jueves, 6 de noviembre de 2014

Las Moscas (Alfredo Luque)

Relato de Alfredo Luque

El zumbido de una mosca que, de repente entró en mi habitación, consiguió al fin sacarme de mi profundo letargo. Me incorporé calzándome a a tientas las zapatillas de paño entre la penumbra, y medio sonmoliento, rebusqué torpemente en la desordenada mesa llena de cachivaches, aquel matamoscas que tantas veces me había permitido descargar ese odio hacia ellas, y más aún, cuando irrumpen sin previo aviso, en cualquier sitio, revoloteando por doquier. Ya la tenía. Estaba ahí, en el cristal. Me dirigí despacio hacia la ventana, calculando todos mis movimientos y al mismo tiempo, los de la mosca.  De un golpe certero, pude al fin deshacerme de ella. Mi mirada se detuvo un momento sobre su pequeño cuerpecillo, que aún movía las patas, en una especie de baile siniestro.  Creía que pronto dejaría de moverse, pero no fué así. Aún desorientada y maltrecha, la maldita mosca pegó un brinco y ya estaba zumbando de nuevo en el aire, dando trompicones contra los cristales. Aquella maniobra, le duraría poco tiempo:  justo un segundo; hasta que mi mano la aplastara sobre el quicio de la ventana, dejando tras de si, un reguerillo inmundo sobre el vidrio. Mientras realizaba tan audaz maniobra, por un instante, un escalofrío me recorrió la espalda, con tal magnitud que la piel se me erizó. Si en ese momento, alguien que no hubiera sido el desconchado espejo de la pared, el que me hubiese observado, no habría dado crédito a la expresión que mi rostro presentaba, al recordar, lo que hace ya muchos años, le sucediera a un buen amigo mio.

Cuando Aquilino llegaba por las noches a aquel cuchitril que llamaba habitación y que  alquiló en el casco antiguo de la ciudad,  siempre encontraba el ambiente algo extraño. Como enrarecido.  En un principio, esta sensación le parecío normal, pues el precio de la habitación aunque muy antígua, no era caro, para estar situada casi en el centro. Pero ultimamente, al entrar en aquél viejo caserón,  notaba que, de los largos, oscuros y fríos corredores emanaba una especia de tufillo ocre y rancio, como a lugar cerrado durante muchos años. Además, le llamaba poderosamente la atención el hecho de que en el pasillo que daba a su cuarto, siempre hubiera revoloteando y zumbando en aquel aire viciado, unas moscas de tamaño considerable, más grandes que las comunes, de un color más negro y bastante torpes y pesadas. Era sorprendente como en ocasiones, se iban congregando a los lados de las cuarteadas y humedecidas paredes. Un día, harto ya de comentarle aquella situación a la casera y que esta siempre la ignorara, como restándole importancia, bajó raúdo las escaleras sin mediar palabra, y apareció al cabo del rato con un par de abultadas bolsas de la compra. Al entrar en su estancia, las depositó sobre la improvisada mesa que hacía las veces de escritorio y sacó un gran bote de insecticida en spray de una de ellas. Leyó de soslayo la etiqueta que rezaba: Extrafuerte, indicado para todo tipo de insectos voladores y arrancando de un tirón el gran tapón rojo del bote, comenzó a rociar con toda su rabia el spray, apuntando a todo lo que revoloteaba en el pasillo.

No podía creer que allí hubiera tantas moscas. ¡Si ni siquiera era verano, ni hacia tanto calor! El chorro de insecticida despedía un olor intenso y azufrado a rosas. Muchas moscas caían ante los chorros atomizados que desprendia, pero sin embargo, estas parecían aumentar en número cuan enjambre. No era posible. ¡Cada vez había más!. Notó que la nube de moscas, llegaba en forma de oleada desde el fondo de una de las paredes. Al acercarse un poco mientras manoteaba en el aire, descubrió el lugar por el que parecian estar entrando. Se trataba de un pequeño orificio situado en la esquina superior del tabique, casi pegado al techo, y en el que se arremolinaba una masa ingente de aquellas criaturas. El agujero, al parecer, y según pudo ver por una ventana contigua que había en el pasillo, daba a otra habitación, y a su vez esta, daba a un pequeño patio interior, repleto de escombros y bolsas de plástico negro, separado tan solo, por una roída y mugrienta cortinilla. Las moscas zumbaban y se arremolinaban, agolpandose contra Aquilino una y otra vez mientras se encaramaba para mirar más de cerca el agujero. Esta vez había moscas verdes, moscardones de considerable tamaño, de un color parduzco, diminutas moscas del vinagre en forma de enjambre y aquellas temibles moscas de la carne. Dio otro par de manotazos tratando desesperadamente de deshacerse de un par de ellas ellas mientras disparaba otras tantas rociadas de insecticida dentro de aquel agujero. ¡Craso error!

