jueves, 6 de noviembre de 2014

Para ayer

Poema de Rafa Vera
Esa noche, no sé el año, descansaba en el teclado
del portátil, como siempre, por no ensuciar el sofá.
Me pareció haber sentido como un pequeño pitido
proveniente, quien lo sabe, de un correo o de un whatsapp.
Me dije seguramente sean borrachos o un SPAM.
Será eso, y nada más.

Tenía QWERTY tatuado en la cara, y el costado
se resentía de la silla donde tuve a bien dormir.
Proyectado en la pared parpadeaba aquel led,
pese a ser un simple diodo algo notificará.
Será del móvil, del tablet, o quizás del smartwatch.
Será eso, y nada más.

Se me congeló la sangre, me palideció el semblante
cuando, justo al acercarme a las gafas de ver bien,
vi que un pequeño mensaje tras mi vaso de brebajes
con intermitente ahínco trataba de hacerse ver.
Era el móvil de repuesto, que apenas usé una vez,
y gritaba Para ayer.

Con las gafas colocadas, mi cabeza no paraba
de dar vueltas al mensaje que acababa de leer.
Miré la hora, las cuatro, cerré el portátil pensando
en las tareas y trabajos que había dejado de hacer.
Debe ser algún cliente con prisa por conocer...
parpadea Para ayer.

Lancé el móvil con tal fuerza que, por culpa de la inercia,
mi cuerpo dio un par de giros terminando en el sofá.
Entonces desde el portátil apareció muy volátil
un pequeño parpadeo y unas letras en vaivén.
Me acercaba amedrentado, sin saber que iba leer
y ahí estaba: Para ayer.

Cerré la tapa de un golpe, y dejé los cables donde
nadie los pueda encontrar. Me tumbé, serían las cinco,
tras apagar cada mando de la caja de fusibles
dejando encendido el frigo y el termo de agua caliente.
Pero sin venir a cuento nuevo mensaje emergente: 
recordatorio cliente.

Abrí tranquilo la puerta para lanzar la tableta
al hueco de la escalera. Y vivo en un piso diez.
Entonces un gran fulgor salió del televisor
que aún sin energía se conseguiría encender.
Afiné la vista un poco, lo justo para leer
el mensaje Para ayer.

Quemé la tele con fuego, fuí al trastero para luego
volver a casa con cuatro garrafas de gasolina.
Formé en segundos la pira: todos los chismes con pilas
con baterías o pantallas, todos tenían que arder.
Pero el caprichoso humo me teñía en la pared
el mensaje Para ayer.

Mitad miedo, mitad ira, rebusqué por las repisas
aquel viejo sable láser con el que me disfracé.
Encendía, corrí el pasillo gritando, como un chiquillo
en pos de las vacaciones que acaba de merecer.
Pero vi en mi pizarra un mensaje que anoche olvidé leer.
Y decía Para ayer.

Pero no era mía la letra, ese rabo de la Y griega
me recordaba, sin duda, la letra de un mamarracho
antiguamente un hereje y hoy reconvertido en jefe.
Se ve que ayer por la tarde se coló en mi despacho
y me dejó cuatro post-it y otro más cogido a un gancho:
Un smiley con mostacho.

Ahí me juré por Bill Gates que, aunque no eran aún las seis,
me colaría yo en su casa trepando por los salientes.
Lo había hecho varias veces, para quedar bien de jefe
le prometía unas fechas imposibles al cliente.
Y luego, por olvidarse, hacía al currito quedarse
en la oficina o en su casa hasta pasadas las tres.
Les gritaba Para ayer.

Ahí estaba mi fiel láser, y un servidor con un teaser
esperando a que saliera del dormitorio. Un sofá
me servía de parapeto mientras esperaba el reto
de clavarle muy gustoso en su plena yugular
un sable con láser verde, el de Yoda en starwars
y gritarle ¡Nunca más!

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