domingo, 28 de mayo de 2017

La cruz invencible

por Nono Vázquez
- Uno de los perros llevaba esto en el campo cuando murió, Sayyid -el adalid se inclinaba mostrando a Salah ad Din el trofeo arrancado al cruzado durante el sitio de Jerusalén-. Al desgraciado le faltaba una pierna y tenía una flecha clavada en el ojo, y a pesar de todo se aferraba a ella. Casi tengo que cortarle también la mano para traértela, Sayyid.
Un ejército que porta la Cruz de Cristo
Saladino tomó en sus manos la cruz y la colocó bajo un rayo de luz que se deslizaba por las lonas de su tienda, donde meditaba antes de entrar en la ciudad recién conquistada. Era una hermosa joya, de una pieza. El sultán sarraceno la sopesó y valoró sus dimensiones. Casi un palmo de larga; su superficie lisa solo se dejaba desnivelar por la presencia de un fino brocado en forma de espiral, que la bordeaba por completo por su parte delantera. La trasera solo mostraba su superficie lisa y unas letras occidentales: S.T.

Samuel Tourion no tenía más posesiones que su vida y aquella cruz. Él era el primogénito, así que suya fue al morir su padre. Samuel aprovechó la ocasión y la mandó marcar con sus iniciales, viendo que muy probablemente tendrían que amortajarlo con ella, dada la escasa probabilidad que tendría de engendrar un hijo. Hasta seis veces Dios había bendecido su casa con un nacimiento, pero le negaba a Samuel un hijo varón que pudiera heredar la miseria con la que las campañas militares y los diezmos a la Iglesia premiaban a los pobres en Europa hacia 1160. El este de Inglaterra no era una excepción y, mucho menos, la casa de Tourion.

Fue en ese año, precisamente, cuando su mujer, Mary Ann, volvió a quedar embarazada. Samuel esperaba con desesperación la llegada de su séptima hija y tenía todas sus maldiciones preparadas para recibirla. Pero el caprichoso Dios esta vez quiso ahorrarle tan gruesas palabras al desconfiado Samuel, y la partera puso en sus manos a un niño, de pelo ensortijado y rojizo. El sorprendido padre solo pudo pronunciar una palabra cuando lo tuvo delante: John. Sería su nombre.

Años después, aquel pelirrojo indomable se había embriagado del perfume de la guerra santa. Se había acompañado de los discursos de los templarios, de la llamada del Obispo y tenía cierta prisa en poner su alma a buen recaudo. Los pelirrojos no eran vistos con buenos ojos, y se creía de ellos que el diablo los habitaba. Por eso John Tourion veía en su marcha a Tierra Santa un camino para, primero, albergar alguna riqueza en la tierra; segundo, para asegurarse la vida eterna, por la que en su aldea nadie daba ni la roña de una moneda del fondo de la tinaja de la taberna.

En 1185, John se disponía a embarcar, rumbo a Marsella y San Juan de Acre, para ponerse a las órdenes de un loco, Guy de Lusignan, el autoproclamado Rey de Jerusalén a la muerte de Balduino, empeñado en defender el reino al ataque, lanzándose contra Saladino. Antes, en su pueblo, John recibía las últimas instrucciones de Samuel:
- Ten mucho cuidado, hijo mío. Ser valiente es una cosa y ser incauto una muy distinta.
- No hay nada que temer, padre -le respondió el fascinado John-. Un ejército que marcha portando la cruz de Cristo no puede caer derrotado.
- Pero los hombres sí, John -a Samuel le preocupaban aquellas arengas, provenientes siempre de cebados curas sobre un púlpito o de soldados borrachos en una fonda, aunque no pudiera oponerse a ellas en público-. Toma, esta es la cruz que quiero que lleves. Aún no es tuya, lleva mi nombre y la quiero recuperar. ¿Me la traerás?
- Si la pierdo será porque he perdido antes la vida.
Y subiendo de un salto al bote, se perdió camino del barco. Era la última vez que vería Inglaterra, sería la última vez que su padre pudo abrazarle.
- ¿Qué decía exactamente el perro, Alí? -preguntó Salah ad Din a su adalid- ¿Lograste entender qué palabras eran?
- Sayyid, algo así como esta es la Cruz de Cristo, con ella no puedo caer -respondió el adalid, aún con la cara enterrada en su pecho-. Pero no podría decirte, había gritos, de ellos y nuestros...
- La Cruz de Cristo... -el sultán murmuró parte de la frase y volvió a entregar la joya a su general-. Mándala fundir y hazte fabricar con ella una empuñadura para tu espada. Y ándate con cautela; procura que a ti te proteja mejor que al que la trajo desde dondequiera que viniera.
Saladino no pudo disfrutar mucho de sus conquistas después, y Alá se lo llevo con él, porque no era invencible. Tampoco el adalid Alí, que murió años después en la emboscada que le tendieron a su guarnición unos falsos peregrinos que resultaron ser templarios bien entrenados. Ya había comenzado la cuarta cruzada y el fiero adalid pudo dar muerte con su hoja a seis de aquellos caballeros antes de caer atravesado por una lanza. Samuel se fue de este mundo sin saber qué fue de su hijo y esperando su retorno y el de su tesoro, la cruz invencible que no fue capaz de salvar a nadie.

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