lunes, 4 de noviembre de 2013

El hombre de la capa negra

Relato de Marino Aguilera

Relato ambientado en la llegada de la Peste Negra a Italia en el siglo XIV.
Adaptación de la crónica de Agnolo di Tura.



...la peste desplegó sus alas harapientas...
Aquel año llegó al puerto de Rapallo un misterioso barco buscando desesperadamente provisiones. Se rumoreaba que fue rechazado en otros puertos italianos por provenir de Génova, pero la ausencia del señor de la ciudad y el exceso de confianza de la guardia permitieron su amarre y el desembarco de la tripulación, y con ella el de algunos de los roedores que infectaban las bodegas del barco. De esta forma, a través de los roedores, la peste negra desplegó sus alas harapientas sobre aquel pequeño pueblo costero del norte de Italia. 

Como todos los días, Agnolo di Tura amaneció con la mente puesta en sus negocios y con la ilusión de despertar a sus cinco hijos. Cuando entró en la alcoba, la más pequeña se quejó de cierto picor en la espalda, y unos minutos después también lo hicieron el resto de sus hijos. 

Agnolo examinó una a una las zonas enrojecidas. 

- Son solo picaduras de pulga -dijo tranquilizando a sus hijos-, tal vez las hayan traído las dos yeguas que ayer compré y que han dormido en el patio. No os preocupéis, vuestra madre quitará y lavará los jergones. 

Nicoluccia ya se había adelantado y aplicaba aceite en las picaduras para calmar la irritación. 

A media mañana las picaduras y el picor habían desaparecido, pero los cinco hermanos tenían frío, o mejor dicho escalofríos, y comenzaron a sentir fiebre y malestar. Nicoluccia intentó empapar unos paños de lino en agua tibia para aplacar la calentura, pero un fuerte dolor de cabeza la obligó a sentarse en una silla. 


Ya con cierta preocupación, Agnolo decidió entonces ir en busca de Ugo Benzi, médico de la villa y gran amigo. En el trayecto descubrió que algo raro estaba ocurriendo en Rapallo. Muchos vecinos abandonaban la ciudad con precarios e improvisados hatos y con mucho miedo en el rostro. Agnolo reconoció a uno de ellos: 

- Piero! Piero! ¿Qué está pasando?! ¿Porqué se va la gente?

- Aléjate! ¡No te acerques ni me hables! Esta ciudad ha quedado maldita por nuestros pecados, por aceptar a los judíos, por comerciar con herejes, por la fornicación. Mejor será que huyas si no estás contagiado. 

Las palabras de Piero sobresaltaron a Agnolo. 

- ¿Contagiado?

- ¡Peste! Es la peste Angolo. Mi mujer y mi criado ya tienen la muerte dibujada en el rostro y me voy antes de que me alcance. Todos los sanos nos vamos. 

Poco a poco las humildes casas de Rapallo fueron quedando vacías. También las más acomodadas. La peste, como emisaria de la muerte, golpeaba puerta a puerta sin dejar ninguna atrás, sin distinguir los ricos de los pobres ni los pecadores de los justos. 

Cuando llegó a la casa de Ugo se la encontró cerrada y con la habitual señal que dejaba el médico cuando atendía consultas a domicilio. No estaba, pero daba igual. Agnolo sabía que la medicina iba a ser una víctima más de la peste y que su amigo poco o nada podía hacer por salvar a su familia, si es que no había abandonado también la ciudad. 

Decidió volver a casa y resistir con sus propios medios. 

- No puede ser… no puede ser… -renegaba- a mí no Señor. 

La plaza principal de Rapallo ya se había quedado desierta. Ni rastro del mercado que diariamente hacía bullir aquel pulmón con tratantes, vendedores, juglares y algún que otro ladrón. Ni rastro de los vecinos, de la guardia, de los clérigos que solían atender a los enfermos. El ambiente estaba tan petrificado que Angolo le pareció estar dentro de uno de esos cuadros de paisajistas flamencos que pintaban el alma de las ciudades. 

En su marcha hacia su hogar vio que algunos vecinos habían prendido fuego a sus hogares con todas sus riquezas dentro. No había tiempo para salvar nada. 

Los sanos habían huido y su lugar en las calles lo habían ocupado los infectados en busca de auxilio, muchos ya con los síntomas tan avanzados que comenzaban a tener convulsiones y a notar los ganglios inflamados o bulbos en axilas, cuello e ingle. 

De esta forma la vida fue dando paso a la muerte en Rapallo, a la muerte en vida. 

Intentando buscar explicaciones, Angolo se acordó del cuarto sello del Apocalipsis, de la Muerte cabalgando a caballo seguida por Hades. 

- Tal vez en este mismo momento Satanás está siendo liberado, tal vez Piero tenía razón y la ciudad está recibiendo el mismo castigo que Dios infligió a Babilonia por sus pecados enviando su plaga en un solo día -pensó Agnolo. 

Estos pensamientos lo acompañaron hasta que encontró a su familia entre gritos de desesperación y de dolor. Andrea, la pequeña, ya tenía evidentes signos de deshidratación debido a la fuerte fiebre y comenzaba a delirar, mientras Nicoluccia había caído inconsciente y sus otros cuatro hijos deambulaban por la casa sin saber qué hacer, conscientes de la maldición que incubaban. 

