jueves, 6 de noviembre de 2014

Tres cortos

Relatos de Felisa Moreno

Tengo en la cabeza un agujero negro 
Tengo un agujero negro en la cabeza, es mi frase de presentación y un aviso a navegantes, aunque la mayoría son incapaces de advertir el peligro que encierran estas palabras. Deberían saber que un agujero negro atrae a todo lo que hay a su alrededor con un fuerza tal que nada puede escapar de él, hasta el alma de las jovencitas inocentes.

Para construir mi falsa identidad robé la foto de mi perfil a un atractivo quinceañero, me llamé José Martínez, el nombre más corriente que se me ocurrió, y me lancé a la caza. Era tan sencillo que hasta llegué a sentir pena por alguna de aquellas chicas. Se derretían con mis palabras, como heladitos de fresa. Mándame una foto, preciosa. No, esta no, un poquito más sexy. Así, así, enséñame un pechito.


Uy, qué guapa eres…

Quedar era el siguiente paso. Había que darlo con mucho cuidado. Citaba a mi princesita en un sitio público para ganar su confianza. Me aseguraba de que venía sola y la dejaba esperar un rato hasta que veía en sus gestos que estaba a punto de marcharse. Ese era el momento justo para abordarla con mi sonrisa más encantadora. Le contaba que mi hijo José Martínez quería verla, que estaba muy enfermo y que por eso no había podido acudir a la cita. No le concedía ni un minuto para pensar y  antes de que se diera cuenta ya la había subido a mi coche. Lo siguiente era fácil de ejecutar, como cuando te aprendes los pasos de un baile, solo tienes que dejarte llevar por la música. Conducir hasta un lugar apartado, inmovilizarla y disfrutar…

Tengo un agujero negro en mi jardín y la necesidad  acuciante de llenarlo con jovencitas inocentes.


No abras la puerta 
 No abras la puerta a nadie, le dijo su madre antes de marcharse a trabajar, aunque te lo pida por favor, te lo suplique o te prometa cosas maravillosas, ¿entendido? El niño asintió con la cabeza. Era verano, a través de la ventana veía a los otros chicos corretear. Él no podía salir. Había prometido no abrir la puerta de la calle, ni las demás… Se entretuvo jugando con los cromos, hasta que el ruido de los gritos le resultó insoportable. Voces dulces que le pedían por favor que les abriera, voces agresivas que se lo exigían, voces desesperadas.

Si están encerrados es porque se lo merecen, son unos degenerados, le decía su madre, pero él no entendía qué significaba degenerado. Ni entendía por qué apenas les daba de comer ni por qué los torturaba cada noche azotándolos con un látigo. Tampoco comprendía el anuncio de prensa que su madre tenía recortado: Ama cruel busca sumiso para hacerle sufrir


El error de su vida 
El tipo cometió el error de su vida al tocar mi cuello. Me invitó a una copa en el bar del mismo hotel donde se celebraba el ciclo de conferencias. Acepté porque me gustaron sus ojos grises y porque creo que todo el mundo merece elegir su destino. Él se ajustaba como un guante al prototipo de mis víctimas: hombres de mediana edad, seguros de sí mismos, casados y con hijos; donjuanes trasnochados que aún se creían atractivos. Dueños de dedos hábiles que acarician cuellos inocentes, como el vecino de enfrente del piso de mis padres. Yo había perdido la inocencia hacía bastante tiempo, demasiado;  y sabía cuáles eran las intenciones de aquel hombre desde que intercambié con él las primeras miradas, aún así, le di una oportunidad: Si no me toca el cuello lo dejaré vivir. Claro que él eso no lo sabía. En la segunda copa, su mano se deslizó desde mi nuca hasta el escote. Un escalofrío antiguo recorrió mi espalda.

No me gustan las muertes violentas. La sangre lo ensucia todo, mancha ropa y zapatos carísimos, que luego hay que tirar. Prefiero los venenos, son más sutiles y eficaces, y no tan difíciles de conseguir como piensa la gente normal. Solo hay que tener algunos conocimientos básicos para mezclar ciertos elementos. Y yo soy muy buena en química.

Matar es fácil. La primera vez crees que no podrás hacerlo, que después los remordimientos no te dejarán dormir, pero no es así. Con cada asesinato me sentía mejor, más poderosa y segura de mí misma. Cada fiambre me ayudaba a olvidar aquellos otros dedos adultos que rozaban sin pudor mi cuello de niña.

Contemplé como el tipo se retorcía en la cama de la habitación de su hotel. El veneno que le había suministrado en la copa de cava era rápido y doloroso. Lo tenía bien atado y amordazado, minutos antes le había prometido que jugaríamos a algo muy excitante y se había dejado hacer. Solo podía mover sus ojos, que me miraban incrédulos y suplicantes, creo que no se dio cuenta de que iba a morir hasta que escuchó mis palabras: no deberías haber acariciado mi cuello, capullo.

Una vez comprobado que estaba muerto, me ajusté bien la peluca rubia, retoqué un poco el maquillaje excesivo que me había puesto para la ocasión y me marché con la agradable sensación del deber cumplido.

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