jueves, 3 de noviembre de 2016

El Halloween de Germán (por Nono Vázquez)

...se podía leer un nombre de mujer y unas fechas...
A Germán todo aquello de Halloween lo ponía un poco nervioso. No es que fuera asustadizo, ni mucho menos, pero le molestaba que de repente cualquier chaval apareciera detrás de una esquina, con una máscara hasta las rodillas, y exhibiendo la bolsa del truco o trato. Germán se preguntaba cómo algo tan artificial, una costumbre tan lejana a su tierra, había calado tan pronto en la gente. Y es que hasta los mayores se empeñaban en hacer el gilipollas, eso entendía Germán, adelantando los carnavales y disfrazándose de mamarrachos para dar que hablar la tarde del 31 de octubre.

Y a todo esto, Germán caminaba por la concurrida avenida principal de su ciudad. Su destino era el bar de moda, el Gente’s que, cómo no, celebraba una fiesta de Halloween. Accedió, por las reiteradas peticiones, solicitudes y hasta casi exigencias de Meli, su novia. Por no escucharla más, accedió y se vistió de negro riguroso, como mandaba el protocolo diseñado por Meli.

En el bolsillo de su larga chaqueta de cuero negro, un antifaz; en la mano derecha un sombrero de pico; "me niego a llevar esto por la calle" se repetía una y otra vez Germán, que no veía la hora de llegar y pedir un Ballantine’s con CocaCola, mientras esquivaba a la muerte, un par de vampiros, el enmascarado de Scream y hasta un mosquetero... ¿Qué cojones tiene que ver esto aquí? Eso fue lo que pensó para sí mientras esperaba que el último semáforo diera paso a los peatones.

Al entrar al Gente’s, Germán buscó con la mirada a Meli, mientras se calzaba su disfraz.

- Te podías haber esmerado más, hijo -detrás de él estaba una preciosa bruja pelirroja, que no era otra que su novia-. Como siempre, llegas el último. Y el más soso de todos.
- Con esa peluca te pareces a tu madre -le respondió él entre indiferente y sarcástico, mientras le daba un beso y se terminaba de meter en ambiente-. ¿Vamos?

Meli no pudo evitar una tibia negación. Era lo máximo que podía conseguir de Germán, un tipo duro para las tradiciones, que jamás entonó un villancico o tomó un cirio para seguir a un santo. Sí, Germán era uno de esos escépticos, a los que muy poco es capaz de excitarlos. Y cuando algo lo consigue, siempre tienen un pero para desmontarlo. Pero allí estaba, y Meli pensó que ya era bastante.

Germán miraba a la gente de la fiesta. Ya no eran niños disfrazados. Eran hombres y mujeres. La mayoría por no decir todos no había visto en su vida un fantasma o había mantenido contacto con el más allá. Germán se dijo que probablemente nunca pisaron un cementerio, y sin embargo se meneaban como posesos, haciendo el papel de muerto viviente, de espectro terrorífico y hasta chupando la sangre. Cuando vio a uno disfrazado de egipcio no pudo reprimir una carcajada. Un mosquetero antes y un egipcio ahora. Dos que habían llegado tarde a la tienda de todo a cien para hacerse con su personalidad de Halloween.

Apuró la copa y pidió otra.

Por suerte, la conversación del grupo fue haciéndose algo más trascendental, y estuvieron largo rato hablando sobre la vida, las culturas antiguas, su culto a la muerte. Todas lo tienen. De alguna manera, toda la humanidad ha dormido siempre con un ojo abierto y otro cerrado, y en todas las civilizaciones se han honrado a los difuntos, temerosos de que pudiera haber puertas que se abrieran, y que permitieran el trasvase de almas hacia el lado de los vivos y... bueno, Germán, como buen sociólogo, prefería hablar de eso que de calabazas agujereadas. A eso de las once y media, alegó que no se encontraba bien y se excusó para volver a casa.

- Recuerda que mañana vienes a casa a comer –le susurró Meli a Germán mientras le abotonaba la chaqueta y le pellizcaba la punta de la nariz.
- ¿Le devolverás a tu madre su pelo? -Germán continuaba con la broma, porque además le encantaba la risa de Meli cuando se metía con el pelo de su suegra-. Iré y seré puntual.

Y aprovechó que pasaba un taxi libre para tomarlo y llegar antes a su casa. Al entrar, su madre le esperaba sentada en una de las mecedoras de la salita. Estaba en silencio y a oscuras. Sin encender la luz, Germán saludó.

- Buenas noches, mamá. Creí que ya no vendrías. Te esperé esta tarde.
- Ya sabes que me gusta darte una vuelta de vez en cuando -le respondió la madre, una mujer de unos sesenta años con un denso y poblado pelo negro, cortado en una graciosa melena, muy juvenil para alguien de su edad-. ¿Cómo está Meli?
- Pues te lo puedes suponer -le recriminó Germán-. Sin pizca de ganas de encontrarse contigo. No te ofendas, ya sabes que no es nada personal.
- Ya sabes que no me ofendo -le tranquilizó ella de nuevo-. Creo que no podrías haber elegido mejor. Meli es una chica fantástica, y creo que hacéis una gran pareja. Ambos tenéis lo que completa al otro. ¿Le has dicho ya lo de vivir juntos?
- Sí -respondió Germán mientras se sentaba frente a ella-, pero ya sabes que le cuesta mucho separarse de su madre, desde que quedó viuda…
- Ya -sentenció otra vez la madre de Germán comprensivamente-. Bueno, dale tiempo...
- Si no te importa, mamá... me gustaría irme a la cama. Estoy cansado. Mañana podemos hablar. Aunque nunca traigas equipaje, estás en tu casa. Buenas noches.

Y se marchó, dejando a su madre en el lugar en que la había encontrado.

Durmió de un tirón y tuvo que ser el despertador de emergencia que programó a las diez de la mañana el que lo despertara. Se dio una ducha rápida y mandó un mensaje de Whatssap a Meli, con sus buenos días y la promesa de que estaría puntual en su casa, a lo que ella respondió con un icono de corazón. Al salir, echó un vistazo al dormitorio de su madre, que estaba vacío y recogido, y tomó la puerta camino del cementerio. Era una mañana un tanto desapacible, muy otoñal, envuelta en una neblina que se resistía a dejar pasar el sol.

Al entrar tuvo que esquivar a cientos de personas que se agolpaban allí como cada primero de noviembre, enfrascados en adecentar tumbas, panteones y nichos. Automáticamente, Germán se dirigió a una de ellas, en la que se podía leer un nombre de mujer y unas fechas: Ariadna Sandoval Castro, 1937-2010. Dejó con delicadeza un lirio sobre ella y se quedó en cuclillas alrededor de diez minutos, sin decir nada, mirando fijamente el mármol reciente de la tumba, muy nueva, en contraste con las antiguas de alrededor, ya que todo el mundo prefería ya los nichos. Pasado el tiempo, Germán limpió la lágrima que había dejado resbalar por su mejilla.

- Me ha gustado verte otra vez, mamá -dijo a la lápida-. Te hecho de menos, vuelve el año que viene.

Con las manos en los bolsillos, haciendo frente al repentino frío de aquella neblinosa mañana, salió del cementerio y se encaminó a su cita con Meli.

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