martes, 13 de mayo de 2014

Manos unidas con mi amiga

Relato de Marta Ramírez

...tanta ilusión para colaborar...
Aún  recuerdo  el  día en que la  abuela de  mi amiga María nos  ofreció colaborar  en  la  campaña  de Manos Unidas.  Su abuela  junto  con  sus amigas  puso  un  puesto  para  vender  cosas  hechas a  mano por  ellas, teniendo  como  objetivo  recaudar  el  mayor  dinero  posible  para  los más necesitados. 

El puesto estaba lleno de colorido, había bufandas de lana, camisetas, broches, bolsos hechos de anillas de latas, bolsos de papel reciclado y un  montón  de  cosas más  que  la  gente  compraba  con  tanta  ilusión para colaborar. 

Mientras  que  ellas  atendían  el  puesto,  mi  amiga  María  y  yo recaudábamos dinero  con  una  hucha.  Empezamos  a  las  diez  de  la mañana,  la  gente  estaba recién  despierta  y  no  estaba  muy participativa, así  que  nuestra  hucha  sonaba  hueca,  pero  nosotras seguíamos  esforzándonos,  pues  sabíamos  que  nuestra  labor  era necesaria  para  ayudar  a  los  niños  del  tercer  mundo,  así que insistimos: 

- Por favor, ¿querría colaborar para Manos Unidas?

De pronto una señora mayor que iba con su nieto sacó el monedero y le dijo al niño:

-Toma, Javier, échale a estas niñas tan apañadas esta moneda, que están haciendo una bonita labor. 

El niño muy contento echó la moneda en la hucha. Por fin en nuestra hucha sonaba algo. A los dos minutos pasó por allí un joven que iba mirando el móvil, le hicimos la misma pregunta y sin pensárselo nos echó  un  billete  de  cinco  euros. ¡Qué contentas  nos  pusimos  María y yo! 

La  gente  pasaba  por  aquí  y  por  allá,  por  una  cera  y  por  otra,  y  la hucha cada vez se llenaba más.

También en el puesto se agolpaba la gente, las bufandas se agotaron y nuestra ilusión se iba llenando.

Llegaron las dos y  media, hora de recoger y de contar lo recaudado, no estaba nada mal, nuestro esfuerzo había merecido la pena. 

María y yo estábamos felices, jamás habíamos sentido la  experiencia de  pedir  por  los  demás,  pues  a  veces  somos  demasiado  egoístas  y solo  pensamos  en  lo  que  necesitamos  y  queremos  tener  nosotros mismos, pero no en las necesidades que pueden tener los demás.

La  abuela  de  María estaba  orgullosa de nosotras por  eso  nos llevó a su casa y  nos hizo un chocolate caliente con magdalenas, reímos y jugamos a las cartas.

Llegué  muy  contenta a  mi  casa y  les  conté todo  a mis padres, ellos también me dijeron que siempre hay que ayudar a los demás.

Una vez en la cama repasé el día y pensé en lo bien que me lo había pasado. A veces con  cosas muy sencillas se  alcanza la  felicidad. Con un granito de arena que ponga cada uno se consigue una montaña y con un pequeño gesto se consigue grandes acciones.

También  pensé  en  María,  mi  amiga,  lo  bonito  que  es  tener  alguien con quien  reír,  llorar,  jugar,  ayudar,  compartir  y  abrazar  con  mis manos su amistad. 

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