Quijotes desde el balcón

martes, 28 de diciembre de 2010

Desde La Oscuridad (relato de Gloria Cobo Pérez)


DESDE LA OSCURIDAD

No sé aún si mi percepción de estar inmersa en el ritmo matutino viene condicionada por la profusión de contactos que ejercen sobre mi cuerpo y sobre los elementos que, ajenos a mi persona, entran y salen de mí, o más bien se trata de esa pequeña diferencia que, a través de mis párpados, acuso en la luz.

Después de todo, tengo suerte. Soy una de las pocas residentes en una unidad de cuidados intensivos que cuenta con luz natural. No sé si este detalle, que muchos gestores de la antigua escuela pudieran pasar por alto, es determinante en una mejoría y acortamiento de la estancia de sus usuarios (lamentable uso del término; ¿qué persona en su sano juicio querría usar un respirador de última generación, que abrasa la garganta, estira los pulmones y limita la voluntad más primaria?). No tengo datos comparativos. En mi limitada experiencia profesional nunca pasé por una unidad de críticos y hoy por hoy lo único que tengo como referencia para hacerme una idea de si se funciona bien o mal son los comentarios de Marta, la compañera que está fija de mañanas, cuando exclama que ya tiene otro fiambre que amortajar, o cuando tras varias semanas de tensa espera, la evolución de otro de los sufridos usuarios no es ni positiva ni negativa, pero ya no requiere un consumo de recursos materiales y humanos tan abusivo y se puede conformar con un poco menos en una unidad de crónicos, o “vivero”; me permito usar este cruel término, al que en ocasiones me he podido referir con hilaridad cuando he tratado de suavizar la tensión del a veces ingrato quehacer del profesional de la salud.

En los mejores momentos, sin embargo, puedo escuchar la voz del resucitado, aún débil y temblorosa porque acaba de salir de la cueva, deshaciéndose en elogios por el trato percibido, del que ha sido consciente sólo en una parte. Conocedor de su alta en la unidad, pasará a un sitio en el que le invadirán menos y le cuidarán menos, porque será menos vulnerable.

Entonces siento tristeza, porque yo aún estoy aquí, pero también alegría, porque esa persona está más cerca de la luz.

Luz que la madre del candil, la cuidadora nata, ofrecía a los pobres soldados de Crimea como quien aplica hoy el remedio más novedoso, condensador de las últimas esperanzas en la curación. Algo tan simple como el aire puro, como el agua limpia, como la luz natural. Poner los remedios al servicio de la naturaleza, para que sea ella la que impulse la autocuración.

Luz, tamizada por la red de capilares de mis párpados. Luz roja, luz cálida que me induce a sentir una cierta templanza que se extiende por mis sienes, mejillas, frente y labios. Como si estuviera tendida en una playa de fina arena, bajo un sol otoñal que aún conserva el rescoldo de su explosión veraniega y va colonizando todo mi cuerpo. Mi cuerpo, porque en este momento mi cuerpo es mío, y no es objeto de cuidados, ni sujeto a una máquina. En un “deja vü” de la mente, alcanzo a captar el aroma de la brisa, que viene a traerme partículas de sal y esencias de los árboles no muy lejanos. El sonido de las olas me acuna en un vaivén ritual que me induce al estado de trance. Aire, luz, agua… Va y viene. Interrumpido por el aleteo y el graznido lejano de gaviotas. Viene y va. Ahora quiero sentir en la piel el contacto de la lengua espumosa del mar. Viene y se va, y ese sonido que me subyuga, esa música de dioses que…

Peep, peep.

Peep, peep.

Otra vez la alarma. Se entiende que estoy más rebelde de la cuenta y lucho contra el respirador. Consideran que no es conveniente y me meten un chute de químicos que me sume en la oscuridad, en el olvido, de mí, de todo…

Pero esa brecha que se abre en el alma es como la herida en la piel que, más o menos grave, termina por cicatrizar. Deja su señal, queda en el recuerdo, pero nos indica la admirable capacidad de regeneración y de superación que tenemos las personas.

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- Carmen, ¿le hacemos ya la higiene a Teresa?

- Termino en un segundo con la medicación de Andrés. Tengo que reprogramar la bomba y colocar una nueva perfusión de dopamina. ¡Ah!, recuerdo que la madre de Teresa no puede participar hoy de su higiene, dijo que tenía que arreglar unos papeles.

- ¿Cómo la ves?

- En la última sesión clínica el intensivista fue optimista con su evolución. Muestra muchos signos esperanzadores.

