jueves, 3 de noviembre de 2016

HOJAS (por Mari Carmen Arenas)



Relato de Mari Carmen Arenas (Frailes, Sierra Sur de Jaén) “Vivo vendiendo perfumes y soñando con letras, deseando conmover al mundo con mis palabras, conseguir que cada persona que me lea vuelva a sentir de nuevo. Soy una chica normal, con una vida normal y un corazón lleno de sueños.”


HOJAS

Abrió los ojos. Estaba tumbada boca arriba. Las figuras no eran nítidas, un manto borroso las envolvía, como neblina. Comenzó a distinguir las ramas desnudas de los árboles. El olor a humedad se clavó en sus fosas nasales. Apretó las manos y sintió el crujir de las hojas rompiéndose entre sus dedos ¡Qué sensación tan extraña! Era reconfortante y a la vez le producía un escalofrío que ascendía por su espalda: recorría sus vértebras, se adentraba en su piel hasta la punta de todos sus dedos.


Fuente "El Raso" (Frailes)


Por primera vez en mucho tiempo no sentía miedo. Comenzó a incorporarse. Pudo apreciar que estaba desnuda mientras palpaba con sus pies descalzos la tierra fría y húmeda. No podía describir lo que estaba sintiendo en ese instante, qué felicidad más abrumadora. Inspiró una gran dosis de ese aíre fresco. Sentía que flotaba, como si entrara en un espacio de gravedad cero. Como si su cuerpo perdiera la masa y su alma recorriera el universo.
De repente todo se derrumbó y se dio de bruces contra el suelo. Desaparecieron las hojas secas y los árboles, volvió a sentir la tela de su ropa rozando su piel y sus inseguridades volvieron a adentrarse en su ser. De nuevo el miedo era un inquilino de su corazón.
Abrió los ojos. El vaho se pegó al cristal de la urna que protegía el cuerpo sin vida de su hermana. Comenzó a temblar mientras una lágrima se deslizaba por los surcos de su cara. Golpeó con fuerza el cristal mientras entre sollozos, intentaba buscar un por qué. Al borde del desmayo su madre se acercó a ella y la abrazó con fuerza, pretendiendo, sin lograrlo, que la rabia desalojara su mente. Empujó a su madre y sin pensarlo dos veces se dirigió al coche. Pegó un portazo. Arrancó y comenzó a acelerar. El cuentakilómetros se disparó, rozaba los 160 kilómetros por hora. Quería huir. No quería sentir ese dolor. Esfumarse. Quería desaparecer. Estaba decidida, pisó a fondo el acelerador, y se lanzó por el precipicio de aquella carretera de montaña. Cerró los ojos. Sintió los cristales clavándose en sus brazos, su cabeza golpeó el volante.
El dolor de su alma seguía siendo mayor que el que podía llegar a sentir en su cuerpo. De repente se hizo el silencio. Estaba en el mismo lugar, sintiendo bajo sus pies las mismas hojas y los mismos crujidos. Escuchó que alguien tarareaba su nana. Se giró, los ojos verdes de su hermana se clavaron en los suyos. Se acercó corriendo intentando alcanzarla. Comenzó a gritar su nombre, y a llamarla. Su hermana corría por aquél bosque como si siempre hubiera estado ahí. Era inútil, no lograba alcanzarla. De repente se paró y le dijo:
-Déjame ir, deja que pase. La muerte no es el final, es el inicio-
Sonrío y desapareció entre los árboles.
De pronto, sintió como una aguja atravesaba lentamente la piel de su brazo. Vislumbró lo que parecía la bata de una enfermera y el llanto desgarrado de su madre la trasladó de nuevo a la realidad.
Suspiró. La dejó ir, dejó que pasara.

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