miércoles, 26 de octubre de 2016

RECOPILATORIO ESPECIAL DÍA DE DIFUNTOS 2015: "DAMA CAPRICHOSA" (por Ricardo San Martín)


DAMA CAPRICHOSA
Ricardo San Martín Vadillo



Dama del alba,
del mediodía y
del anochecer.

Ursulina y Cornelio, extraños nombres para una pareja. Bueno, los nombres eran extraños, pero ellos eran de lo más normal.
Nacidos ambos en Alcalá, de niños fueron a la misma escuela y compartieron juegos en su calle. Ya de adolescentes comenzaron a mirarse con otros ojos, juntos aprendieron los secretos del sexo.
Ella peluquera, él policía municipal se casaron en Consolación acompañados de familiares y amigos. Con los años y la falta de hijos, la vida de casados fue languideciendo para ambos y cada uno se refugió en su propio mundo interior.
Cornelio, más extrovertido, llevaba mejor esa vida monótona de una ciudad tranquila. Ursulina, más introvertida, se fue encerrando en sí misma como una ostra en su propia concha.
Vida gris, sin sobresaltos para ambos. Hasta que un día un hecho inusual rompió la paz de Alcalá: unos atracadores asaltaron una entidad bancaria. Cornelio trató de detenerlos y éstos respondieron con varios disparos. Milagrosamente el municipal escapó ileso, logrando arrestar a los ladrones.
Aquella conmoción pareció reavivar por algún tiempo su matrimonio. Imagino que ambos valoraban la suerte de seguir juntos y vivos.
Pero fue flor de un día. Para el año siguiente la relación matrimonial zozobraba de nuevo y Ursulina entró en una profunda depresión que fue degenerando en tendencias suicidas con el tiempo.
Y allí aleteaba ella, dama caprichosa, como una mariposa volátil que no sabe dónde posarse porque es incierta, extraña y veleidosa.
Sí, ya sé, me diréis que os cuento historias inventadas. Porque no tachéis mis relatos de fantásticos e imposibles, recogeré casos reales e históricos. En todos, la protagonista es ella: esa dama caprichosa, imprevista, a veces infiel a la cita.
Lo leí hace tiempo: un hombre pasea por la calle de forma relajada. Por encima de su cabeza, cinco pisos más arriba, una mujer, en un acto desesperado decide suicidarse; se tira por la ventana y cae sobre el transeúnte. Ambos mueren. Dama prosaica y anodina.
Aunque, a veces, ella se da aires poéticos y llega con un poema en los labios. Así lo atestigua Li Po, poeta chino, murió cuando cayó al agua al querer abrazar el reflejo de la luna sobre la superficie del lago. Bella dama envuelta en versos.
Desde siempre ha sido así: ella se reviste de formas diversas y acude en los momentos más inesperados, en las situaciones más insospechadas. Así ha sido desde la antigüedad. Ved sino el caso de Esquilo: el oráculo le vaticinó que moriría aplastado por una casa. En un intento de escapar a ese maleficio se fue a vivir al campo. Allí paseaba un día cuando murió golpeado en la cabeza por el caparazón (la casa) de una tortuga que un quebrantahuesos dejó caer desde el aire.
El escritor estadounidense, Tennesse Williams, murió en 1983, en el baño, tratando de abrir un bote con sus dientes. En un movimiento brusco, el tapón salió disparado hacia su glotis y se asfixió.
Años antes, en 1927, la bailarina Isadora Duncan conducía su descapotable. Flotaba en el aire su fular. La dama del alba hizo que éste se enrollara en los radios de la rueda y muriese estrangulada.
A veces ella llega en cadena y de forma aleatoria señala a las víctimas: “tú, tú y tú”. En un instante siega tres o cuatro vidas, tal vez cientos ¿Pero por qué? No os sabría decir: ella no atiende a lógica ni razones. Mirad, fue en Buenos Aires, un tal Montoya había dejado su perro solo en la casa. El animal se asomó al balcón y cayó a la calle. Mató a una mujer de setenta y cinco años que por allí pasaba. Edith Solón, vio lo sucedido, en su premura por ayudar, cruzó la calle sin mirar y fue atropellada por un autobús. En ese instante, un anciano que presenciaba ambas escenas murió al sufrir un ataque cardíaco. Dama apresurada, voraz, ansiosa cercenando vidas.
Y sin embargo, a veces dama impuntual, falta al momento, tardona, incumplidora a la cita. Bobby Leach, norteamericano; en 1911 se introdujo en un contenedor metálico y se dejó caer por las cataratas del Niágara. Se atrevió a desafiarla y sobrevivió a su osadía, pero un día, paseando por una calle de Nueva Zelanda, pisó una cáscara de naranja, se cayó, se partió una pierna, ésta debió ser amputada, se infectó y murió de septicemia.
Qué no decir del caso del general Patton que estuvo en decenas de batallas durante la Segunda Guerra Mundial; llevó sus tropas desde Sicilia al Elba. Bajo fuego alemán de ametralladoras y tanques, nunca se encontró con la dama del atardecer. Lo hizo un día, tras la guerra, en que por no respetar un stop murió en un accidente de coche.
Mi amigo Juan Manuel Cercás, corresponsal de guerra, vivió y escribió sobre muchas de ellas (Golfo Pérsico, Irak, Siria, Palestina…) Me contaba situaciones escalofriantes en las que se había visto inmerso como reportero: fuego cruzado, campos de minas, coches bomba… Tomaba fotos y escribía sus crónicas. Nunca sufrió un rasguño. El pasado noviembre, en Granada, subía a visitar una vez más la Alhambra y el fuerte viento desgarró una rama de un árbol que le golpeó en la cabeza y le causó la muerte.
Quizás el caso más llamativo sea el de Grigori Rasputín, en la Rusia de 1916. Personaje odiado y temido por igual en la corte zarista. Varios nobles, con el príncipe Félix Yusupov al frente, planean su asesinato. Es invitado a palacio y durante una cena le envenenan; como no muere, le disparan varias veces. Creyéndole ya muerto le arrojan a las heladas aguas de un río. Al encontrarse su cadáver, la autopsia demostró que había muerto por ahogamiento, no por el veneno o los disparos. Ella, dama de la noche, se resistía a acudir a la cita.
Dama caprichosa eres; si lo sabré yo bien…
Y aquí están nuestros protagonistas alcalaínos en medio de una nueva discusión. “Esto no es vida”, dijo Ursulina. Fuera de sí, cogió la pistola de su marido y con un movimiento decidido se la acercó a su sien. Apretó el gatillo, mientras él horrorizado gritaba: “¡Nooo!”. Un tenue “clic” sonó en la estancia. Los dos se sorprendieron. Aún más desesperada, ella apretó el gatillo con rabia: “clic”, “clic”, volvió a fallar el arma. “¡Mierda!”, exclamó la frustrada suicida. Avanzó Cornelio hacia ella sin una intención clara. Encolerizada, Ursulina arrojó la pistola al suelo. Ésta dio un culatazo seco sobre la tarima y se oyó un “bang” que llenó toda la habitación. Cornelio sintió el impacto en el pecho. Mientras caía al suelo tan sólo pudo decir: “¡Serás ca…!”
Dama del alba,
del mediodía y
del anochecer

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