domingo, 28 de mayo de 2017

3 cruces 3

por Rafa Vera

Llegó con tres heridas: 
la del amor, 
la de la muerte, 
la de la vida.
Rellenaba al día decenas de páginas de sus libretas
Esta es la historia de tres cruces, de tres personas, de tres por tres heridas que es lo que son las cruces: marcas, apuntes en el margen del libro de la vida, donde se resaltan los hechos más significativos.

La primera cruz, la primera herida, es de Yolanda. La del amor le sobrevino a punto de entrar al instituto. Recién cumplidos los catorce conoció a Víctor, un apuesto varón que le haría sentir como la elegida entre las elegidas. Orgullosa, comenzó a recatarse a la hora de vestir: es que a mi Víctor no le gusta que lleve escote. Tampoco le gustaba que saliera sola con sus amigas. ¿Sola? ¡Eran más de ocho! A los pocos meses eran seis, al año cuatro y a los tres años ninguna. Yolanda quedó relegada a un mero adorno, un camafeo andante que sólo tenía sentido si estaba junto a Víctor.

La segunda cruz, la segunda herida, vino de la mano del doctor Sánchez, al informarle que estaba en estado de buena esperanza. Irónica expresión para una muchacha de apenas diecisiete años: sus buenas esperanzas se desvanecieron. Una vez dejó los estudios se dedicó a guardar reposo y a escribir. Rellenaba al día decenas de páginas de sus libretas. Cada una era de una asignatura, y cada título estaba tachado: la de latín, la de lengua, la de filosofía... hasta el momento en que no pudo más. Doscientos setenta días después, alejada de sus amigas, apartada de su entorno, ignorada por Víctor, defenestrada por su familia, colgó el cinturón de piel con hebilla en forma de delfín, regalo del segundo aniversario, y lo apretó contra su cuello mientras colgaba de una rama.

La tercera cruz, la tercera herida, llegó cuando ya no estaba Yolanda. Fue una herida de catorce puntos de sutura, en concreto, los que tuvieron que realizar para la cesárea.

Tuvo su amor malogrado, su muerte prematura y su vida postmortem.
Con tres heridas viene: 
la de la vida, 
la del amor, 
la de la muerte.
La primera cruz, la primera herida de Víctor, le llegó vía teléfono fijo de los padres de Yolanda:
- Han salvado al niño, ¿Quieres saber de él?
No estaba preparado para la responsabilidad, se negó incluso a acercarse o tan si quiera mirarle la cara. Pero sí accedió leer las libretas manuscritas de Yolanda.

La segunda cruz, la segunda herida, fue la del amor. Irónicamente se estaba enamorando más y más de Yolanda a cada página que leía. Antes no, antes era su novia igual que podía haber sido su coche o su moto. Ahora realmente la conocía y le destrozaba el alma no haberlo hecho cuando tuvo la ocasión.

La tercera cruz, la tercera herida, mezcló la muerte con la vergüenza. Devolvió las libretas y salió corriendo para que nadie le viera hacerlo. Esa carretera, la que llevaba a la casa de Yolanda, no estaba hecha para correr, y menos con un Audi tracción trasera. No tardó en arrancar del suelo el quitamiedos y precipitarse al vacío.

Creó una vida de la que no quiso saber nada, tuvo un amor al alcance de la mano que dejó ir para siempre, y una muerte que no fue más que un reflejo de su propia vergüenza.
Con tres heridas yo: 
la de la vida, 
la de la muerte, 
la del amor.
La primera cruz, la primera herida de Pablo, que soy yo, vino el mismo día de mi nacimiento. Una cesárea hecha a una mujer ya muerta tiene sus problemas, y así me dejaron seis meses en el hospital. Tenía vida, o me la insuflaron, aún no lo sé, el caso es que contra todo pronóstico salí hacia delante y fui ganando peso y fuerzas.

La segunda cruz, la segunda herida, estaba ya cicatrizada cuando la sufrí. Con siete años me contaron mis abuelos la historia de mis padres. Muerte, abandono, impotencia... yo solo podía sentirme mal por haberlo provocado todo. Por haber sido el detonante de cada cruz, de cada herida de aquellas personas a las que jamás llegué a conocer.

Mi tercera cruz, mi tercera herida, es una costra de esas que gusta rascar para que vuelva a salir de nuevo. Era el amor. Un concepto que no conocía de primera mano, amén del que mis abuelos me regalaron mientras crecía y me hacía adulto.

Al mudarme de ciudad e instalarme en el piso nuevo de la capital encontré una serie de libretas, que no eran mías, entre los apuntes de la carrera. Eran de Yolanda, mi madre. En casi todas hablaba del futuro, de los planes, de qué haría y dónde llegaríamos. Sólo aparecían dos personajes: ella y yo. Jamás, en mis dieciocho años de vida me había sentido tan querido, y jamás volvería a hacerlo.

Por eso es una cruz y por eso una herida: me lo arrebataron todo antes de poder conocerlo, disfrutarlo y ampliarlo. Por eso, a estas alturas de la vida, sigo releyendo cada hoja de esas libretas. Por eso me siento el más miserable y a la vez afortunado del mundo, y por eso decidí hacerme poeta.

Versión audio-relato, por Nono Vázquez

3 comentarios:

La Huerta dijo...

Lo que acabo de leer me a encantado,gracias Rafa por las tres cruces.

Fran Ruiz dijo...

Precioso relato. Me ha impactado.

Fran Ruiz dijo...

Precioso relato. Me ha impactado.

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