jueves, 6 de noviembre de 2014

El color de la muerte

Relato de Ricardo San Martín 

Como tantas otras veces la pregunta de mi hija me pilló por sorpresa:
- Papá, ¿de qué color es la muerte?
- ¡Demonios de chiquilla! ¿Cómo se le ocurren esas preguntas? ¿De dónde las saca?
Medité la respuesta, recordé un pasaje de mi vida y le contesté:
- Verás Aurora, tal vez alguien te diga que la muerte es negra, así se la representa en muchas ilustraciones, pero yo creo que es de color azul. Te diré por qué.
Y se lo expliqué.

- Entonces, ¿voy a morir? Quiero decir ¿voy a morir pronto?
Ante mi pregunta trató de esbozar una sonrisa, pero se puso seria. Me dio la impresión de que, como yo, también ella temblaba.

Permanecimos callados; yo expectante ante su respuesta. Ella, imagino, meditando la misma.
- Es difícil saber. Todo depende del grado de… Verá usted: no le puedo precisar, no es posible decir si unos meses… No creo; no en su caso. Usted es fuerte, su edad: cuarenta y nueve, no es una edad avanzada. Y lo más importante: no parece haber metástasis. Empezaremos un tratamiento; esperemos haberlo detectado a tiempo. Hoy en día el cáncer puede ser derrotado.
Esa es una de las palabras para identificar la muerte: cáncer.

Después de darme la explicación, la doctora Gámiz pareció relajarse. Me había informado de los resultados de los análisis y la biopsia, pero dejaba abierta una puerta a la esperanza.

Así comenzó mi periplo de sesiones de radioterapia y después la quimio.
 - ¿De qué color es la muerte, papá?
Me había preguntado aquella vez mi hija Aurora. Ya sabéis, aquella pregunta que me dejó pensando, que me hizo recordar. Por eso le había contestado:
- La muerte es azul. De un azul claro y luminoso. Un azul bello como el del agua del mar.
Le contesté eso porque había estado a punto de morir ahogado mientras practicaba submarinismo cinco años atrás.

Fue en Noja, entre los acantilados de la costa cantábrica, un día de verano en el que el sol teñía de irisaciones el fondo rocoso del mar.

Me había sumergido con otros compañeros y tomábamos fotos de las algas y peces que nadaban en torno nuestro. Mi esnórquel debió fallar y noté cómo me faltaba el aire. Mis amigos se dieron cuenta por la ausencia de burbujas. Sentía una aceleración en mis pulsaciones; gesticulé e intenté alcanzar la superficie. Sobre mí había una inmensa masa azul de agua. Ese fue el último color que recuerdo: el azul irisado del agua del mar.

Debieron de sacarme a la superficie, llevarme a la orilla y, sin dilación, comenzar las maniobras de reanimación. Vomité agua, me debatí con convulsiones, pero al fin recuperé la consciencia. Al abrir los ojos lo vi todo azul y pensé:
- He muerto. Ya está; esto debe ser el cielo.
Lo era, era el cielo del Cantábrico, azul veteado con nubes. Estaba vivo. Desde entonces, cosa curiosa, identifiqué la muerte con el color azul del mar, pero también la vida con el color azul, el azul del cielo.
- Papá, ¿de qué color es la muerte?
En los días que siguieron y durante los meses que acudí al hospital oncológico, a las sesiones de quimio y a revisiones, identifiqué la muerte con el color blanco. Blancos eran los sudarios que cubrían los cuerpos de los que no lograban vencer al cáncer. Los vi en varias ocasiones: con miedo, con respeto.
- Blanca, -me decía ahora a mí mismo y a mi hija cuando venía al hospital a verme-. La muerte es blanca.
Pero, de nuevo esta vez, también identifiqué el blanco con la vida. Blanca era la bata de la doctora Gámiz que me atendía y blanco fue el folio, sin nada escrito, que un día me entregó la doctora con una sonrisa en su consulta:
- Lo ha logrado. Su cuerpo está limpio como esa hoja, no hay rastro del cáncer; lo ha vencido, -dijo embargada por la emoción y la alegría de la noticia.
- Lo he vencido con su ayuda, doctora Gámiz. Muchas gracias.
Y desplegué una sonrisa de oreja a oreja. La muerte era blanca y la vida también era de color blanco.

Recogí el folio en blanco y lo guardé en mi bolsillo. Estaba exultante de felicidad. Había visto la muerte azul, pero me había salvado. Había visto la muerte blanca, sí, pero la había esquivado: la doctora Gámiz, con su bata blanca, había derrotado a la muerte.
Cuando abandoné el hospital y salí a la calle parecía ir flotando.
- ¿De qué color es la muerte? -me decía- ¿Azul? ¿Blanca?
Iba abstraído, inundado por las vivencias recientes. Justo en el momento de cruzar la calle sin mirar, oí el frenazo, luego sentí el golpe y fueron décimas de segundo los que tuve para ver el coche... Era negro.
-¿De qué color es la muerte? –me pareció oír preguntar a mi hija.
-Ne... gra, Auro... ra, la muer... te es...
No me dio tiempo a decir nada más, me sentí invadido por una negra oscuridad, mientras mis ojos se cerraban para siempre.

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