De repente, cientos de ellas, comenzaron a salir al exterior de aquella improvisada madriguera chocando por doquier contra todos los objetos del pasillo y la pequeña sala contigua. Se estampaban dando bandazos, contra los cuadros de la pared, las lámparas del techo y los cristales de las ventanas que daban al pequeño patio, en una especie de loco vuelo sin sentido; ni siquiera el trozo de madera de contrachapado con el que torpemente trataba de tapar el agujero y que encontró detras de la cómoda, pudo impedir la entrada masiva de los insectos. Ya habían formado un espeso nubarrón de gran magnitud dentro del pasillo y ahora avanzaban hacia él.  Retrocedió tan rápidamente hacia su habitación para tratar de escapar de aquella sorprendente marea, que trasbilló y cayó de espaldas en el suelo. Se incorporó y en cuclillas tapándose la cara, ante la presencia de aquellas agresivas moscas, buscó a tientas el pomo de la puerta. Lo giró y empujó pero no ocurrió nada. ¡Estaba cerrada!. ¿Pero, como era posiblé? Juraría que no había oído ningun ruido, ni tampoco había notado corriente de aire alguna, que pudiera haberla cerrado. Lo cierto era que aquella estupida puerta, estaba cerrada a cal y canto. Trató de rebuscar la llave en los bolsillos, mientras luchaba contra aquel alud monstruoso que le impedia ver más allá de sus narices. ¡Las llaves! ¿donde las tengo? ¡maldita sea! ¡no! Las había dejado en la mochila que acababa de soltar en la mesa. 
Aquilino, entre alaridos, tenía que dar manotazos al aire, a diestro y siniestro, para impedir aquel ataque desesperado de las moscas, que ya habían comenzado a picarle en el cuello y en las manos. Los zumbidos enloquecedores crecían en el largo pasillo y parecian amplificarse como un eco siniestro. Una y otra vez las moscas se arremetían en mayor número a cada segundo que pasaba. De repente el spray dejó de manar líquido. Cientos de moscas se abalanzaron sobre su cabeza y la cara en una maraña truculenta, que insaciable, picaban cualquier centímetro de carne que encontraban, mientras Aquilino se retorcia entre gritos de dolor exasperante tratando se cubrirse la cara con la camisa.

Ahora, con el spray ya vacío, jadeando y medio ciego por el dolor de las picaduras en la cara, Aquilino ensayaba torpes golpes en el aire, tratando de alcanzar al menos a algunas de ellas. Con cada jadeo, se estaba quedando sin fuerzas. Unos hilillos sanguinolentos comenzaron a brotarle de los párpados hinchados. Su cara se había convertido en una especie de masa sin forma. Lleno de angustia, llegó como pudo a la puerta que daba al patio trasero. Se abalanzó sobre ella y con movimientos bruscos trato de empujarla y abrirla. ¡La maldita puerta estaba revestida con remiendos de madera y clavada a la pared! ¡No cedia!

Ahora el enjambre había empezado a colarsele entre los perniles del pantalón y a corroerle rápidamente las piernas. Sintió un dolor tan agudo y penetrante que creyó que estaban llegando al hueso. Era como si aquella nube de horrorosas moscas pegadas a su cuerpo hubiera moldeado aquellos despojos que ahora, casi impotentes, buscaban una salida, arrastrando pesadamente los miembros y dejando tras de si un pestilente reguero de sangre y jirónes de piel.