- Padre, ¡hulla! -le dijo Giácomo- Usted no está infectado y todavía puede salvarse. 
- No me iré de aquí hasta veros sanos -respondió Angolo con firmeza. 

- Eso no va a pasar. Estamos condenados a muerte. Si se queda con nosotros también caerá.

- No me importa. Sois mi familia y acepto el destino que Dios me guarde. No me iré sin vosotros. 

Pasó la noche asistiéndolos, dando continuos portes de agua desde el pozo del patio con la que lavaba los bulbos supurantes y enfriaba la fiebre. Nicoluccia seguía sin responder y Andrea también había caído en un profundo sueño del que ya nunca despertaría. Todos se encontraban acostados en sus jergones menos Agnolo, que en pie estaba asistiendo a la ejecución de su propia familia. 

A la mañana siguiente Agnolo certificó la muerte de Nicoluccia y Andrea. El resto de sus hijos permanecían muy débiles, apagándose poco a poco, con fuertes dolores de cabeza, vómitos y diarreas que en realidad era lo que les estaban consumiendo por dentro. El olor en la habitación era tan putrefacto que Angolo abrió la ventana a pesar del fuerte frío que hacía en el exterior, y desde ella obtuvo una visión que lo dejó petrificado. La calle estaba desierta y los laterales se encontraban sembrados de ataúdes de madera blanca vacíos, mientras un extraño humo con olor a carne quemada lo impregnaba todo, tan repugnante que no mejoraba el del interior de la habitación. 

Bajó los cuerpos de Nicoluccia y Andrea y los depositó en sendos ataúdes, que amarró con cuerdas a las dos yeguas que le ayudarían a transportarlos al cementerio situado a una legua de la ciudad. En el camino se encontró con más vecinos que como él habían decidido quedarse en la ciudad para auxiliar a los suyos y que también habían sido condenados a verlos morir. 

-Esta maldición acabará con Rapallo y con todos nosotros. Más nos vale morir como ellos -le dijo un joven herrero que trasladaba el cuerpo de su padre. 

Angolo guardó silencio. A pesar de sus afianzadas creencias religiosas siempre había evitado creer en maldiciones y en supersticiones. 

- Dicen que los judíos han envenenado los pozos de agua -continuó- aunque también he escuchado que un hombre con capa negra que pasea por las noches es el que ha traído la enfermedad. 
-Yo solo espero enterrar en paz a los míos -sentenció Angolo, que espoleó a las yeguas para adelantarlo y así dejar de oír majaderías. 

En el cementerio las fosas estaban repletas de cadáveres cubiertos con cal y varias piras humanas ardían con los cuerpos de los que no encontraron aposento en las fosas. Tan solo tres monjes franciscanos recibían los cadáveres, los amontonaban y les prendían fuego sin otorgarles ningún tipo de bendición ni de oficio. Agnolo entendió que en ese infierno era inútil luchar por una sepultura digna, así que dejó los cuerpos en el suelo junto a otros cadáveres y volvió a casa esperando encontrar al resto de sus hijos muertos y varios ataúdes más en la puerta. Y así fue. 

Por la noche su esposa y cinco hijos ya eran ceniza. Sentado frente al fuego de la chimenea, estuvo meditando sobre la peste y la tragedia de su familia, buscando una explicación a la plaga y al hecho de que él se hubiese mantenido con vida siendo el más anciano. La peste se los había llevado a todos menos a él. 

- ¿Qué sentido tiene mi vida ahora? -se cuestionaba mientras imploraba a Dios alguna forma de volverlos a ver. 

La luz del fuego iluminaba su rostro serio y cansado, sus ojos brillaban intensamente debido a los recuerdos que se empeñaban en hacerle lagrimear los ojos. Afuera la noche estaba completamente oscura, un viento pasaba silbando por encima de los techos de las casas y subía hasta la montaña, aullando entre los árboles. Lamentaba una y otra vez no estar muerto como su mujer y sus hijos, y entonces se acordó del hombre con capa negra que le había mencionado el herrero camino del cementerio. 


- Un hombre con capa negra que recorre las calles de noche y que lleva la enfermedad a las casas… ojalá existiera -pensó en silencio. 

Extenuado y roto de dolor, Agnolo se quedó dormido frente al fuego. 

Pasadas unas horas, de pronto un golpe le despertó. El fuego se había consumido y la habitación se encontraba completamente a oscuras. A tientas intentó encontrar una vela que le permitiera ver qué era esa presencia que notaba junto a él, tan cercana que sentía un aliento repugnante respirando muy cerca de su cara. 

- ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? 

La presencia no respondió y siguió acosándolo sin llegar a tocarlo. 

En un gesto instintivo, Agnolo se giró e intentó zafarse de aquella cosa que lo perseguía, rozando con los dedos una tela tan suave que no le pareció de este mundo y lo que parecía ser un hueso. Entendió que lo que le perseguía era un esqueleto envuelto en una capa y sintió tanto terror que cayó desmayado al suelo. 

A la mañana siguiente se despertó aterido de frío y empapado en sudor. Aturdido, Agnolo intentó recordar lo que había vivido. ¿Había sido un sueño o una realidad? 

Sin poder levantarse, un fuerte picor en la espalda le hizo caer en la verdad. 

- Son picaduras de pulga -reconoció. 

Agnolo sonrió. 

- Pronto estaré con vosotros.

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