domingo, 3 de noviembre de 2013

El Ritual

Relato de Rocío Mesa

...buscaba a los monstruos que acechaban en la oscuridad...
Tumbado sobre esta camilla recuerdo el ritual de cada noche. Cuando era pequeño lo que más me aterrorizaba era el momento de acostarme. Cada noche repetía el protocolo: primero me despedía con un hasta mañana de mis padres y hermanas mayores, me metía en mi habitación y apagaba la luz, para que nadie sospechara. Apenas había cerrado la puerta sacaba la linterna del primer cajón de la mesita y buscaba a los monstruos que acechaban en la oscuridad.

Primero dentro del armario, habría las puertas dando un salto atrás y con la linterna apuntaba hacia las perchas cargadas de ropa. ¡Sin novedad!  Cerraba de nuevo las puertas con suavidad para evitar el odiado chirrío.

Luego, debajo de la cama, daba un salto sobre ella y me tumbaba al susurro de ¡Cuerpo a tierra! dejaba caer la cabeza por un lado y mientras con una mano levantaba la ropa de cama, con la otra alumbraba las pelusas y calcetines olvidados del día anterior. ¡Sin novedad! Dejaba las mantas como antes de empezar y me deslizaba por el borde de la cama, como si fuera la ladera de una montaña, hasta quedar tumbado en el suelo boca abajo.

Arrastrándome serpenteante llegaba hasta las cortinas. Era el sitio más complicado, porque de haber entrado alguien a la habitación, la ventana habría sido sin lugar a  dudas el lugar elegido y seguramente, allí seguiría escondido, esperando que me hubiera dormido para atacar. Lo mejor era pillarlo desprevenido, apagaba la linterna y levantaba la cortina de un lado, mientras me ponía de pie lanzaba una patada al aire a lo Bruce Lee y encendía la linterna antes de que mis pies tocaran el suelo. Entonces me veía reflejado sobre el cristal de la ventana, en pijama, descalzo, con la boca llena de hierros, la cara llena de granos y una poderosa linterna en la mano... ¡Sin novedad!

Ya podía dormir tranquilo, a no ser que estuviéramos en verano. Cuándo el calor no me dejaba utilizar la sábana, a la que le atribuía capacidades de protección y no me quedaba más remedio que dormir tumbado sobre la cama con las piernas al aire, como estoy ahora. Entonces era cuándo me acechaba el peor de los terrores. Imaginaba que alguien con manos frías me tocaba los brazos o las piernas. En el duermevela de cada noche notaba mil manos tirando de mis brazos, igual que lo noto ahora, como queriendo arrastrarme a lugares desconocidos. Sobre las piernas una pesada carga que me impedía salir corriendo y... frío. Estaba sudando, como estoy ahora, y solo notaba frío. Escuchaba gritos a mi alrededor, golpes, susurros, risas, gente corriendo... y seguramente sólo fueran los vecinos y sus hijos sentados al fresco en la calle.

...no hice sino repetir el ritual de mi infancia...
Ahora entiendo que todo ello no era más que el anticipo, el aviso de lo que iba a ser de mi vida. Métete en el ejército, es un trabajo seguro y un sueldo de por vida; me decía mi padre en su afán por hacer de mí un hombre de provecho. Y yo, que en toda mi vida sólo me he dejado llevar, me dejé llevar, y acabé enrolado en el Ejército de Tierra. Llegó mi primera misión: Afganistán. Cuándo anoche entramos a hurtadillas en casa del sospechoso terrorista, no hice sino repetir el ritual de mi infancia, con la linterna en el casco miré dentro de armarios y debajo de las camas. Pero cuándo levanté la cortina del último dormitorio no estaba esperándome mi reflejo en la ventana, sino la sombra del monstruo del que había estado toda la vida huyendo. Activó un cinturón de explosivos que llevaba atado a la cintura y saltamos por los aires, ahora sin patada a lo Bruce Lee. Escuché cómo mis piernas y uno de mis brazos caían apenas a medio metro de mi, y como en mis pesadillas, era incapaz de moverlos, ahora con razón. Igual que en aquellas  cálidas noches de verano noto las manos frías que me acarician, y escucho gritos a mi alrededor, golpes, susurros, risas, gente corriendo... pero algo me dice que no son los vecinos sentados en la calle al fresco.

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