jueves, 6 de noviembre de 2014

El Padre Samuel

Relato de Nono Vázquez
Su nombre aparecía siempre junto a la muerte, la vida y la vida tras la muerte. Había sido sacerdote, pero al empezar a investigar y escribir sobre este tipo de cosas, la santa Iglesia empezó a ver con no demasiados buenos ojos la figura del Padre Samuel como pastor, así que fue invitado a abandonar el sacerdocio. Lanzó el alzacuellos al vertedero, guardó para siempre el clergyman y comenzó a firmar sus libros como Samuel Sartorius. El Padre Samuel había pasado a la historia.

Eso no le había hecho perder, para nada, su fe. Seguía considerándose creyente, y siempre mantenía separadas la cuestión religiosa de la científica, por aquello de no perder de vista todas las opciones. Samuel mantenía entrevistas con cientos de personas que decían haber tenido contactos con el más allá o aseguraban haber protagonizado experiencias cercanas a la muerte. Muchos de ellos eran advenedizos, que querían aprovechar el tirón de Samuel y tener su minuto de gloria, otros sencillamente eran ignorantes que confundían la mayoría de las veces la velocidad con el tocino. Sólo unos cuantos, realmente, tenían interés científico. Encontrar buen grano hacía que mereciera la pena revolver tanta paja.

Así conocío a Martina. Era una señora mayor, según ella de setenta. Su hija, una solterona de pelo teñido con la que vivía, reiteraba que más cerca de los ochenta. Samuel se preguntaba en voz baja si ella no se estaba a la vez quitando también alguna década. El caso es que en sus entrevistas, Martina parecía saber muy bien de lo que hablaba. Describía con detalles casi escabrosos situaciones y vivencias que, según ella, estaba viviendo ya en el más allá.

Decía que no había luces blancas ni negras, que las almas se quedan, que forman parte de un espacio invisible, y que se distribuyen por todas partes, no sin antes acompañar a los vivos durante un tiempo. Samuel estaba intrigado por aquellas palabras:
- ¿Cómo puedes estar tan segura? -le interrogaba.
- Porque muchas de esas almas me visitan
-respondía Martina con serenidad-. Ahora están por aquí, cientos de ellas, pero sólo cuando ellas quieren podemos verlas.
- Pero pueden ser alucinaciones.
- Puede ser. Dentro de poco yo estaré entre ellas. Iré a verte.
Aquellas palabras produjeron un cierto escalofrío en el cuerpo de Samuel. Aquella anciana le había anunciado que protagonizaría una experiencia, y que sería testigo directo. También, mientras caminaba de vuelta a su casa, pensó que la vieja podía estar chiflada y que era una más del grupo de los arribistas. En todo caso, guardó con mimo la grabación de aquella última entrevista, que habían acordado terminar a la mañana siguiente.

Al amanecer, Samuel se sintió extraño, como si no hubiera dormido bien. No era extraño, teniendo en cuenta que se había dormido en el sofá mientras repasaba unas notas. Quiso ir a tomar un café, pero reconoció que no le apetecía, así que sin la necesidad de vestirse, tomó la puerta de la calle y salió. Faltaban dos horas para volver a encontrarse, y marchó caminando despacio, pensando en todo lo que Martina le había dicho. Definitivamente, aquella mujer le iba a dar mucho juego, pero tal vez no un material realmente científico. Llegó a su casa y la puerta estaba abierta. Desde dentro Martina le invitó a entrar. Samuel lo hizo, y la encontró con rostro serio, mirando el televisor. Martina parecía preocupada:
- Samuel... ¿No has podido esperar a que fuera yo?
- ¿Qué? ¿De qué hablas?
- Quedamos en que yo te visitaría tras mi muerte, y no tú. Ahora ya no tienes que hacer más entrevistas. Tienes todas tus respuestas. Ya ves que no hay luces blancas, no hay luces negras, no hay seres siniestros que te llevan, no existe el cielo ni el infierno, como decías cuando eras cura. Sigues aquí, sin saber dónde ir. Ya tienes tu material científico.
Señaló el televisor. El noticiario de la mañana ofrecía la última hora del fallecimiento del escritor y antiguo sacerdote Samuel Sartorius, conocido como Padre Samuel. Murió en su casa, se investigan las causas, todo apunta a un infarto. Samuel abandonó la casa. Tenía que acostumbrarse a su nueva vida.

No hay comentarios:

Archivo del Blog