martes, 13 de mayo de 2014

Las enseñanzas del abuelo

Relato de Fátima Jiménez 

...lo bueno se hace esperar...
¡No te arrimes a la lumbre!, me advertía mi abuelo cerrando la puerta; entonces cruzaba el patio del molino de aceituna, hasta llegar a donde tenía encerradas a sus cinco cabras, cogía paja y les echaba de comer. Yo me quedaba sola sentada a metro y medio de la chimenea, en la sillita de anea que él, con tanto esmero, me había colocado al lado de la lumbre; eso sí teniendo muy presentes sus palabras, sin arrimarme

Recuerdo aquellas tardes de primavera, cuando sacaba sus cabras a carear, y yo me iba con él, siempre me contaba una historia de cuando la guerra o de cuando estuvo sirviendo en Alicante; o de la noguera que plantó hace tantos años y que empezaba ahora a dar tan pequeñas pero tan buenas nueces. A veces lo bueno se hace esperar.

Vi a mi abuelo trabajar hasta muy mayor, de él aprendí que el trabajo es lo que ennoblece y dignifica al hombre. Era un trabajador incansable y siempre decía que había que ser generoso, aunque había que mirar por las cosas y perdonar, porque para que querías hacerte mala sangre. Me enseñó que no había que lamentarse, sino que había que ser prevenido y aprender de la experiencia, que a veces hay que perder para luego ganar. Pero, sobre todo, y por encima de todo, me inculcó el amor a la familia, la familia lo primero. Por eso siempre vivió con nosotros. Puedo decir con certeza que fue amigo, hijo y hermano, padre y abuelo ejemplar.

Hablar de mi abuelo es imposible sin mencionar a mi madre, María. Pues ambos pasaron penurias, pero juntos supieron ganar el pulso a la vida y con sencillez, paciencia y constancia salir adelante.

Hoy puedo decir con orgullo que, a pesar de todos los avatares de la vida, mi familia permanece unida como una piña y esa es la mejor enseñanza y herencia que mi abuelo nos pudo dejar.

Mis neuronas han hecho una gran autopista en mi mente y discurren cada día, desde que tengo uso de razón, por las enseñanzas y consejos que él con tanto cariño me dejó; mis recuerdos se remontan a los tres años. Cómo olvidar sus palabras no te arrimes a la lumbre, pues hoy entiendo que, a la vez es una metáfora con la vida, con ellas me quiso enseñar que si me alejo del peligro, el peligro se alejará de mí.

Sus palabras siguen viviendo en mi corazón y sus buenas obras, intenciones y el tiempo que pasé junto a él permanecerán en mí para siempre. Del amor que me dejó guardado desde pequeña en mi alma, mana mi existencia cada día, siendo mi razón de ser, mi familia.

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