las bestiales alturas de las montañas que delimitaban el pueblo por su lado norte, y tras pegar el clásico empujoncillo diario al coche para que arrancara, comenzó a subir la incomoda serpiente de carretera que había que tomar hasta llegar más o menos a un punto donde la montaña y el ser humano fueran un único ser.

"...reinaba en lo alto de la montaña"


Le llamó muchísimo la atención, la fuerza, tenebrosidad (incrementada por la espesa niebla meona) y majestuosidad de una gran casa de tintes rojizos que, reinaba casi en lo alto de la montaña, como un gran animal al que todos obedecen. Y allí decidió aparcar el coche y seguir a pie el resto de su paseo.

(...seguir a pie...)

Conforme se iba acercando, la casa le parecía cada vez más estremecedora y a su vez llena de encanto, por su frontal y los laterales estaba muy bien conservada, llena de enredaderas y ventanas por todos lados cada cual con una propia historia que contar.

¡¡¡...ese olor...!!!




Cientos de historias en su interior

La parte trasera estaba casi derrumbada y circundada con lo que en su día serían pequeños lavaderos de ropa, aljibes y algunos bancos para sentarse y disfrutar de la montaña.

Algo que le llamó mucho la atención alrededor de esa misteriosa casona, era los olores. A parte del común olor a hierba y árboles recién llovidos, y a tierra mojada, se entre mezclaba un olor similar a la carne en fase ya de descomposición. No llegaba a ser insoportable, pero olía como a carne refrigerada. (De nuevo pegó otro tiritón de escalofrío). 
El juego de reflejos laterales que la casa dibujaba en el monte, dejaba entrever una especie de vereda, casi a la merced de la propia intuición, pues estaba llena de ramas caídas, troncos de árbol, y piñas que se descolgaban de su pino casi a cada medio minuto.

dibujaban una abrupta vereda


Aunque no se veía nada más lejos de unos quince o veinte metros decidió seguir por ese camino, suponiendo que si pertenecía a la casa llevaría a alguna otra zona propia de este tipo de residencias; leñera, establo, estanque o similar. 

Anduvo durante varios minutos haciéndose la visibilidad cada vez más complicada, el terreno cada vez más resbaladizo y peligroso, y siendo consciente de que cualquier resbalón, caída o torcedura de tobillo allí multiplican su gravedad ya que, como bien indicaban los folletos, por esa zona no hay cobertura ninguna, haciéndose imposible cualquier uso del móvil (que no llevaba) para emergencias.




Llegó a un punto en el que ya casi no veía donde iba a desembocar el siguiente paso que iba a dar, de pronto el bosque se quedó en un silencio absoluto, ni viento, ni pájaros, ni ramas moviéndose, no se oía ni el crujir de sus pisadas. Atónito, con la boca abierta y los ojos de par en par mirando hacía arriba en ambos lados, Eduardo notó como pisaba en vacío, y como iba cayendo en un agujero de desproporcionadas dimensiones. 

Nunca supe nada más de él.






Cuentan los ancianos del lugar, que en algún lugar del bosque, no muy lejos de la vieja casona,  se encuentra una gran boca circular escondida entre la frondosidad. La boca del diablo la llaman, y que va directa al interior de la gran casa rojiza, la reina de la montaña. Despechada la casa con los humanos que antes la habitaban, y todo el daño que causaron al bosque, y a sus animales; matándolos por diversión, y sin miramientos, y quemando y cortando arboles sin importar la especie o el daño posterior, cerró sus puertas para siempre, y a partir de entonces se alimentó de aquellos que tanto mal causaron a su alrededor. Dejándolos morir poco a poco de frío, hambre y soledad entre sus vacías paredes.
Insisten los ancianos, que los días de fuerte viento en la montaña, se pueden oír gritos de desgarro viajando de un extremo a otro del bosque en busca de socorro, entremezclados con alguna que otra lejana carcajada regocijándose en una merecida venganza.



                                                                                                        - A los perdidos -






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