domingo, 28 de septiembre de 2014

El cielo de María

Relato de Alberto Ruiz

Había contemplado miles de cielos durante toda su existencia, aunque ella no sabía que siempre era el mismo.

Con el paso que le permitían sus piernas llenas de varices y alguna que otra operación atravesó la puerta de aluminio plateado que le separaba del balcón de su hogar. En aquel jardín particular, pendiendo de la fachada de ladrillo cara vista, María le cuenta sus penas y alegrías a los geranios y los tomates. Mientras el ladrido de su pequeña hija se traslada por el pasillo de camino a la puerta, avisando de que una visita está a punto de llegar.
El cielo azul intenso, todo mar.

De nuevo reanuda el paso y su cuerpo se mueve balanceándose por el estrecho pasillo que separa la salita de la puerta de entrada. Y descolgando el telefonillo interroga a su interlocutor con un ahogado y expectante quién es. ¿Qué pasa cariño? suelen ser las primeras palabras entrecortadas en un aliento propio de quien acaba de correr los cien metros lisos. Normalmente continuadas por un ¡aquí estamos! después de tomar asiento al borde de la silla, jugándose la salud, y con los ojos vidriosos por la felicidad que le regala tener alguien con quien conversar. Mi mirada se fija en la butaca roja que preside la mesa camilla y de la que  aún a veces espero que alguien se levante a ofrecerme una cerveza o me pinche con su barba de días sin afeitar al besar sus mejillas. 

Hay dos nubes solitarias rozando el horizonte rocoso, es extraño pero puedo oler el tomillo y la jara desde aquí. 

Comienza el baile de palabras y el repaso a la familia. Mírame la tele que alguien lo ha tocado y se han perdido los canales. La vida no ha sido del todo justa con ella y como a menudo suele pasar, no siempre se recibe lo que se da. A menudo las decisiones de nuestra existencia se encuentran dentro del cauce de un río que fluye, cuando caes en él puedes hacer dos cosas: dejarte llevar o nadar hacia la orilla. 

Los colores del atardecer contrastan con el amarillo de las primeras farolas que alumbran el paseo.  No tenía más de 8 años y tenía que ir con la burra al cortijo donde estaba toda la familia en verano. Los disparos se escuchaban desde lo alto de la Camuña, aunque su cara refleja una sonrisa sus ojos dejan entrever alivio por poder contarlo aún con 85 años. Iba por un olivar y de repente escuché las hélices de un avión y disparos. No sabía qué hacer, estaba asustada y comencé a pegarle patadas y 'bocaos' a la burra para que avanzara, ya que del miedo ella también se había quedado paralizada. La llamaban María de la O y era la única mujer piloto del bando nacional. Finalmente salí de los pies del olivo y pude ver el avión, que al verme dejó de disparar y se marchó. 

Al mirar por la ventana descubro que ya no hay horizonte, solo un reguero de luces que iluminan la ladera de la montaña. Las únicas luces son las de las farolas y casas del pueblo. El cielo negro, como un agujero sin fondo que parece devorar todos nuestros recuerdos e historias.

Habrá un día en que ese cielo se coloree de ese mismo azul intenso, las nubes reaparezcan y el ocaso deje paso a la oscuridad. Y sin embargo, el avión de María de la O no vuelva a planear

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