domingo, 28 de mayo de 2017

Cruces de caminos

por Alfredo Luque

Entonaba la Gibson L-5 de cuerdas oxidadas
El calor abrasador del desierto había hecho mella en el cuerpo enjuto de Robert. Con aquella funda de instrumento de cuero al hombro, la sombra de los cactus, plagados de flores, le parecieron una bendición. Ante sí, tenía el camino hacia Fulton´s Point y la encrucijada que iba hacia el este y el oeste, señalada con una enorme cruz de piedra en mitad de la nada. Con las botas llenas de polvo y el pernil desgastado del pantalón, se acicaló el sombrero de paja y se sentó bajo el poste cercano al mojón kilométrico.

Ensimismado en sus pensamientos, mientras miraba al horizonte caluroso del mediodía, contemplaba el devenir de aquel pueblo agrícola, las tiendas, los vetustos autos y sus ocupantes. De buena gana, se habría marchado en el primer autobús que hubiera encontrado, si hubiera contado con la mano inestimable de aquel chaval que tocaba la armónica los domingos, en la Iglesia. Aquel que por las noches le daba la brasa con la misma cantinela de siempre, empeñado en tocar sus viejas canciones; Willi Brown; una y otra vez, con el call me Willy de turno.
-¡Llamadme Willy! -clamaba en los pasillos de la residencia de ancianos-. ¡Sacádme de aquí! Quiero ir al lugar donde empezó todo -le gritaba una y otra vez al fregantín del turno de noche, mientras tocaba la armónica y miraba por la ventana, hacia los altos edificios de aquella avenida, llena de palmeras de Los Ángeles.
El lugar donde empezó todo, era en aquellas tardes del verano de los años 20, un local pequeño, rematado con tablones de madera. Las muchachas de color entraban al bar con sus almidonados vestidos color de rosa y peinadas con coletas y lazos de seda. Comenzaban a bailar al ritmo del blues, con sonrisas en los labios pintados de carmín. Aunque era un bar de hombres, sin duda, ellas acudían allí por la música. Aunque no lo aprobaran los viejos del lugar, aquel punto de frescura aportaba al antro una belleza inusitada entre las botellas de cerveza Coors y el tufo a caballo, amén de las chuletas a la parrilla.

Robert se sentía allí en su salsa. Sudoroso y remangados los puños de su vieja camisa, entonaba la Gibson L-5 de cuerdas oxidadas, haciendo que el mundo se parara a su alrededor. Las más descaradas, bailaban endemoníadamente al ritmo frenético de la guitarra de Robert, en un espasmo casi orgásmico. Otras, en cambio, enfundadas en aquellos pantalones vaqueros desgastados, se contentaban con mirar de soslayo al acaudalado ricachón de turno que lucía espuelas brillantes y doradas, en pos de un porvenir mejor. El caso es, que como fuera que fuese, los sábados en Fulton, eran otro cantar.

Tras la avidez y la sequía de aquellos días, durante el fin de semana todo giraba en torno a las luces de colores intermitentes del escenario y de la puerta de entrada. Llegaban camionetas repletas de gente, tractores e incluso la grúa municipal, con los muchachos y vecinos, y campaban a sus anchas en el garito de Joe, jalonado con guirnaldas de colorines y con un porche al estilo de los ranchos de Texas.

Ni la crisis del año 1929 ni la Ley Seca impidieron a la población disfrutar de las veladas del viejo Joe. Sobre todo cuando, a poco del cierre, subían los veteranos a tocar las baladas de Bessy Smith y los acalorados ritmos de Blind Lemmon Jefferson. Robert escuchaba con atención y ponía imaginarias posturas y acordes en el ficticio diapasón guitarrístico que formaban sus manos. Se frotaba los tirantes y anotaba un nuevo ritmo en una servilleta de papel. Cuando aquella mañana, los tipos de la RCA Records, acudieron al bar en su busca, no podía creerlo. Era tan bueno, que lo encerraron en aquel cuartucho de hotel, con la promesa de forrarlo de pasta si escribía la canción número 29 que nunca llegó.