- La verdad es que tiene otra luz en la cara. Admiro el coraje de los que luchan tan fiero contra la muerte.

- Venga, Marta, no te pongas sentimental y prepárate para hacer uno de esos masajes sólo tú sabes dar. Tenemos en la UCI un muestrario de pieles de melocotón lustrosas como no se ven en muchos de nuestros compañeros…

(Susurrándome Marta en el oído, mientras se dispone a trabajar conmigo)

- Venga, Teresa que ya mismo estás de vuelta.


Gloria Cobo Pérez



miércoles, 22 de diciembre de 2010

El bus de la risa (Por Alfredo Luque)

La gente reía mientras esperaba el autobús. Era dificil de imaginar, pero ahi estaban. Riendo. Como si pasaran el tiempo. La música iba y venia en bucles navideños anunciando las fiestas del consumo humano y divino. ¿Se reian quizas de si mismos? o era del Conductor... Nunca lo supe a ciencia cierta. Ahora, yo yacía en aquel callejón con un tiro en el abdomen, desangrándome, mientras las ambulancias pasaban de largo con sus sirenas locas, perturbando al vecindario en un eterno devenir. Hasta Lucas, el perro lanudo del indigente aquel, pasó a lamerme las heridas, cabizbajo y taciturno, entre los cubos de basura, más bien, buscando algún que otro hueso que roer. Me pregunto como pudo pasarme esto a mi, y sobre todo, el dia de Navidad. Yo solo pretendía subirme a aquel autobús que iba a Coney Island, y os juro, que no me iba a reir, por grotesco que pareciera. Pero, fallé y arrojé mis maletas en el autobus y lo hice, si. Me rei. Y a carcajada limpia. Y, aunque no eran maletas, sino bártulos convencionales, de aquellos que te sobran cuando te acabas de divorciar, los arrojé dentro de aquel autobús. Nueva York era una ciudad grande y oscura a aquellas horas. Quizás demasiado grande para los propósitos de un Gigoló como yo, con un tiro en el abdomen, que confundia Limousinas con souvenirs en Central Park. Y todo ello para acabar en este sucio y maloliente callejón, desde el cual podía ver la parada del autobus, con gente en su interior, riendo...

martes, 21 de diciembre de 2010

Lecturas (resumen de lo mejor del año) del blog de relatos



La lengua española, en toda su amplitud, la amistad, el asociacionismo, los cafés, las cañas, las risas, nosotros que nos pringamos, VOSOTROS que nos seguís..., espero que en el 2011 inflemos este globo de palabras e imaginación "munchísimo" más

MUCHAS GRACIAS POR TODO ESTE AÑO DE APOYO AL BLOG Y A SUS LECTURAS.

FELIZ NAVIDAD Y FELIZ 2011

jueves, 16 de diciembre de 2010

Recopilatorios a finales de año (Imprescindibles)



Como sabéis los miembros del blog de relatos cortos "Entre Aldonzas y Alonsos" se han reunido a lo largo del año en el Café-Tertulia Casablanca para leer lo mejor de cada cierto periodo de tiempo. Por eso, como ahora es una época de recopilaciones y de sacar de cada uno lo mejor del año, hemos hecho una pequeña selección de los administradores habituales del blog para leerla el próximo lunes 20 a las 17:00 h.
Estáis TODOS invitados.
Feliz Navidad y 2011
(y que "la palabra y la imaginación" no descansen nunca)


