jueves, 6 de noviembre de 2014

Esta muñeca huele mal

Relato de Clara Peñalver
 
A Pedrito le invadió de nuevo la tristeza, tintada intensamente de pereza. Siempre que su mamá entraba en su habitación y pronunciaba aquellas palabras, significaba que tendría que salir a buscar una muñeca nueva. Y eso no era lo peor. Lo realmente difícil era tirar la muñeca vieja.

Sentía ganas de llorar. Además de la pérdida, mamá siempre acababa regañándole por mancharse la ropa mientras cortaba a su juguete en pequeños trocitos más fáciles de transportar.

Pedrito siempre seguía los mismos pasos. Se había visto obligado a convertir en un juego ese momento tan duro para conseguir superar su tristeza pasajera. Las piernecitas, en pedacitos pequeños a una bolsa de color amarillo. Los bracitos, en pedacitos pequeños a una bolsa de color verde. El tronco, con esos bultos tan bonitos y tan gustosos al tacto, en pedacitos no tan pequeños a una bolsa de color azul. Y, finalmente, la cabecita a una bolsa de color negro. Esta última, era la única parte que, a veces, le ponía nervioso. Era la única parte de su muñeca que hacía ruido. Gritaba, suplicaba, lloraba… hasta que, llegado el momento, dejaba de hacerlo. Y por eso, la cabecita iba a una bolsa negra, porque ese color era el que menos le gustaba del mundo. Aunque, no toda la cabecita iba a la bolsa. Había un par de piezas que siempre conservaba: los ojitos. Desde siempre le habían encantado, y había decidido guardarlos como un tesoro en un pequeño congelador que mamá le regaló. A veces, al sacarlos de su agujerito, los ojos se estropeaban un poco. Pero eso le ocurría sobre todo al principio, cuando él aún no sabía sacarlos muy bien. Nadie le había enseñado a hacerlo.

Cuando hubo cortado su muñeca, y metido cada trocito en su bolsita, Pedrito dejó cada una de ellas en el sitio de costumbre: la verde, en la chimenea; la azul, en el río junto con unas cuantas piedras; la amarilla, para sus perros, hambrientos después de cinco días sin comer. Y la negra, como siempre, iba a un profundo agujero en lo alto del monte donde, si hacía ruido, no molestaría a nadie.

Tras todo aquel triste esfuerzo, la recompensa: Pedrito fue a buscar a su nueva muñeca. Era preciosa. La había estado observando durante semanas. La llamaban Isabel  y, al parecer, era peluquera.

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