miércoles, 24 de septiembre de 2014

El viaje

- No me gusta. Lo siento, pero esto no me gusta nada. Lo he intentado todo: comprenderlo, aceptarlo, tratar de cambiarlo, adaptarlo… Y nada -y es que Selenio nunca se había sentido bien donde vivía.
No estaba mal, para qué engañarnos. Pero no poder mejorar le hacía sentirse enclaustrado en su propio cuerpo, en su propio espacio.

Se mudó, varias veces. Primero en su bloque, hasta el ático.
- Tal vez una perspectiva más amplia me haga comprender mejor el problema. Quizás hasta que no lo entienda no pueda ponerle remedio.
Pero nada. Seguía viendo lo mismo de siempre, pero un poco más alto y un poco más lejos. Cambió incluso de país.
- Tal vez es que no estoy planteando el problema en el lenguaje correcto. Quizás en otro idioma pueda entenderlo y hallar una solución.
Nada.

Caminó por todos los continentes, habló con los urbanitas más modernos y con los pastores más anacoretas. Cada vez veía más lejos el camino hacia una solución universal. Subió hasta el monte, bajó al barranco. Luchó incluso en varias batallas pensando que metiéndose de lleno en el problema lo entendería mejor. Pero el resultado era siempre el mismo: nada. Vivió en la más absoluta opulencia de Dubái y en la miseria más extrema de la India. Pasó largas temporadas en una isla de Grecia de apenas cincuenta habitantes y casi un año en el Everest.
- Aquí no está la respuesta, sólo el problema. Aquí no hay solución posible porque no se permite la mejora. Tendré que ir más lejos aún.
Aprovechando una noche de luna nueva, subió como pudo al satélite. Pensó:
- Si la luna está nueva, ¿Qué mejor momento y lugar para solucionar los problemas?
En un par de horas allí estaba. En la más tremenda oscuridad y exhausto por el esfuerzo. Hizo lo mejor que se puede hacer cuando no hay luz y se está cansado: dormir.
- Hola, Selenio. ¡Buenos días! Y bienvenido -tuvo que acostumbrarse rápido a la poca gravedad lunar para no salir despedido del susto.
- ¿Quién eres? -dijo frotándose los ojos tras una semana de sueño reparador- ¡Hostias! ¡Me cago en la leche! Tu eres… ¿Tu eres…? ¡Tu eres
Freddie Mercury!
A la media hora volvió en sí, no podía creérselo. 
- Tranquilo, Selenio -le dijo la leyenda- Si sigues el mismo camino que alguien, tarde o temprano te encontrarás con él. Ahora levántate y acompáñame para que te presente al resto de la gente.
No podía creerse lo que veían sus ojos. ¿Presentarme? ¡Pero si os conozco a todos! Junto a Fredie estaban Elvis, Bon Scott, Bruno Lomas tarareaba con Jimmy Hendrix mientras Sinatra y Sammy huían de Marilyn a la que le habían desabrochado la parte de arriba del bikini. Detrás, en un jardín donde se respiraba tranquilidad, pintaban Dalí y Picasso mientras Bethoveen discutía a voces con Mozart. Nietzsche estaba sólo a lo suyo, intentando huir de Freud.  
- Lo tiene un poco harto al pobre -dijo Fredie- pero en el fondo se llevan bien.
Pero… esto ¿qué es? Selenio apenas podía articular palabra. Fredie pidió el sitio a Bobby Fisher, la mesa de ajedrez era un lugar perfecto para aclarar cualquier tema.
- Esto, amigo mío, es el lugar donde nos llevan todas nuestras dudas y búsquedas de respuestas. Todos los que estamos aquí hemos hecho tu mismo camino. Tratamos de hacer del planeta aquel de abajo un lugar mejor. Unos con la música, otros con la pintura... Cualquier arte, esperábamos, haría que la gente se pudiera la belleza por meta y no sólo buscara su propio beneficio. Tenemos filósofos y pensadores que trataron de analizar la conducta humana y nuestro modo de entendernos a nosotros mismos. Aislando el problema hallarían la solución. Pero bien sabes tú que no sirvió de nada. Hay por aquí arquitectos que hicieron de un simple techo todo un hogar. A Calatrava lo esperábamos, pero parece ser que le torció el camino. Como puedes ver, todos los que, como tú, buscábamos hacer del mundo un sitio un poco mejor no hemos tenido más remedio que venir aquí en busca de respuestas. ¿Y sabes que es lo más curioso? Que no es la primera vez. Llegamos a la tierra poco a poco, hace miles de años, huyendo de nuestro planeta anterior. Pero, por alguna razón extraña, siempre hay alguien que encuentra nuestro camino y nos sigue, haciendo que el destino elegido tarde poco en convertirse en un trozo de tierra seca y exprimida a la que apenas le quede vida que ofrecer. Los mismos problemas de siempre, pero se necesitan soluciones nuevas, así que volvemos a emprender el viaje de búsqueda.
Selenio se quedó mirando ese templo de la sabiduría que tenía delante. No se sentía digno. No quería emigrar a otro astro cuando este se llenara de malditos humanos. Así que, tras despedirse de todos y cada uno, y tras obtener el máximo conocimiento posible de todos ellos, volvió a la tierra con la esperanza de poder convertir al ser humano, desde pequeño, en alguien digno de emprender un viaje como el que todos ellos habían andado.

Y lo intentó, por todos los medios. Enseñó a los más jóvenes a esperar otras cosas de la vida. A ambicionar unas metas más altas que un buen sueldo. A compartir para construir entre todos. Lástima que a los pocos meses cerraran la escuela pública donde enseñaba para construir un centro comercial.

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