martes, 14 de diciembre de 2010

Cuidando las formas

(Va a ser dificil competir con Rocío y Raúl, pero ahí va este relatillo...)
Durante mucho, mucho tiempo Anselmo, que había sido inmigrante ilegal en Estados Unidos llevaba boina por la calle. Pero no a la manera del Che Guevara, que queda muy guerrillero y molón. No. Llevaba boina a la manera de su abuelo de TorredelCampo, es decir, como un auténtico cateto. Le habría fastidiado que el Ayuntamiento de Stony Brook o de Port Jefferson, o de Wateville, o de Columbia, los municipios donde vivió aquellos años, hubieran prohibido el uso de la boina en los espacios públicos. Si los Ayuntamientos de los pueblos en los que trabajó entonces no le hubieran permitido entrar en los amplios vestíbulos con ella por considerarla denigrante e incompatible con su dignidad de persona, se hubiese ofendido. Habría pensado que aquella limitación demostraba una vez más la arrogancia estadounidense.
Anselmo no llevaba boina por razones estéticas. La boina no es una prenda que le gustara especialmente y además a él le sentaban fatal los tocados. La llevaba por motivos sentimentales e ideológicos. Se la había comprado en la Plaza Mayor de Madrid, en la pequeña sombrerería de la esquina, cuando le llevaron sus hijos a ver la capital y le tenía cariño. Llevarla encima era una manera de no cortar el cordón umbilical con sus raíces, con su cultura. La llevaba también como reacción a la "cap" estadounidense, esas gorras con visera tan populares allí, con los anagramas del FBI o los Yankis de Nueva York. Llevar boina era una forma de resistencia frente al imperialismo de lo genuinamente americano. Una reivindicación cultural. De su pueblo y de él.
Pero como sus compañeros le repetían que estaba muy feo con boina, terminó por dejarla en casa. Pero si un grupo de políticos descerebrados hubiera legislado contra su manera de vestir prohibiendo las boinas, pero no las caps, los verdugos o los gorros de montaña, hubiera sacrificado todo su "sex-appeal", de cejijunto pueblerino  y habría hecho de la boina su particular bandera. Su idiosincrasia. Un "affaire" en toda regla y en pleno corazón de Manhattan.

LA RIÑA (por Emilio Sánchez)



Relato Corto del escritor alcalaino Emilio Sánchez, autor de la exitosa novela histórica "El Escudo Nazarí" y la recientemente publicada "Cuentos del Condestable" disponibles ambos en nuestras librerías locales.

LA RIÑA, por Emilio Sánchez.



Corrían los años cincuenta en aquella apaleada Andalucía rural de la posguerra –eso de corrían es un eufemismo; más que correr parecía que se arrastraran penosamente- y a la gente, con el pan escaso, racionado, y los bolsillos vacíos, los días se le hacían muy largos, interminables, ya fuera por estar mano sobre mano, esperando que ocurriese el milagro de que alguien les llamase a trabajar, o, todo lo contrario, por tener trabajo, demasiado, y deslomarse de sol a sol.

Pero… ¡qué leñe!...de alguna manera habría que distraerse de las miserias -las cartillas de racionamiento no daban para muchas alegrías- así que cada quien se las ingeniaba, ya fuera haciendo de pujarero, en las rebuscas, la caza, o qué se yo, el hecho es que el que más y el que menos acababa en alguna taberna donde ahogar sus penurias en vino barato. Como complemento, unas partidas de brisca con el atractivo de que con ellas se dilucidaba el pago de la consumición. Generalmente, lo que se jugaba era un medio litro de blanco Valdepeñas -un litro en partidas de postín-, servido en un ennegrecido, por el mucho uso, jarro del recién inventado plástico y con un único vaso que circulaba, de boca en boca, entre los jugadores y algún parroquiano voluntario que servía y así participaba del convite. Para acompañar al caldo –en su doble acepción, vino y caliente- unos trozos de bacalao salado -que entonces era barato- o un tomate picado, si era estación.

Aquel día, Valico Rosalío, hombre simpático donde los haya, y por lo general de talante amable, no estaba de humor. Le habían cascado cuatro partidas y culpaba a su compañero, a los contrarios que le pareció que hacían trampas, e incluso a alguno de los mirones por no sé qué comentario delator.

Al salir de la taberna se despidió con una sarta de improperios y, tambaleándose, inició el regreso a casa donde hacía dos días que le esperaban. Valico era así, se sabía cuando salía pero nunca la hora de su vuelta. Tenía buen corazón pero le perdía el vino. Se había aficionado a él desde joven y, aunque todos los días prometía dejarlo, si pasaba por la puerta de algún tugurio –lo que era casi inevitable- ya estaba perdido: una fuerza irresistible le empujaba hacia dentro. Luego, después de la primera, ya había que recorrer todas las estaciones y su periplo podía prolongarse por días.

Zigzagueando, tomó el camino de tierra maldiciendo, enfadado consigo mismo y con el mundo entero. Su propio yo discutía con el ausente compinche de naipes por aquella mala jugada: “si hubieras echado el as, no nos habrían matado el caballo y no habrían sacado la brisca, pero como eres un cochino cabezón no lo echaste y esos bandidos…nos ganaron la partía y encima… el cachondeo. ¡Los mu cabrones!

