domingo, 28 de mayo de 2017

Cruces del destino

por Merce López

Se adentraba cada vez más en la Galicia profunda
El golpeteo del cristal me despertó. La ventana se abrió de par en par empujada por la fuerza del viento. Fuera llovía a mares, y los rayos iluminaban de tanto en tanto la habitación. Estaba sudando y helada a la vez. Mi mano tocó en un movimiento insconsciente el otro lado de la cama para darme cuenta que estaba frío, intacto como cada noche desde hacía un año. 

Me levanté y fui al baño a refrescarme. Al mirar vi mi imagen en el espejo y noté que no quedaba ni rastro de la Elisa feliz de hacía dos años. La imagen que me devolvió era la de una mujer con diez más; donde antes había risa ahora apenas hay una mueca apagada. Solo brillaba la pequeña crucecita de plata de su cuello.

Y no, no pude seguir mirando. Apagué la luz y volví al dormitorio, que seguía iluminado por los relámpagos. Me senté en la cama, posé mis ojos en la estantería de enfrente, donde había unas cuantas fotos. Vi la de mi madre con el bañador de los años pum muerta de risa. También había varias de ellas de mis hermanos.

Pero la que siempre, siempre, llamaba mi atención era otra. ¡Ay! Suspiré. Una pareja, cogida de las manos, bajo algo que parecía una marquesina. Pero en realidad no lo era. Era una enorme cruz protegida por un tejado. Ellos estaban empapados pero parecía no importarles. Su cara lo decía todo. 
Entonces su cabeza retrocedió en el tiempo. Aquellos años que nunca se borrarían de su corazón:
- Marta, decidí que este año quiero viajar -decía una Elisa de trenzas y ropa algo desaliñada-. Pero quiero hacerlo de forma diferente, única, inolvidable -soltaba atropelladamente ante la atónita mirada de Marta, que no daba crédito a lo que su amiga le estaba contando-. Voy a a romper la hucha, sí, y cogeré el dinero que mi madre estaba guardando para mi ajuar. Total yo no me pienso casar. Así que es un desperdicio que se quede en el bote.
Porque sí, lo guardaba en un bote de mermelada. Así sin mucho pensarlo cogió una mochila, metió cuatro trapos, medio rotos, medio gastados que le había dejado su hermano Luis, y su libro preferido, cómo no, La Vuelta al  mundo en 80 días. Bajó despacito conteniendo el aliento por aquellas escaleras a las que le faltaba un cachito de madera porque el abuelo tiene un oído de primera. Así que llegó al rellano de la casa y sigilosamente se fue. Eso sí, dejando una escueta nota en la cafetera: Familly, volveré.

Poco a poco se fue alejando de aquella casa, caminó sin rumbo fijo y llegó a lo que parecía ser una estación de bus. Se sentó y se dijo:
- Ahora ¿para dónde voy?
De pronto  su mirada se fijó en algo donde se podía leer: Visite Santiago de Compostela.
-Total, como no tengo rumbo. ¡Qué más da! 
Ni corta ni perezosa, cogió el primer autobús que pasó por delante que iba con ese destino. Al final, el autobús la dejó en algo parecido a un camino que estaba marcado por una concha; la concha simbólica del camino de Santiago. Poco a poco, ya en tierras gallegas, maravillada por el paisaje, el verdor, el agua fría se adentraba cada vez más en la Galicia profunda. Estaba embobada mirando algo que le parecía maravilloso: agua, vacas, aire puro... y tan ensimismada iba que no se dio cuenta de que poco a poco en ese camino había más gente. Gente como ella con botas, ropas raídas, ropas cansadas... en sus ojos se reflejaba felicidad, búsqueda. En fin que se fue pegando a ellos y les preguntó:
- Perdón, ¿hacia dónde desemboca el camino? ¿falta mucho para Santiago?
- Chica, vamos para Galicia a ver el apóstol -una parejita muy amable y con acento sevillano le contestaron.
- Pero si ahí es donde quiero yo quiero ir -repuso ella.
- Únete a nosotros -la animaron.
Eran encantadores, la típica pareja que no se separa nunca, pues así eran. Al siguiente día se incorporó su hijo, algo fanfarrón, bueno, simpático también, y pícaro. Fueron pasando los días y fueron compartiendo más y más cosas.

Nada más verlo lo supe: era él. Todos mis esquemas se fueron rompiendo y creo que los suyos también; de no querer saber nada del sexo opuesto pasamos a ser inseparables. Fue el mejor camino de nuestras vidas.

Llegando a Santiago estalló una gran tormenta y empezó a diluviar así que Mario, porque se llamaba así, me tomó de la mano y nos refugiamos en lo que yo pensaba que era una marquesina pero no lo era. Era una enorme cruz bajo un tejado. Allí empapados hasta los ojos me pasó la mano por el hombro y así, socarronamente me dijo: 
- Elisa  eres la mujer de mi vida ¿te quieres casar conmigo?
- Sí, sí, sí
¡Ay! ¡Dios! ¡Qué días más felices!¡Qué bien lo pasamos! ¡Qué años! ¡Cuántas promesas! ¡Cuánta vida!¡Cuánta ilusión!

Pero desgraciadamente una cruz nos unió y otra nos separa. En esa última hay flores, lágrimas y desconsuelo.

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