miércoles, 4 de abril de 2018

El avión de papel

Por Colorado Jim

Desde el accidente en que perdió la vida la pareja de Celia, ésta se encontraba sumida en un estado de locura. No salía de la casa de su madre donde se fue a vivir al quedarse sola, no hablaba con nadie y a su puesto de profesora no volvió desde la baja laboral.

La mayoría del tiempo lo pasaba echada en la cama con la mirada pérdida en el techo, evocando los recuerdos del año y medio que habían estado viviendo juntos y a veces su cara se transformaba en algo parecido a una amarga sonrisa, volviendo al momento a ponerse seria mientras de sus ojos fluían lágrimas de amargura que bajaban por su cara mojando la funda de la almohada. A menudo se sentaba en la mesa donde había estudiado en su época escolar y abriendo un cajón, sacaba un papel tamaño folio y un bolígrafo y se ponía a escribir unas palabras que se convertían en bola de papel al instante, dejándola caer al suelo sin preocuparse en donde caía.

Adela, madre de Celia, estaba en la cocina cuando sonó el timbre de la vivienda y secándose las manos con un paño de cocina abrió la puerta y dijo al ver de quien se trataba:
- Hola Fuensanta, pasa.
- Solo un momento Adela, que vengo de hacer la compra y tengo que preparar la comida que ya mismo está Antonio aquí y quería saber que le dijo ayer el médico a Celia, ya que ayer estuvimos en casa de mi madre y venimos tarde y no quise molestar a esas horas.
- Pasa y te cuento.
   Una vez en el salón, Adela le comentaba con los ojos húmedos por la pena:
- Después de que el medico revisara a Celia me dijo lo mismo que otras veces: que solo era una especie de locura transitoria producida por el shock que le produjo la muerte de David y que cualquier día  volvería a ser la que era, aunque la recuperación será algo lenta.
- Adela no llores y ten paciencia que ya verás como cualquier día se produce el milagro y Celia volverá a dar clases en su colegio como lo hacía antes –Aconsejó Fuensanta, al ver como Adela lloraba.
- Perdona Fuensanta, pero es que ya no puedo más con esta situación, como sabes estoy sola y mi otro hijo está en el extranjero trabajando. Mira donde lleva tres meses así y si yo no le digo vamos a comer ni siquiera se acuerda.
- Ya te tengo dicho que me llames cuando me necesites para algo ¡somos vecinas y Celia y yo siempre hemos sido muy buenas amigas! Voy a ver qué hace...
- Ve despacito y verás cómo tiene la habitación, que no gano para folios y cuando vengas te voy a enseñar una cosa.
Fuensanta asomó la cabeza y se quedó asombrada al ver que el suelo de la habitación estaba lleno de bolas de papel.

Con suavidad dio un par de golpes en la puerta para ver como reaccionaba Celia, pero ésta seguía con la vista fija en la mesa. 

Fuensanta se acercó hablándole pero sin ningún resultado: ella seguía con la vista fija sobre un papel que tenía varias líneas escritas y viendo que su amiga seguía igual, optó por salir de la habitación con bastante pena y a punto de llorar.
- ¿Has visto Fuensanta? Está obsesionada con la escritura, ahora verás. Hoy me he encontrado en su habitación un avión de papel lleno de palabras y me gustaría saber qué es lo que dice. Anda… léemelo que yo no sé leer -comentó Adela mientras abría un cajón, extrayendo de su interior un avión de papel y dándoselo a Fuensanta le animó a que lo desarmara y le leyera su contenido.
Fuensanta desplegó el papel y después de repasar el escrito con los ojos húmedos comenzó a leer.
- ¡David mi amor! ¿Dónde estás? ¿Por qué me abandonaste y me dejaste sumida en este pozo oscuro y profundo del cual no puedo salir? Mi corazón sufre y está lleno de angustia y dolor esperando que algún día vuelvas a llenarlo con tu presencia. Aún noto tu perfume embriagando todo mi ser. Tú que siempre decías que me querías y yo tonta de mí me lo creí. Recuerdo el día que nos conocimos: era víspera de San Valentín; pasamos toda la tarde juntos y el día de los enamorados me regalaste un ramo de rosas y me invitaste a cenar en ese restaurante donde tantas veces hemos ido hasta que tú decidiste marcharte.
Fuensanta por un momento dejó de leer. El motivo era que en el resto del papel había dos círculos grandes como si algún líquido hubiera caído, haciendo difícil su lectura. Fuensanta mientras intentaba descifrar las palabras pensaba que aquello había sido producido por las lágrimas de Celia y mirando a su vecina le dijo mostrándole la carta
- Adela me es imposible seguir leyendo, está borrado.
Adela se abrazó a su vecina llorando, mientras decía:
- ¡Fuensanta, qué pena de mi hija! Todavía no es consciente de que David ha muerto y que jamás volverá.

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