Y así, bandeándose de lado a lado del camino, parándose cada tres pasos para discutir, lentamente, avanzaba. Como recuerdo de su escapada restos de barro y vómito salpicaban su indumentaria, unos arrugados pantalones de pana, una camisa con algunos zurcidos y más botones huidos, y una sudada pelliza de grueso paño, cuyo cuello adornaba con la piel despeluchada y mal curtida de un zorro que cazó con la “jumosa” un lejano día que le cogió sobrio. Hacía tres días que no había comido otra cosa que algún trozó de aquel bacalao salado, pero se mantenía en pie gracias al alcohol, aunque su cara de pergamino estaba más demacrada que nunca por más que su barba entrecana de varios días se empeñara en esconderla.

A su enésima polémica, empezó a llover. Sin haberlo notado el cielo se había ido llenando de nubes, luego se puso negro, de tormenta cerrada, y cuando llegó a la Venta, su próxima parada, ya no llovía, diluviaba. Parecía como si toda el agua del mundo la estuvieran vaciando allí, a cubos, a espuertas…precisamente sobre su cabeza, sus hombros, sus costillas, su... Sin embargo, a Rosalío aquella manta de agua parecía no importarle, él seguía con su gresca aunque ya no viese lo que tenía a un metro por delante. Por suerte, el camino se ensanchaba justo junto a las paredes del edificio, precisamente por donde subía una borrosa figura con la que, de no apartarse, inexorablemente iba a tropezar.

Cuando estaba borracho, es decir, casi siempre, Valico era valentón y camorrista, así que con sólo intuirlo le salió la vena agresiva y se plantó en jarras ante el que se acercaba. Aún no podía haberlo reconocido, era seguro que la cortina de agua y la borrachera se lo impedían, pero…

-¡Apártate o te aparto yo! –estalló como un trueno más de la tormenta.

El otro era Félix, el Gato, de los Gatos de la Cerradura, otra buena ficha. Si valentón y camorrista era Valico, Félix no le iba a la zaga. También había trasegado lo suyo y tampoco era su día. Cuando escuchó su reto, a pesar del frío, a Félix se le erizaron los vellos, se le encrespó el ánimo y en el mismo tono, respondió:

- ¡Tendrías que tener más cojones!

- ¡Cojones! Cojones me sobran con un mierda como tú. ¡Apártate!

El problema no era de espacio, por aquella parte del camino no sólo podían pasar los dos a la vez sino todos los habitantes de la aldea, incluidos burros y ovejas. El problema era que había que demostrar quién era el más macho.

- Apártame tú, valiente. Vamos a ver qué güevos tienes –agregó Félix, para terminar de liarla.

A esto Valico mete mano al bolsillo de la pelliza y saca una navaja albaceteña de muelles y a dos manos la fue abriendo despacio, casi recreándose. Cra-cra-cra-cra-cra-cra-cra. El arma crac-queó siete veces, una por cada uno de los muelles. Más que navaja parecía cimitarra morisca y, con ella en la mano, a pesar del peso de la empapada pelliza y de que empezaba a tiritar, Valico se creció.

- ¡Pues apártate o tendré que abrirte en canal como a los cochinos en la matanza! –amenazó.

¿Qué Félix se arrugó? ¡Pues claro que no, bueno era él! Al contrario, metió mano a la faja y sacó una chotera descomunal. De las que para liquidar a un animal se tarda un suspiro. Era aguda, fina, larga, afilada…

- Yo a los burros como tú les saco las tripas –respondió, en un tono retador que no dejaba lugar a dudas.

Las voces, a pesar del estruendo de la tormenta, resonaban en las paredes del caserío como martillazos sobre tambores gordos. El herrero, alarmado, soltó en la fragua la pieza que trabajaba en el yunque y, machota en mano, se asomó a la calle. La escena que entrevió le llenó de alarma.

- Aquí va a pasar una desgracia –aseguró a su mujer, y, decidido, salió a la calle dispuesto a terminar por lo sano con la pendencia.

Aquel hombretón, de casi dos metros de alto, 120 kilos de músculo ejercitado y un marro en la mano debía imponer respeto… ¿no? ¡Pues no! En llegándose a los dos contrincantes, Félix, que era el más cercano, poniéndose de puntillas, se alzó, y le arreó un bofetón tan fuerte a aquella mole de ferralla que rebotó y fue caer al encenagado suelo, momento que aprovechó el grandón para, con el rabo entre las piernas, salir hacia a la fragua con tanta bulla que por poco pierde la machota.

- ¡Que los zurzan! – exclamó al entrar, tratando de aparentar indiferencia para disimular el canguelo ante la mirada inquisitiva de su costilla.

