lunes, 29 de septiembre de 2014

¿Estás ahí arriba, Ángel?

Relato de Ricardo San Martín 

...Dios nos provee de un sustituto...
Cuando la vida nos priva de algo o alguien, Dios nos provee de un sustituto de lo que hemos perdido.

Eso pienso yo y así lo he podido experimentar en múltiples ocasiones. Lo digo basándome en mis vivencias.

Mi padre murió a los seis meses de mi nacimiento. Aquello debió ser una conmoción para toda la familia, sobre todo para mi madre, Mercedes, viuda a los veinticuatro años. Le echó coraje y salió adelante. Ella y yo, con la ayuda de mis abuelos paternos, pero siempre sentí la carencia de un padre. Cuando el 19 de marzo en la escuela Martínez Montañés todos los niños y niñas escribían una postal para mostrar su cariño a su padre, yo debía escribírsela a mi abuelo Vicente. Él era junto con mi abuela y mi tío quienes me cuidaban día a día. La ausencia de un padre deja un vacío muy grande en el corazón; aún hoy con treinta y siete años no me he repuesto de aquella pérdida.

Pero Dios da con una mano lo que ha quitado con la otra. Yo disfruté del cariño de mi madre, mis abuelos y mi tío Luis. Él puso todo su empeño en quererme y educarme como la hija que nunca tuvo, pues nunca se casó.

Además tuve mi ángel de la guarda secreto. Sí, digo bien, ángel, pues Ángel se llamaba mi padre. Me recuerdo de niña hablando con él por la noche, contándole lo que había hecho en la escuela y con mis amiguitas de juegos. ¿Con quién hablas, Ángela? me preguntaba mi madre desde el pasillo, pero nunca le descubrí mi secreto; guardaba mi ángel para mí. Incluso oía cómo el espíritu de mi padre me susurraba: No me he ido. Estoy aquí, a tu lado. Yo velo por ti.

Y vaya si lo hacía. Lo noté aquel día de finales de invierno en Alcalá. Mi tío Luis me había llevado en su tractor a Mures, a labrar unas tierras. Regresábamos y subiendo el Portichuelo el viejo motor del tractor tuvo un espasmo, como una tos mecánica. Se convulsionó y caí al suelo. Mi tío no pudo evitar que la rueda trasera me pasase por encima. Paró, saltó del tractor e implorando a la Virgen de las Mercedes fue a recogerme temiéndose lo peor. Me incorporó llorando y palpando mi pequeño cuerpo, esperando oír mis gritos de dolor por los huesos rotos. Estaba confusa, pero totalmente ilesa. A mi tío Luis le entró una risa nerviosa y se puso a rezar arrodillado en tierra, apretándome tanto que entonces sí me quejé porque me hacía daño. Mientras me levantaba musité: Gracias, papá. Eres mi ángel.

Crecí, acabé la escuela, me hice mujer, comencé a salir con chicos… Durante mi juventud seguí sintiendo la presencia y el cuidado de mi ángel desde el más allá.

Como aquella ocasión que estudiando periodismo en Madrid, durante unas vacaciones con los amigos de Alcalá habíamos ido a una discoteca a Granada. Regresábamos  por la noche en el coche de uno de mis colegas: dos chicos y otra chica. Todos muy alocados, queriendo comernos el mundo, sintiéndonos rebosantes de alegría y euforia. Demasiado alocados y demasiado deprisa. Tanto que en la curva del Matao el coche derrapó, se salió de la carretera y dio varias vueltas de campana. Me recuerdo gritando entre golpes, polvo y cristales rotos ¡Papá! Sentí unas manos que me abrazaban, que me protegían la cabeza. Cuando el coche dejó de dar vueltas, con las ruedas boca arriba, salimos como pudimos por las ventanillas, miré aquel firmamento estrellado y creí ver una luz que brillaba de un modo especial para mí. Tú siempre a mi lado, papá, susurré. Mis amigos no debieron darse cuenta de mis palabras con el susto metido en el cuerpo, pero todos sanos y salvos. Ni se me rompieron las gafas. El coche para el desguace.

Puede que me digáis que fue casualidad o suerte. Yo quise ver la mano protectora de mi ángel. ¿Sois capaces de creer en ovnis y extraterrestres pero no creéis en ángeles protectores.

Podría contaros más casos, pero me remitiré a los dos últimos episodios. El primero hace un año. Estaba trabajando de periodista para EFE en Siria. Cubríamos las actuaciones de los grupos yihadistas y los movimientos de las tropas de Bassar al-Assad. En el marasmo de esa guerra insensata los islamistas radicales nos tomaron como rehenes: a un periodista francés y a mí. Os vamos a degollar ante las cámaras, dijo un líder barbudo y mal encarado. Mientras aterrorizada rezaba, dije en voz baja: Ángel, mira cómo está la cosa. Tú verás qué me va a pasar. Lo que pasó es que aquellos bárbaros decapitaron a mi colega francés y a mí me dejaron libre para que contase a occidente lo que era capaz de hacer el estado islámico.

¿Seguís sin creer que existen espíritus protectores? Pues escuchad mi último testimonio. Ha sido hace una semana. Estaba en el piso de Alcalá, disfrutando de unos días de vacaciones antes de reincorporarme a mi trabajo en la agencia de noticias de Madrid. Estaba en el salón, leyendo y escuchando música clásica. Miré por la ventana y vi la Mota en lo alto, en todo su esplendor. Al observar la calle creí ver a mi padre. Ángela, ven, oí de forma clara y vi cómo me indicaba con gestos de su mano que bajase. No podía dar crédito a mis ojos, pero abrí la puerta y comencé a descender por las escaleras. En ese instante hubo una deflagración, volaron cascotes por el aire y noté cómo impactaban en mi espalda. Y aquí estoy, en esta cama del hospital de Granada, herida, pero viva, contándoos por qué creo que mi ángel me cuida y protege. ¿Qué habría sucedido si no hubiese salido del piso atraída por los gestos y la llamada de aquella visión antes de que estallase la bombona de butano.

¿Vosotros no habéis sentido que hay un ángel en vuestra vida que vela por vosotros desde ahí arriba?

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