jueves, 1 de noviembre de 2018

El alma perdida

por Lourdes Siles

En muerte porque no pude,
en vida porque te eché.

Son las doce de la noche, esa noche que marca un antes y un después, que olvida un día y renace con la luna llena despejando los miedos.

Víctor mira hacia el cielo estrellado, y lo nota un poco raro, quizás las incesantes noches que pasa clavando sus ojos en el cristal de su ventana se han apoderado de sus pupilas dilatadas. Se siente como encantado, pero no sabe, que esa noche, algo robaría su encanto.

Tres días después el reloj vuelve a marcar las doce horas, señalando que acaba el día y que debemos dormir al sueño. Víctor se encuentra en su habitación desconcertado, no nota sus manos, ni el calor que suelen desprender una fría noche de otoño.

El cielo se torna gris y los árboles toman coraje bailando al son del viento, para más tarde ser arrancados de raíz por la madre naturaleza. Víctor siente miedo pero no a su cuerpo, no siente movilidad cuando intenta escapar de la tempestad.  Cierra los ojos muy fuerte y espera a que todo pase.

Tres años después de aquella noche, Víctor no puede reconocer su rostro, huele a tierra mojada y está lleno de barro. Su ropa mojada no transmite esa sensación  de humedad al cuerpo como solía hacer, y sus dedos son finos y delgados. No recuerda haber estado tan débil y a la vez tan inmóvil. 

Después de varios días, vuelve a sentir latir el corazón, doliente en su pecho huesudo que intenta abrirse paso entre las cavidades. Es lo único que siempre ha sentido. 

Entonces ocurre, despiertan sus labios y pronuncia lentamente: en   muerte porque no pude, en vida porque te eché.

El cielo empezó a llorar y y al compás, se abrió un ataúd, asintiendo el perdón y perdonando, una noche de muerte y eternos sentimientos.

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