Entretanto, Félix trataba de localizar en el barro a su chotera que obviamente se le había escapado de la mano al esfuerzo del guantazo. Cuando la encontró, la lavó con lluvia y, agarrándose a los pantalones del otro, se fue incorporando, cosa harto difícil, pues a punto estuvieron los dos de irse rodando camino abajo. Sin embargo cuando de nuevo estuvieron frente a frente, ahora mucho más cerca, casi nariz con nariz, se reconocieron, y, por un momento, surgió la duda, pareció que se iban a olvidar de su pendencia, incluso Valico había bajado la albaceteña, pero lo que son las cosas del vino, del orgullo, de la honrilla, de la hombría…de pronto recordaron que algo tenían que demostrar, que aquello no podía terminar así…sin más ni más, y Félix exclamó:

- ¡¿Qué?!

¿Para qué lo diría? A Valico nuevamente se le incendiaron los ojos.

- ¡Que te apartes, cabrón!

- ¡Se va a apartar tu puta madre!

Nuevamente empecinados en no ceder ninguno, a pesar de conocerse y ser casi amigos, se enganchan por las solapas y entre empujones e insultos van a parar junto a las paredes de las casas, precisamente bajo las canales. El agua, que éstas descargaban de los tejados, había ya formado una barranquera en el piso de tierra y dentro de ella, cuan largo era, fue a parar Félix y, sentado sobre su estómago, apareció Valico. Mientras forcejeaban, las navajas, o se les cayeron o las tiraron. En realidad…al no agallinarse ninguno… ¿para qué las querían? “No iban a matarse por una tontería”, además que ninguno era capaz de matar a una mosca, pero tampoco había que dar el brazo a torcer, por eso allí estaban insistiendo en los pescozones y manotazos. Tendido como estaba en el reguero, a Félix le entraba un río por el cogote y le salían torrentes por los perniles y por las mangas, mientras que Valico se duchaba bajo la cascada y soplaba agua en los ojos del otro. Tras unos minutos en semejante posición Félix, en un desesperado esfuerzo por no ahogarse, dio vuelta a la tortilla. Ahora era Valico el que se ahogaba en el reguero y el Gato quien lo cabalgaba. Permutando la posición, ya arriba, ya abajo, llueve que llueve, puño que viene, insultó que va, estuvieron un buen rato hasta que la tormenta pasó y con ella se llevó las borracheras y, con ellas, las ganas de reñir. Por aquella tarde lo dejarían en empate o, si acaso, para la próxima borrachera.

Cuando se levantaron del lodazal, la pelliza de Valico era como una gigantesca esponja; el hombre ya no podía caminar por el peso del agua que acumulaba. Félix, haciendo de buen samaritano, le ayudó y dos cogidos fueron a colocarse bajo el canalón para quitarse algún barro de sus cuerpos enfangados. Cuando terminaron de su improvisado aseo, la piel apareció llena de arañazos y, sobre todo, tan arrugadita que parecían dos garbanzos tras una noche en remojo, para colmo les entró tal tiritera que a la herrera le pareció que podían enfermar, así que rogó al herrero. Éste dudó, lo estuvo pensando un ratito, pero luego olvidando el manotazo y su miedo, les gritó:

- ¡Anda, entrad!

Al final el buenazo del gigantón avivó el fuego de la fragua y junto a ella los puso a secar como si fueran dos morcillas recién hechas. Para tonificar sus cuerpos ateridos, la herrera les preparó sendos ponches, de huevo crudo con vino, que el vino no les debía faltar.

lunes, 13 de diciembre de 2010

RELATIVIDAD

(Self Portrait With A Beret, Claude MONET)

Aquella tarde, mientras paseaba por una calle contigua a Los Campos Elíseos, su mente estaba en blanco, sus ecuaciones, hipótesis, formulas matemáticas y razonamientos no existían, tan solo tenía ojos para ese sol anaranjado que se ocultaba casi sin querer en el horizonte de aquella maravillosa ciudad. Corría el final de la primera década del siglo XX cuando un, ya acelerado, profesor de de la universidad de Berna (Suiza) había sido invitado a dar unas conferencias en París por sus recientes descubrimientos sobre la Relatividad Especial y sus avanzadas pero aún inconclusas hipótesis sobre ésta.

Allí estaba él, Albert Einstein, mordisqueando unos barquillos de canela que acaba de comprar y absorto mirando un escaparate de complementos que había justo enfrente. Le había llamado la atención una oscura y amplia boina que tenía un cartelito debajo con el precio y una breve explicación del artículo en cuestión. Se acabó los barquillos justo antes de que el sol se ocultara del todo, y ya, con el escaparate de la tienda totalmente iluminado, se acercó para observar la boina con más detalle. “Recuerdo de Monet, compañera inseparable de su musa inspiradora en el cuadro “Los Nenúfares”.