Quizá ahí se forjó la leyenda. Quizá nunca existió lo que buscaba Willy Brown cuando planeaba evadirse del asilo. Al fin y al cabo, solo era un viejales más, abandonado por su familia en una mísera estación de autobús, con la maleta llena de recuerdos de otros tiempos mejores y una vida de actuaciones en los grandes clubs de Chicago a las espaldas, a la que la pensión no le daba para mantener a seis nietos en vacaciones.  Lo que sí es cierto es que aquella noche Robert salió un instante a tomar el fresco ante aquellas arenas polvorientas. El tendido eléctrico que tan a menudo fallaba, soltó un chispazo demoledor junto a la gran curz de piedra y un gran auto, de cristales oscuros, se detuvo justo en frente suyo. Una figura delgada y taciturna, se apeó del coche.
- ¿Eres Robert? -dijo con voz profunda-. Veo que estas ahí sentado sin hacer nada. Si quieres cambiar tu vida, acompañame. Sólo tienes que firmar este papel. -dijo mientras extendía una especie de zarpa, hacia donde él  estaba-. Me llamo Leckba, Llevo mucho tiempo buscándote entre estas tierras polvorientas y las barras de bar. Tengo un pacto que proponerte.
Mientras enseñaba la dentadura blanca, Robert se levantó animado por la curiosidad. La noche era calurosa y oscura. Del local de enfrente emanaban voces y notas que se perdieron en la distancia en la noche del desierto. Asomado a la ventanilla del auto asió firmemente la pluma y garabateó su nombre. Al mismo tiempo subió al vehículo y desapareció en la distancia mientras dejaba una nube de polvo fino en el aire.

Tras dos semanas de ausencia, Robert regresó. Apareció tal cual, en el Fulton, como rejuvenecido y con otra luz en el rostro, mientras los convecinos criticaban y murmuraban a su espalda, observándole tras los visillos de la cristalera del bar. Era sábado y el local estaba a reventar. Había público de los pueblos colindantes pues era el baile de graduacion de la Escuela Secundaria y nadie quería perderse aquel evento. Robert entró en el local. Saludó al Willy, el armonicista, que estaba apostado en la barra liquidándo un desgastado vaso de Bourbon. Hizo un ademán al resto de músicos que subieron al escenario uno tras otro. Comenzó a tocar y todo lo demás fue magia pura.

Aquella noche Fulton´s Point resplandeció al final de aquella década de depresiones y miedos, producto de la falta de trabajo y oportunidades de la América profunda. Todo el mundo bailó, cantó y bebió hasta el amanecer, olvidándose de sus penurias y escribiendo poemas en trozos de papel de servilleta. Hasta Willy se dejó, resacoso, olvidada la armónica en el mostrador. Robert, exhausto, dejó la guitarra sobre el escenario y cansado se dirigió hacia la puerta de salida sin despedirse. Fue el precio que tuvo que pagar, pues a las ocho en punto, un imponente vehículo negro, aparcó en el cruce de Fulton, con la puerta entreabierta. Robert se había cambiado la camisa blanca, y lucía impoluto en aquella mañana clara y luminosa. Se ajustó el sombrero y miró el relój de bolsillo.
-De nuevo Leckbah, puntual, como siempre, -inquirió.
Subió al coche y este arrancó, perdiéndose rápidamente por el camino. 

Willy Brown despertó inquieto de su sueño. Fijó su mirada en las paredes verdes del techo. Aún estaba en la residencia. Se levantó y abrió la puerta que daba al pasillo. El jóven de matenimiento aún estaba terminando de fregar las baldosas. Tal vez hablaría con él esa misma noche. Quizá, si lograba convencerlo, lo sacaría de allí. No deseaba partir sin despedirse de Robert, en aquel cruce de caminos.

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