lunes, 27 de marzo de 2017

Memoria de los atlantes

por Marino Aguilera

Pinturas en la Cueva de la Laja Alta, Jimena de la Frontera
A Enix la cavidad le pareció la apropiada para plasmar la imagen que tanto le había impresionado. A sus doce años había visto por primera vez el mar, y aquel viaje junto a su padre a la ciudad de Carteia lo recordaría por muchas otras cosas. Cerró los ojos y en su mente volvieron a flotar los barcos y botes que había visto en el puerto, y su mano comenzó a plasmarlos en la fría caliza. Con la sangre de un conejo que había cazado junto al río, aglutinada con la grasa del animal, dibujó dos trirremes con los remos extendidos y varios barcos de vela más.
- Desde pequeño tienes habilidad para el dibujo Enix -le reconoció su padre-. Se nota que te ha gustado ver el mar y el puerto de Carteia.
Enix no interrumpió su labor y siguió trazando líneas hasta dar forma a cada embarcación.
- ¿A dónde viajan los barcos que hemos visto papá? -preguntó.
- Navegan hacia donde sale el sol para vender nuestros mejores recursos, el bronce y la plata -contestó Asur-. Los fenicios, los griegos y muchos pueblos de oriente pagan buenas sumas de dinero. Los tartessos somos conocidos por ello, y por ser los mejores orfebres del mundo. Nuestro oro llega hasta la tierra de los Medos, más allá del final del mar Mediterráneo.
Enix concluía los dibujos mientras su padre bebía agua de un odre.
- Nuestro reino tiene la memoria de haber sido el más grande creado en el occidente -continuó Asur-, y el único a este lado de las columnas de Heracles, pero todo eso se ha olvidado. Los fenicios que has visto en Carteia nos confunden con turdetanos, y los griegos nos consideran un pueblo íbero más, pero lo cierto es que Tartessos ya existía antes de que los íberos llegaran en busca de nuestras riquezas.
Eran frecuentes los recuerdos a la grandeza de Tartessos en Asur. Enix los conocía desde pequeño, y a fuerza de escucharlos se estaba convirtiendo sin quererlo en el depositario del legado oral de su padre.

Ambos continuaron la marcha remontando el río. Les quedaban unos mil estadios, en la distancia griega dos días, hasta alcanzar Calia, donde tenían su hogar.
- Recuérdalo bien Enix -continuó Asur-. Somos tartessos, los descendientes de los atlantes, no íberos, ni turdetanos, ni los celtas que hay al otro lado del río Guadiana. Nuestro pueblo es un pueblo de mineros, nacido en los filones de cobre del río Luxia, de aguas tintas como la sangre con la que has pintado los barcos.
A Enix le llamó la atención la palabra atlante. Era la primera vez que su padre la mencionaba, y percibió cierto tono de solemnidad en él cuando la pronunció, como si no fuera una palabra cualquiera.
- Nunca me has comentado nada de los Atlantes -dijo Enix.
Asur se detuvo ante la pregunta y miró a su hijo. Ambos se giraron hacia el sur, vieron el camino recorrido y en la lejanía el mar del que se alejaban y que separaba el reino de Tartessos de las tierras africanas.
- Los atlantes fuimos nosotros aunque ya no queda nada de ellos. Atlantes somos tú y yo porque sabemos de dónde venimos y porque seguimos teniendo alma atlante.
- No te entiendo -le contestó Enix con el rostro algo confuso.
Asur puso su mano sobre el hombro de Enix y comenzó a narrarle las historias de los atlantes que había oído en Calia desde pequeño.
- Cuentan que hace muchos años los primeros atlantes cruzaron el estrecho cuando las aguas estaban mucho más bajas, y se asentaron en la orilla del gran río, al que llamaron Río Tartessos. Desde ahí se extendieron hacia el norte y hacia la costa, fundando muchas ciudades y extendiendo el nombre de Tartessos hasta convertirlo en un reino.
- ¿Calia también la fundaron los atlantes? Preguntó Enix.
- Sí, como muchas otras -dijo Asur-, pero ninguna tan bella y grande como Atlántida, que la levantaron de forma inexplicable sobre unos islotes concéntricos en la desembocadura del río. Dicen que esa ciudad fue devorada por una gran ola, tal vez un castigo de Poseidón por la arrogancia de sus habitantes, que se sabían superiores al resto de pueblos del Mediterráneo, aunque también se cuenta que las aguas del mar comenzaron a subir poco a poco, el estrecho aumentó su tamaño y la ciudad quedó sumergida hasta desaparecer junto a muchas otras.
Enix volvió a observar los barcos fondeados en la bahía. Se sentía orgulloso por haberlos dejado plasmados en la cueva. Tal vez dentro de muchos años alguien los descubriría y podría conocer así los barcos de los tartessos, pensaba sin dejar de oír a su padre.
-Esos barcos que tanto te han llamado la atención no han cambiado mucho desde que los atlantes los inventaron hace más de mil años para cruzar el Mediterráneo hasta llegar a la tierra de los griegos. Fuimos los primeros en realizar navegación de larga distancia, y de alcanzar las Casitérides. Gracias a ello conocimos la escritura y el trabajo de los metales antes que nadie en esta parte del mundo. Cuando desapareció la Atlántida, Tartessos comenzó su declive. Se apagó el faro de nuestra civilización. Con el tiempo llegaron gentes de otros lugares, como los pueblos íberos, que proceden del norte, no del otro lado del estrecho como nosotros. Eran pueblos muchos más atrasados que pudieron evolucionar gracias al conocimiento que le transmitimos los tartessos, los descendientes de los atlantes.
-¿Por eso no son iguales que nosotros? -preguntó de nuevo Enix, que iba dando sentido a muchas de las cosas que veía a diario en Calia, una ciudad a la que habían llegado varios clanes turdetanos, de hábitos mucho más rudimentarios y rasgos raciales diferentes.
-Exacto Enix. Los atlantes, los tartessos, procedemos del otro lado del estrecho, por eso somos morenos y de ojos negros, como la gente de allí, mientras que los íberos suelen ser de tez más blanca y hasta hay gente con el pelo claro.
El joven tarteso entendió también por qué no hablaba igual que los turdetanos de Calia. Aunque ambos pueblos hablaban el mismo idioma, los tartessos mantenían muchos vocablos de la lengua de los atlantes que eran desconocidos para los turdetanos.
- Por mucho que pasen los años y vengan otros pueblos, el alma de los atlantes seguirá habitando este lugar, junto al río grande -continuó Asur-. Se perderá nuestro recuerdo pero no nuestro legado. El idioma de los atlantes todavía se habla en muchos lugares de la costa, hasta el lugar donde dicen que habitan los Etruscos y los latinos, a muchos estadios de distancia de aquí. Algún día nacerá una civilización que recoja este legado y lo vuelva a expandir, tal vez sean los latinos. Dicen los griegos que se parecen mucho a nosotros, los Tartessos, los atlantes. Son morenos, hablan el idioma de los atlantes y que tiene alma guerrera. Han fundado una ciudad que se llama Roma.
-Tal vez esos latinos devuelvan el viejo esplendor de la Atlántida.
(N. del A.: Se han utilizado nombres de algunos enclaves geográficos posteriores a la época en la que transcurre el relato, con el fin de facilitar su identificación).

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