miércoles, 30 de septiembre de 2015

ANIVERSARIO (Jesús Lens) (5º Aniversario de Entre Aldonzas y Alonsos)




Aniversario
(Jesús Lens)
 
Lo que más le dolió a Darío era que ella iba a pensar que se había vuelto a olvidar, igual que los cuatro años anteriores. 
Y es que, cuando no era el trabajo eran los amigotes. O las regatas. O que estaba de viaje. O… ¿qué más daba? Darío no necesitaba razones para olvidar el aniversario de boda. Ni el santo de su mujer. Y del cumpleaños solo se acordaba porque ella le insistía en comer fuera para celebrarlo. Aun así, la mayoría de las veces tenía que salir a escape de la oficina para comprar cualquier regalo improvisado con el que salir del paso.
  Hasta que se enteró de que ella tenía un affaire. Y con uno de sus mejores amigos, nada menos.    Eso lo cambió todo.  
El detective, un veterano huelebraguetas muy acostumbrado a lidiar con situaciones parecidas, después de calmarlo con un par de lingotazos de bourbon, se limitó a darle la tarjeta de un abogado matrimonialista. 
En un primer momento, cuando el detective le puso las evidencias delante de las narices, Darío reaccionó como todo cornudo tiende a reaccionar ante una situación semejante: cara de estupefacción, gemidos y lloriqueos, hipidos y por supuesto, el típico rapto de violencia seguido de la habitual promesa de resolver el asunto como se viene resolviendo desde el principio de los tiempos:   -       ¡Los voy a matar!      
¿Ves? -se reprochó a sí mismo. -Es que ni en un momento como éste eres capaz de centrarte en lo realmente importante. ¿A quién coño le interesa ahora el Afterwork o lo que demonios sea?  
-       Hágame caso. Deje tranquilo ese temperamento latino que todos llevamos dentro y actúe con frialdad y raciocinio.  No era el bourbon una bebida que Darío soliera beber, pero acodado en la barra del bar, fue lo que pidió al camarero. Eran las seis de la tarde de un día de entre semana y solo había cuatro clientes en el local, un grupo de enchaquetados con el nudo de la corbata aflojado. El Afterwork, como ahora le llamaban a tomarse algo después del curro.
No sabía cómo ni por qué, pero en vez de pensar en pistolas, cuerdas y cuchillos, Darío no dejaba de hacerse preguntas incómodas. Y todas desembocaban en una y la misma: ¿podía, en realidad, reprocharle algo a su mujer? Años de desidia y abandono, de rutina mal entendida, de aburrimiento sin fin… Lo raro no era que ella tuviera un amante; lo verdaderamente extraño era que todavía no le hubiera dejado, poniendo fin a un matrimonio que él había convertido en una pantomima. 
Darío había entrado en el bar con la intención de trazar un artero plan de venganza pero, efectivamente, no se centraba. De hecho, iba por el tercer bourbon y las únicas palabras que le venían a la mente eran las que le había dicho el detective: Frialdad. Raciocinio.   ¿Sentido común?     Fue entonces cuando sintió el pánico. El pánico a que se fuera. El pánico a que le abandonara. A ese miedo atroz influyeron los cinco bourbons que, a esas alturas, Darío ya se había echado al coleto. Además, el que fuera uno de sus amigos quien se estuviera beneficiando a su mujer, también influía. Pero no era solo eso. Y él lo sabía.   
A la mañana siguiente, aun masacrado por la resaca, Darío diseñó un plan tan sencillo como infalible, que arrancaba con el -esta vez premeditado- olvido de felicitarla al levantarse de la cama y preparar el café. Porque la idea era citarla en su restaurante favorito para comer, a través de una amiga común que se prestó encantada a colaborar con el plan. ¡Cómo iba a disfrutar con su cara de asombro, cuando le viera aparecer a él en vez de a Margarita! A partir de ahí, y después de pedirle perdón, trataría de reconquistarla. 
A la séptima copa, lo vio claro. Solo cabía una solución: olvidar las fotos y el vídeo que le había enseñado el detective… y hacer propósito de enmienda. Regresaría antes a casa. Estaría más atento, solícito y pendiente de ella. Volvería a contarle esas cosas del día a día que se guardaba para sí mismo y también la escucharía con más atención e interés. ¿Sería capaz hasta de regalarle flores?    Volver a empezar, o sea.    Y, por una vez, iba a tener suerte. Porque todo comenzaría con la sorpresiva y a buen seguro que inesperada celebración de su aniversario de boda, para el que solo faltaban dos días.   Llegó el día. El gran día. Nervioso como un colegial en su primera cita, Darío se vistió con una camisa por la que ella sentía debilidad y se roció con una pizca de perfume, obsequio de su Santo…  ¿O fue en un cumpleaños? Daba igual. Lo importante era que ella no percibiera ni rastro de aquel sudor frío que le venía incordiando desde primera hora de la mañana.  
Aunque iba con tiempo, Darío se notaba acelerado. Mientras bajaba al garaje en el ascensor, respiró hondo y sonrió, mirándose al espejo. Nunca se le hubiera ocurrido pensar que enterarse de ser un cornudo le pudiera cambiar la vida alguien, para bien, de aquella manera.  Justo cuando iba a abrir la puerta del coche, se dio cuenta de que algo no iba bien. Nada bien. Un imprevisto se aprestaba a desbaratar sus planes, a impedirle comparecer a su ansiada cita. La fatalidad iba a convertir en imposible aquel volver a empezar.     Y es que nunca antes había sentido un dolor tan agudo como el que le prendió en el pecho para, inmediatamente después, envolverle todo el lado izquierdo del cuerpo.    Y mientras caía al suelo, Darío solo tuvo tiempo de pensar que no era justo.    No.  ¡No era justo!   ¡Qué putada, joder!
Una putada, y bien gorda, que ella pensara que se había muerto habiendo vuelto a olvidar el aniversario de su boda. 
 

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