jueves, 3 de noviembre de 2016

El Sótano del Infirno (por Rafa Vera)

Imagen: https://es.pinterest.com/pin/77335318580302962/
La nueva sala había quedado perfecta. Mucho mejor de lo que se podía imaginar viendo los planos. “La Casa 6F” se inauguraba tras dos años de trabajo. La mejor sala de conciertos de la ciudad resurgiría así tras aquel fatídico incendio. Y, evidentemente, la inaugurarían los “Ópera Fimosis”. Homenaje a la sala que los vio nacer a y Éric, el guitarrista que falleció entre las llamas hace dos años en una triste noche de verano.

No eran nervios lo que tenía Náilo, era más bien una especie de furor. No era sólo una sala, sólo un edificio; era toda su vida y su dedicación renaciendo como el Ave Fénix de las malditas cenizas.

A las diez de la noche, con el aforo de la Casa 6F al completo, se apagaron todas las luces. Unas llamas aparecieron en las pantallas gigantes que había tras el escenario y comenzó la locura entre los asistentes. El humo llenó el escenario y un foco resaltó la parte central. El efecto era espeluznantemente real. Apareció entonces Raúl, el nuevo guitarrista, y comenzó la intro de “El Sótano del Infierno”, el gran hit de los “Ópera Fimosis”. Luego le acompañó el batería, el bajo, y finalmente un grito salió desde el fondo del alma de Luis el vocalista: “¡Esta va por tí, Éric!”. La locura invadía la sala. Saltos, gritos, palmas, empujones. No sólo era un grupo tocando en un local, no. Era una gran familia que tras dos años volvía a reunirse en la fiesta más grande jamás contada.

La gente sudaba a caños. Náilo no daba abasto sacando cervezas y la caja no paraba de engordar. Casi se le estaban saltando las lágrimas. Dos años de miedos y esperanzas, de abandonar y retomar el proyecto. Dos años que, podía ahora comprobar casi sin creérselo, habían dado mejores frutos de los imaginables.

Entonces se descolgó la barra de luces de un lado cayendo sobre la cabeza de Raúl y friéndole la melena rubia con sus casi dos mil vatios. Al principio parecía parte de la puesta en escena. Espectacular con todas las novedades de la sala. Pero poco tardaron los miembros del grupo en darse cuenta de que no era ninguna broma. Quemaduras de tercer grado y unos meses de baja. No fue tan grave como parecía.

A los pocos días todo volvió a la normalidad. Un simple accidente, sin demasiada repercusión. Poco a poco fueron llegando más grupos a la Casa 6F para ensayar y programar conciertos. Pese a que todo se había revisado, no tardaron en volver los accidentes. Los Ópera Fimosis buscaban nuevo guitarrista y hacían pruebas casi diarias. Era casi imposible encontrar a alguien que medianamente se pareciera a Éric. Una tabla mal ajustada hizo que el anterior guitarra de los “Quién” se torciera un tobillo. También otro guitarrista, este tocaba aún con “Los Vandames”, tuvo que retirarse al partirse un dedo con el estuche de la Fender.

El tema de los diversos accidentes hizo crecer una leyenda negra sobre el local. Pero ventajosa. El morbo era más grande que el miedo y lleno tras lleno pasaron varios meses.

Un martes era el turno de Domingo. No había tocado nunca con ningún grupo, pero tenía formación de conservatorio y un oído magnífico para el Rock. Con una mezcla de miedo y nerviosismo se subió al escenario. Medía cada paso y cada movimiento, no quería que nada estropeara su audición. Una vez todo estaba listo comenzó a tocar. Luis y el resto del grupo no daban crédito a lo que estaban escuchando. Con una simple Telecaster, Domingo comenzó a tocar a Paganini. Alargó hasta enlazar con el tapping del Thunderstruck y terminar sonrrojando al mismísimo Steve Vai con una versión muy personal del Tender Surrender. Todos los de Ópera Fimosis tenían los pelos de punta y las lágrimas saltadas. Tenían al candidato perfecto, era casi mejor que Éric. Sólo le faltaba una cosa: tener soltura en el escenario. Para un grupo de Rock no basta con tocar bien, hay que dar espectáculo. Y Domingo sentado en un taburete no lo daba demasiado.

Cuando Náilo volvió al día siguiente a limpiar y dejarlo todo listo para el siguiente grupo encontró una nota sobre la barra. Una vieja partitura ilegible, amarillenta y con los bordes quemados, escrita con tinta roja que decía: “Domingo es el elegido. Si toca él se acabarán los accidentes”. Lo comentó con Luis, pensaba que era una broma pesada. Pero este tampoco sabían de quién podía ser la nota. Era imposible que Domingo actuara con ellos. Sí, era genial, el mejor con diferencia. Pero le faltaba pelo, le faltaba paquete y no se sabía mover por el escenario.

Finalmente eligieron al primer candidato. Lo tenía casi todo. Era mediocre tocando la guitarra, pero sus saltos y su paquete con mallas compensaban su mal oído. Y una vez completo el grupo se puso fecha de regreso.

Ni un alfiler cabía en la sala La Casa 6F. Náilo estaba entusiasmado, aunque algo le decía por dentro que no era buena idea ese concierto.

Comenzaron con temas nuevos. Al público parecía que le gustaban, pero habían perdido un poco la frescura de sus clásicos de años atrás. Los solos del nuevo guitarrista no levantaba un aplauso, pero si el hacerlos tumbado en el suelo o simulando un coito con el amplificador.

Llegó entonces el turno de los bises. Toda la sala se desgañitaba pidiendo “El Sótano del Infierno”. Luis no estaba convencido, el nuevo guitarra era bueno, sí, pero no tanto como para bordar la intro de ese tema. Y sin esa intro se quedaba en nada. Pero de repente comenzó a sonar. No era el nuevo. Tampoco Domingo, que miraba atónito desde la barra a los altavoces, identificando nada nota y pasando de sorprendido a perplejo y a aterrorizado a cada sonido de esa guitarra.

Luis le hizo señas a Náilon y este al técnico. Ninguno sabía de dónde provenía aquel sonido. Apagaron los amplificadores, las mesas, pero nada. Aún desconectadas de la corriente seguían los vúmetros oscilando hasta el tope. Sólo quedaba encendida una luz en el escenario, el foco direccional que debería de estar enfocando al guitarrista para este solo. Y así lo hizo.

Salido de la nada, humeante, apareció una figura con unos vaqueros rasgados y quemados, sin camiseta. Media cabeza tapada por la larga melena rizada y la otra media quemada y en carne viva. Una muñequera con tachuelas en la mano derecha y una Gibson SG que sonaba como recién sacada del infierno.

-”¡Me cago en mis muertos! ¡Es Éric!”- Gritó Luis mientras caía en redondo al suelo.

-”¡Malditos bastardos!”- Gritó la fantasmal figura de Éric -”Hace más de dos años me matasteis en este mismo escenario. Todos corriendo en el incendio mientras yo trataba de salvar mi guitarra sin ayuda de nadie. Y hoy volvéis a matarme a mí y a la música. Habéis convertido mi mejor tema, y a mi grupo, en una pantomima más propia de la Orquesta Tentación. Eso nunca os lo perdonaré. ¡Domingo! Tu serás mi sucesor. Coge mi guitarra y vela porque cada nota que suene aquí sea digna y no se prostituya. Náilo se encargará de que no te falten grupos donde tocar. Ahora me vuelvo abajo, donde he pasado estos años, y espero que no me obliguéis a salir de nuevo de mi Sótano del Infierno.”-

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