sábado, 9 de julio de 2016

Relatos Ganadores del II Concurso de Relato Corto Huerta de Capuchinos "Quijotes Urbanos"


Desde Entre Aldonzas y Alonsos queremos agradecer a todos los participantes el mero hecho de ponerse a escribir un relato; pensar en él, visualizarlo, estructurarlo, y compartirlo. Gracias a la Asociación Huerta de Capuchinos por contar con nuestra colaboración un año más en forma de concurso de relatos. Espero que disfruten este fin de semana que están celebrando sus fiestas, las fiestas del barrio.

      - Los relatos ganadores del  II Concurso de Relato Corto Huerta de Capuchinos "Quijotes Urbanos" han sido: 
  • Primer Premio: Marina León López con el relato "Un Héroe Torpe".
  • Segundo Premio: Fátima Jímenez Pérez con el relato "Quedará o no quedará vuestra usía en Alcalá".
¡Enhorabuena a las dos finalistas!
A continuación los relatos ganadores en si, disfrútenlos pues merecen la pena:
 
Un Héroe Torpe
 (por Marina León)

Emilio era un hombre extremadamente bueno, que se preocupaba por sus vecinos y las cosas que pasaban en su pueblo. Siempre atento a las necesidades de su familia y amigos. Lo que Emilio no sabía es que la mayoría de las veces su ayuda era innecesaria, y más que ayudar, entorpecía la vida de los demás.
Con Emilio la gente del pueblo nunca estaba aburrida. Era tan torpe que le mandaban tareas adrede solo para ver cómo iba meter la pata.
Así, el día de Navidad no pudieron encender el tendido eléctrico porque Emilio ayudó a colocar las luces, que explotaron todas por un error en la corriente. El guiso anual de las fiestas de la Patrona, se echó a perder cuando mandaron a Emilio a la cocina a por la sal, y en su lugar cogió el azúcar. Y la calle principal estaba toda marcada con huellas de pies, porque Emilio no se dio cuenta de que estaba recién asfaltada cuando iba corriendo para llevarle la compra a una vecina.
Pero el día en que decidieron engañar a Emilio fue cuando el Presidente de la Diputación fue a visitar el pueblo. Era una aldea del sur de tan pequeñas dimensiones, que era todo un honor que un político tan importante fuera de visita. Por ello, habían preparado un hermoso espectáculo con bailes, cantes regionales y una última exhibición donde querían soltar una banda de palomas. El alcalde estaba muy orgulloso del espectáculo que habían preparado, así que insistió a la madre de Emilio para que lo mantuviese encerrado en casa, y evitase por todos los medios de que se enterase de la visita del Presidente.
Cuando el día llegó la madre de Emilio fingió estar enferma y pidió a su hijo que se quedase a su lado. Sin saber cómo, había conseguido mantener a Emilio alejado de todas las preparaciones para el festivo día. Pero en un momento de debilidad, en el que no pudo evitar caerse dormida, Emilio salió de casa. Cuando despertó, llamó a su hijo a gritos. Al ver que no le contestaba, se visitó y se dirigió a la plaza del pueblo, donde se estaba realizando el espectáculo. Cuando estaba llegando, escuchó varios gritos de asombro. La madre de Emilio se temió lo peor. Al llegar a la plaza vio como el Presidente de la Delegación se alejaba muy a prisa mientras el alcalde y Emilio lo seguían. Se acercó a una mujer y le preguntó qué había ocurrido.
Pué tu hijo ha sío toa una zorpreza hoy. Cuando el alcalde ha zoltao lah palomah, ze ve que de estah tanto tiempo encerráh, lah pobrecitah tenían zu necezidadéh acumuláh. Al empezah a volar zoltaron caca por tó laos. No ze zabe cómo Emilio llegó corriendo y fue capáh de tapar al Prezidente ¡Quién noh lo iba a decir!
La madre de Emilio no pudo sentir más vergüenza de sí misma, por haberlo intentado engañar. Su hijo podría meter la pata de vez en cuando, pero no había nadie en el pueblo con mayor corazón y con más características para ser un héroe. Incluso llenándose de mierda, literalmente, si hacía falta.
 
Quedará o no quedará vuestra usía en Alcalá
(por Fátima Jímenez)

Dulcinea, vislumbrando la Mota, se despierta temprano a pesar de que esta dura crisis la ha dejado sin trabajo y lo más duro aún, sin vistas de encontrar alguno. Los truhanes titanes han arrasado con toda esperanza de tener un futuro halagüeño en Alcalá.
Se agarra a su única alegría del día, su crío, que le da un aliento de aire fresco, aunque también convive con los menesteres de esta vicisitud, su sonrisa nunca falta.
Un día menos, un currículo más a la espera, un desaire creciente, un rechazo acrecentado, en definitiva una descortesía en vilo. ¿Hasta cuándo bellacos vais a tenerme a merced de vuestras aspas, como si a modo de gigantes, de un molino se tratara? ¿Hasta cuando el aire soplará para unos pocos villanos y asfixiará al resto? – se pregunta desalentada.
Se dispone a salir, poco puede comprar, al menos las monedas le llegan para un trozo de pan. De repente, en un lugar del llanillo, de cuyo nombre no quiere acordarse, se encuentra con un hidalgo quijotesco, después de escuchar los sollozos de la doncella, le brinda su consuelo: - ¡Dulcinea entiendo tu pesar si trabajo tuviera, te daría, ahora sólo mis palabras te brindo que al bien hacer jamás le falta premio!
Sancho que salía de las Dominicas, al ver a su señor se paró a hablar y escuchando la conversación dijo: - ¡que el retirar no es huir, ni el esperar es cordura, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza!
- ¡Vete pues, Dulcinea, a tierras germanas, que aunque duela el corazón por dejar tu familia, tus vecinos y tu terruño, el alma se calma! ¡Yo velaré por tu memoria y tu buen hacer en este lugar, así, si es tu deseo volver, encontrarás, este tu señor, a tus pies orgulloso de tu hidalguía! Sabed que soy el valeroso Don Quijote de Alcalá la Real, el desfacedor de agravios y sinrazones.
Dulcinea con lágrimas en sus mejillas, se fue a Consolación y se encomendó a su protectora recordando las palabras del caballero: - ¡Siempre deja la ventura una puerta abierta en las desdichas, para dar remedio a ellas!
Dulcinea al poco tiempo partió con su hatillo a la aventura, nuevas batallas a librar, nuevos caballeros que conocer, pero nunca como aquel, El Hidalgo Don Quijote de Alcalá.
Pasó el tiempo, pasaron los años, aunque canoso y un poco demente, bajo los árboles del paseo, le seguía nostálgicamente esperando su alcalaíno Don Quijote.
Pasaron aún, algunas primaveras más, y Dulcinea regresó, con verdadera hidalguía sobre sus hombros. Demasiado tarde, el corazón de su apasionado Hidalgo hacía apenas un mes había dejado de luchar contra las injusticias y tiranías.
La valiente moza ahora ya vetusta, se marchó buscando sobrevivir, dejando lo que más quería, ya no había vuelta atrás, recordó de nuevo sus consejos: - ¡que no hay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que la muerte no le consuma!
Ahora le quedaba vivir con este desconsuelo y esperar yacer junto a su tumba. Compartiendo un epitafio cuya leyenda sea – Quedo a vuestra merced aquí en Alcalá y para la eternidad.

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