miércoles, 30 de septiembre de 2015

Cada Vez (Nono Vázquez) (5º Aniversario EAYA)


La tristeza y la felicidad siempre van de la mano. Los aniversarios devuelven los recuerdos, y por eso se celebran. Y la vida se va construyendo gracias a ellos.





La sombría marca de los años había hecho mella en su rostro, que en un día se mostró joven y terso. Sus ojos ya no tenían el brillo y el volumen del pasado, pero se adivinaban vivos y sensuales detrás de aquellos párpados ya arrugados, que ya permanecían mucho más tiempo cerrados, casi siempre velando el sueño pero también los pensamientos de Mariel. Ella siempre mantenía un recuerdo vivo de Adán, y siempre tenía en mente la fecha, el 21 de agosto de 1938.

A sus 15 años, Mariel sufrió los desmanes de la guerra civil, y su familia se vio obligada a dividirse, repartirse, luchar entre ellos y hasta perderse de vista. Eran las necesidades que imponían unos tiempos extraños, en los que nada era lo que parecía, y que habían conseguido sacar lo peor de cada una de las personas. Su pueblo no fue ajeno, y durante dos años se sucedieron miles de contiendas, denuncias, emboscadas y simulacros de juicios, que siempre acababan con el ruido seco de los disparos junto a las tapias del cementerio.

Aquel 21 de agosto, Mariel se encontraba como de costumbre lavando alguna ropa de la familia en el lavadero, cuando sin apenas tiempo para reaccionar, las sirenas dieron el aviso. El día que unos temían y otros anhelaban parecía haber llegado, y las tropas de ocupación tomaron el pueblo rodeándolo y haciendo una rápida cobertura de todos los escapes. Había cambiado de manos, y un joven Adán, uniformado con galas de capitán, vociferaba en el centro de la plaza, ofreciendo las consignas habituales de los suyos y anunciando, con cierta desconfianza en los oídos de los lugareños, que la guerra había terminado.

Mariel no pudo evitar fijarse en Adán, en sus palabras y en su confianza. A la media hora su corazón se estremeció cuando apareciendo en su casa hizo prisioneros a su padre y sus hermanos, acusados de rebeldía y alta traición. Ya no volvería a verlos.

La necesidad de Mariel y su madre las hicieron renunciar públicamente a todo. Fueron encarceladas y un par de días después el capitán pasó por el sucio calabozo. Reparó en las condiciones inhumanas en las que se encontraban las dos mujeres y las recogió. Se hizo cargo de ambas, aunque la madre de Mariel no duró mucho. La pena y el sufrimiento por su marido y sus dos hijos mayores la hicieron sumirse en el desconsuelo y murió una semana después. Mariel no pudo hacer nada, y tampoco quería hacerlo, y atendió la petición de matrimonio de Adán.

El final efectivo de la guerra trajo a Mariel cierta paz, y su boda, cuatro hijos, una casa nueva, un buen destino en una capital de provincia, dinero, condecoraciones y, de alguna manera, una mejora en su vida. Aprendió con el tiempo a querer a Adán, que la cuidaba y mimaba como el que tiene una reliquia que no quiere perder. Mariel y Adán fueron felices una larga vida. En mayo de 1999, Adán sufrió un empeoramiento de su enfermedad cardíaca y murió. Tenía ochenta y cuatro años, Mariel contaba setenta y nueve.


A Mariel aquel 21 de agosto le trajo el sufrimiento de perder a su padre y sus hermanos, pero le regaló el amor y el derecho a una vida un poco mejor. Habían pasado ya diez años desde la muerte de Adán, y Mariel seguía celebrando aquel aniversario como si supiera que la vida siempre te da algo y te lo quita en cuestión de segundos, que Dios aprieta pero no ahoga y que lo mejor es olvidar lo malo y recordar siempre lo bueno. A las doce del mediodía encendía una lamparilla al lado de la foto de su marido y asomaba sus ojos tristes al cajón donde aún conservaba el uniforme de gala de Adán. Suspiraba, entornaba la mirada y se dejaba llevar por los buenos recuerdos. Así cada vez, así cada año, así siempr

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