Casi derrotado y mutilado, arrodillado e impotente, vio con angustia como muchas más de aquellas horrorosas moscas salían ahora por las rendijas del suelo de madera. Había conseguido llegar a rastras hasta la cocina. Como pudo, iba quitándose aquellas moscas del rostro y las manos y en un esfuerzo sobrehumano de desesperación, logró alcanzar el mando del gas y prender el encededor eléctrico que tenia incorporada la cocinilla de butano. Tras unos segundos que le parecieron eternos, una gran llamarada de fuego se elevó en el aire chamuscando a varios miles de aquellas criaturas, y provocando el estallido que sobrevino a continuación. Cuando el humo se disipó, la escena era dantesca. Entre astillas y trozos de madara quemada, la siniestra  masa en la que se había convertido su cuerpo, ahora medio calcinado, se agitó furiosamente en un espasmo, para, al instante despúes, quedarse quieta y amorfa sobre el suelo. El ruido ensordecedor del enjambre, dió paso a un silencio sombrío, casi de ultratumba, mientras las extrañas moscas retrocediean haciendo ochos entre el denso humo para desaparecer repentinamente entre las ranuras del desgastado suelo de madera dejando tras de si, múltiples cadaveres, medio chamuscados. Algunas de ellas aún movian las patas en fugaces y eléctricos movimientos. Sumido en un terrible sopor, cerró los ojos. Lo último que vió fue la humareda y las astillas ardiendo en el suelo del pavimento...

Unos fuertes golpes en la puerta lo sacaron de aquella febril inconsciencia. No acertó a distinguir la figura que tenia ante él y el resplandor repentino del sol que entraba por la puerta. Y yo, al entrar, casi vomité al contemplar aquel macabro espectaculo: entre la humareda densa a medio disipar, yacía el cuerpo de Aquilino, con la camisa destrozada y ensangrentada tapándole media cabeza hinchada como un balón y acurrucado sobre una extraña alfombra hecha de miles y miles de moscas carbonizadas sobre el suelo. Alzó un instante el rostro y señalándome torpemente con el dedo, sollozaba, mientras me llamaba por mi nombre con gran dificultad: ¡Enrique! ¿Eres tú?

Los bomberos y la ambulancia no tardaron en llegar al lugar. Una vez extinguido del todo el pequeño incendio, los enfermeros sacaron y colocaron lenta y parsimosiosamente en la camilla el cuerpo de mi amigo. Tras un primer exámen, el médico no daba crédito a aquel suceso. Aquilino aun respiraba. Quizás se pudiera hacer algo. Lo evacuaron con rapidez y yo me quedé hablando con la policía tratando de explicar lo inexplicable. Cuando la policía al fín se marchó, me senté un momento en la acera, frente a aquel viejo caseron de huespedes. De repente, algo en una ventana del segundo piso, captó mi atención. Parecía como una especie de sombra o una figura. ¡Si! Era una figura un tanto neblinosa. Se asemejaba a una anciana de aspecto un tanto extraño, de cara pálida y acartonada. O yo tenía mucha imaginación o aquella figura vestía una especie de traje oscuro. Pero...¡No! no era un vestido, aquello se movia a la par que la figura. ¡Dios mio! ¡Eran moscas! moscas que casi cubrian por completo toda la figura menos la cara, que con una mueca burlona, o al menos eso me pareció, señalaba hacia el mugriento cartel que había colgado en uno de los cristales de la ventana: Se alquilan habitaciones para estudiantes. Me froté un instante los ojos aún enrojecidos por el humo, sin dar crédito a aquella aparición, y al volver a mirar tratando de distinguir algo más en aquella horrible visión, la supuesta anciana y las moscas ya no estaban allí. Me incorporé y aún con el sobresalto en el cuerpo, me marche hacia el hospital para ver como estaba Aquilino, tratando de restarle importancia a aquella repentina visión de la ventana. Estaba un poco mareado y me senté en uno de los bancos de la acera. Un señor mayor que leia el periódico y del que ni siquiera me había percatado me advirtió con una extraña amabilidad: Disculpe, joven; no sé si se habŕa dado cuenta, pero tiene usted una mosca enorme en el hombro...

No hay comentarios:

Archivo del Blog