Einstein se quedó un rato contemplando esa boina y recordando con la mente cuales habían sido sus musas en sus primeras investigaciones científicas y como una simple boina, se podía hacer imprescindible a la hora de prolongar la inspiración durante la creación de una obra de arte. Sin más, revisó el dinero que le quedaba en los bolsillos, llevaba poco pues iba de ponente y con casi todos los gastos pagados por la organización de las Jornadas sobre Física Emergente, y sin más dilación entró a comprarse aquella fuente de ideas e inspiración. El vendedor le estuvo contando que fue un donativo personal del famoso pintor a la tienda, y que corrían malos tiempos de ventas y decidió ponerla en venta. El pintor, tenía ya una fama y reconocimiento mundial importantes, así que el precio de la boina 2950 fr. era demasiado para un científico aún resurgiendo. Einstein le explicó al vendedor y dueño de la pequeña tienda que estaba dando unas charlas en la universidad y que con lo que el gobierno francés le pagara le pagaría la boina. Le dejó anotado una dirección, un número de teléfono y sus datos personales, pero ni aún así, el humilde vendedor no se fió de aquel extraño y convenció a su cliente de que se la guardaría hasta llegado el momento él volviera, con el dinero. A la segunda mañana de aquel amago de compra, Einstein ya tenía anotado en su orden del día, volver a la tienda junto a los Campos Elíseos para adquirir aquella boina antes de volver a Berna. El comprador, sabedor de que el cliente volvía a por su compra, se mostró esta vez mucho más cordial y atento con el emergente científico, e incluso le ofreció uno de los bollitos rellenos que su mujer le había preparado para el desayuno. Y así se quedó su relación comercial zanjada.

Ya en su asiento del tren, dormitando con la cabeza apoyada en el aún empañado cristal de la ventana, Einstein sacó de una caja de cartón su reciente adquisición y se la probó, y en breve cayó dormido con ella puesta.

Al poco de estar soñando, comenzaron a correr por su mente (en sus sueños) unos destellos de luz, unos números corrían detrás de otros y todos chocaban bruscamente en un amplio cruce de caminos, y cada vez más destellos y más números chocando a mayor velocidad, y de pronto, sobresaltado, Einstein se despertó cogió su pluma y papel y empezó a escribir y a expresar con palabras todo lo que ese sueño le había sugerido, y así surgió su Teoría final sobre la Relatividad Espacial. Con los ojos absortos, sudando y sediento, se quitó lentamente la boina, la volvió a meter en la caja y se quedó inmóvil, con las manos temblorosas, impresionado de la relación imaginaria que acababa de hacerse entre el hecho de ponerse esa boina y la fluidez de ideas interrelacionadas que le habían llevado durante aquel sueño a formular aquella tesis.

domingo, 12 de diciembre de 2010

El trampolín

-¡Triple salto mortal con tirabuzón a la derecha hacía yo cuándo tenía la mitad de años que tienes tú!- Repite Felisa cada vez que voy a visitarla a la clínica. Es mi paciente preferida.
- Felisa, tú nunca has sabido nadar.
- No, nunca…- Deja pasar veinte segundos y sigue- desde lo alto del trampolín podía ver kilómetros a mi alrededor me sentía… ¡la dueña del mundo!
Yo voy para obligarla a moverse, terapia de rehabilitación, por una extraña caída desde un tercer piso lleva cincuenta años viviendo un ensueño y a los sesenta y muchos, le cuesta moverse, comer y hasta respirar.
- Felisa, ponte de pie, vamos a dar un paseo.
Pero de un manotazo me empuja de vuelta a la silla.
- ¡Déjame volar! Cómo cuándo por fin me decidía y me lanzaba a la piscina… Mientras caía tenía tiempo de imaginar que era un pájaro, una golondrina, que en unos cuántos aletazos era capaz de huir hacia tierras mejores. Luego llegaba al agua y al sumergirme…
- Felisa, hoy estás dispersa, eh!! ¿Has tomado la medicación?- Pero ella sigue en su mundo inventado.
- ¿Tú quién eres? ¿Qué haces debajo del agua? Desde lo alto del trampolín no te había visto. Me gusta estar aquí bajo el agua, escondida…- Entonces mete la cabeza entre las piernas y de una sacudida se pone en pie- ¡Una pena que haya que salir afuera para respirar!
Y comienza a mover los brazos y las piernas como si verdaderamente estuviera metida en una piscina, manteniéndose a flote. De repente para y vuelve bruscamente a sentarse en el sillón.
- Felisa, ¿Qué ha pasado? ¿Por qué has salido tan pronto del agua?
- ¡Viene mi padre! He visto su boina acercarse desde el otro lado de la calle. Cuándo me vea así… mojada, ¡Me va a dar una paliza! A él no le gusta que nade, ¿Sabes?
- Pero Felisa, tu padre murió hace años, tranquila, no llores.
- Trae la boina azul, la que cogí yo el otro día para jugar.
- ¿Azul? ¡Qué color más extraño para una boina!
- Es que mi papá trabaja con uniforme azul y pidió a mi madre que le comprara una del mismo color, a él le gustaba mucho. ¡Fue una pena que la “perdiera”! ¡!¡Jajaja!¡!
Y comienza a reír desenfrenada. Se agita en el sillón asustada y farfulla:
-Yo no, no fue así, yo es que, a mi me…- Para entonces ya me he dado por rendida, imposible sacarla a pasear, ya sólo puedo escucharla- ¡Fue una voz la que me dijo que lo hiciera!: ¡Salta, salta, salta! ¡Corre, corre! ¡Que viene! Así que como había imaginado mil veces antes, salté desde el trampolín improvisado de mi ventana en el tercer piso a la calle…¡!¡Jajaja!¡! ¡Mi padre no me cogió nunca! Mira, mira, aquí tengo la boina- Y me enseña un bolsillo vacío- Él nunca la recuperó ¡!¡Jajaja!¡! fue mi venganza a sus gritos ¡Y cómo se atreva a tocarme otra vez le escondo los zapatos!
- Felisa, tengo que irme vuelvo el jueves, a ver si tienes más ganas de pasear.
- ¿Ya te vas? ¡Creía que ahora íbamos a nadar un rato!

sábado, 11 de diciembre de 2010

Being David Hasselhoff

Ernesto siempre se había sentido raro, extraño, como si fuera otra persona encerrada en su cuerpo. Su infancia y preadolescencia fueron más o menos normales, como las de cualquier otro chaval de su edad. Sin embargo cuando empezó a salirle pelusilla en la cara y en el cuerpo, esa sensación de ser otra persona se hizo más patente.

Ese fin de curso, como todos los anteriores, estaba preparando la obra de teatro de su clase. Siempre lo llamaban a él. Tenía un talento innato para la interpretación. Más de un año hizo llorar a padres y madres con sus papeles dramáticos. Otros años los elegía cómicos y también llenaba de lágrimas el auditorio, pero en estos casos de carcajadas.

Aunque ese año pasó algo que le cambió la vida para siempre.

Los ensayos fueron excelentes. Los profesores salían de ellos con el corazón encogido. En varias ocasiones en las que ensayaba la muerte de su personaje por un impacto de meteorito sacaron los móviles para llamar a urgencias. Tal era el realismo con el que Ernesto interpretaba su papel.

Y llegó el gran día. El Día. La representación. El auditorio estaba a rebosar. No sólo había padres y madres de alumnos, sino que también habían llegado gentes de todos los pueblos de alrededor. En un sitio tan pequeño los teatros del colegio era uno de los eventos más importantes del año. Y si encima actuaba Ernesto más aún. Se fletaron autobuses para acudir al evento. Desde Madrid incluso vinieron actores para ver con sus propios ojos lo que llevaban años escuchando.

Se alzó el telón.

Apareció Ernesto con su traje de astronauta andando con dificultad en un mundo ingrávido. De repente algo paralizó su cuerpo. Se puso tieso como un palo y se desabrochó la cremallera del mono hasta casi el ombligo dejando a entrever una mata de pelo que bien podía ser un gato siamés en celo. Su cabeza comenzó a girar de forma espasmódica, incontrolable.

En el público unos pensaban que era parte de la interpretación y quedaron impresionados. Otra parte del respetable directamente creían, y con bastante acierto, que se había vuelto gilipollas. "Cosas de la edad" se decían.

La escafandra de su disfraz de astronauta salió disparada por los movimientos y Ernesto se quedó mirando fijamente al público con la cabeza de medio lado. Esa pose fue la última que pudo poner en su vida. Desde entonces le resulta imposible mirar de frente a nadie. Siempre con su medio perfil.

El profesor que hacía las funciones de apuntador desde un extremo del telón le hacía aspavientos. "Ernesto, cojones, di tus frases ya, que nos estás dejando en ridículo".

Ernesto lo miró fijamente... de medio perfil, y volvió a dirigirse al público. No dijo nada, sólo miraba de medio perfil y se iba bajando la cremallera del mono.

Finalmente se quitó la parte de arriba abrumando al público con una mata de pelo que más parecía un exoesqueleto de peluche. Y siempre de medio perfil, aunque esta vez lo acompañó con unos morritos más propios de las fotos chonis del tuenti.

"Ernesto, por tu puta madre, o haces tu papel o te vas o voy yo a por tí" gritaba ya sin disimulo el profesor-apuntador.

"Yo no soy Ernesto" dijo seriamente mientras se quitaba por completo el mono y quedaba sobre el escenario sólo con los pantalones de cuero cuatro tallas menos que llevaba debajo.

Cogió el micrófono que había colgado del techo y saltó al público dando un galante doble tirabuzón. Mientras andaba entre la gente besando con lengua a todas y cada una de las féminas que allí había, cantaba a grito pelado "Looking for freedom". Al llegar a la ventana tiró el micrófono al público que estaba dividido entre los que vomitaban y los paralizador por el pánico, y saltó rompiendo la ventana gritándole a su reloj "Kitt, te necesito".

Pocos auditorios hay en un quinto piso. Lamentablemente  era uno de ellos. En el suelo yacía el cuerpo de Ernesto. Descamisado, cubierto de pelo y con los pantalones de cuero.

Cuenta la leyenda que en esos momentos perimortem alzó su mano al cielo y dijo con las pocas fuerzas que le quedaban "no me recuerden como una estrella siempre borracha venida a menos, sino como el buscador de libertad y justicia que siempre fui. Que pongan en mi epitafio 'Aquí yace David Hasselhoff: actor, cantante, músico, poeta, filósofo, justiciero, amante. Todo un hombre del renacimiento que no fue comprendido más que por cuatro frikis'."

Otros dicen que no, que por el contrario simplemente murió murmurando "Kitt, hijoputa, tenía que dejarte aparcado en Almanjayar con las ventanillas bajadas".

En cualquier caso este fue el estúpido y triste final del Ernesto, el hombre que fue David Hasselhoff.



Nota del autor: No se si es más triste la muerte de Ernesto o el relato en sí.

martes, 7 de diciembre de 2010

Los Almendros de mi Abuelo Marino




Aquel día mi abuelo me enseñó a podar los almendros. Los plantó, casi con mi nacimiento, en la lindera de un pedazo de tierra de calma que unos años le daba cebada y otros girasol. A pesar de los hielos y de las sequías, los almendros crecieron fuertes y tan arraigados a la tierra como lo estaba él, tanto que el olor a olivo y a tierra seca seguía emanando de sus poros aunque pasaran los días sin ir al campo. Me decía que de cada rama nunca tenían que salir más de dos tallos, que cortara el que estuviera desviado hacia el suelo para que el almendro creciera hacia arriba, pero para entonces los nuevos brotes familiares ya estaban más apegados a los libros que a los útiles de labranza, y por mucho que lo intentara siempre metía algún corte inoportuno que lo obligaba a no despegarse de mí. Me parecía un prodigio que unas manos casi centenarias, tan callosas y rajadas como la tierra recién labrada, pudieran seguir injertando olivos y podando almendros con la precisión de un cirujano.

Desde pequeño solía llevarme por los cultivos cercanos al cortijo de la Calabaza para explicarme aquel pequeño universo de olivares que arropaban las lomas de Melera, Peñolilla y San Marcos, salpicado de higueras, huertas y algunos retales de monte que escaparon a la rotulación que hizo su padre. Según me contó en alguna ocasión, a su madre le vino el parto tan de inmediato que asomó la cabeza cuando ella todavía estaba de pie. Se echó al suelo, junto a la chimenea, y allí lo parió en la soledad de la urgencia un 27 de diciembre de 1921, cuando toda su familia se encontraba cogiendo aceituna. La tierra fue su primer abrigo y a ella le dedicó la vida.

Pero llegó el día en que las piernas no le dejaron ir a la Calabaza, y aun así la siguió sintiendo tan cercana que parecía intuir el color de los olivos y la fuerte floración de los almendros con tan solo mirar al cielo. Desde entonces, cada vez que me veía venir de la Calabaza me preguntaba

- ¿Cómo están los almendros, Marino?

- Ahí siguen abuelo, les acabamos de coger cuatro sacos de almendras.

- ¿Están muy grandes?

- No te preocupes abuelo, este año los podaré por ti.


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