Quijotes desde el balcón

martes, 19 de enero de 2010

Buenas Noches



...Me encontraba conduciendo por la antigua carretera que salía del pueblo. Me sentía extrañamente cansado y solo me quedaban fuerzas para coger el volante. Esa noche había bebido pero no más de lo habitual. Dos o tres cañas o algunas más quizás. Quería llegar a casa para acostarme. Resultaba divertido y al mismo tiempo sorprendente ver como se movían las farolas de la calzada. No era consciente pero presentía que podría tener un inevitable accidente. Asi que paré el coche y salí a caminar un poco por un descampado cercano para ver si me despejaba.. Debía ser de madrugada. Caminé un rato pero no podía tenerme en pie ni un minuto mas. Me tire en un hierbazal boca arriba para mirar las estrellas...entonces, vi algo que me llamó bastante la atención..., parecía una especie de nube que brillaba mucho. Si... ademas recuerdo que había tres luces en forma de triángulo. Tambíen estas brillaban mucho. Me entro pánico al ver que algo sólido acompañaba estas luces y se acercaba muy despacio... De un salto me incorporé, corrí hacia el coche y me largué de allí con una especie de pánico incontenible. No quería irme solo a casa asi que pase por  la casa de una antigua amiga de la facultad para contarle lo que me habia sucedido. Fue obvia su percepción de mi alcoholismo incipiente y casi no notó que yo había bebido, a lo cual, no me prestó mucha atención. Por mas que le explicara no creia la cuestión. Esa noche me quedé a dormir allí. A poco de acostarme debí de quedarme dormido rapidamente, porque tuve una vision muy extraña que me cambío el sueño...Ví las luces y la misma refulgencia, en el mismo lugar. Lo sentía tan real que me desperté asustado...y lo ví...allí, de repente, un extraño ser me cogió entre sus brazos levantandome como si fuera algo muy liviano...
Desperté al día siguiente con un dolor de cabeza espantoso y que en principio mi amiga achacó a la resaca, pero me era dificil recordar el sueño a pesar de que para mi fuéra tan real y a la vez  tan intangible. Me marche a casa. Almorce un poco y volvi a quedarme dormido en sillón. Cuando desperté ya era de noche, no tenia reloj, pero calculé que debian ser las ocho o las nueve de aquel frio martes. De repente me picó la curiosidad tratando de recordar lo que sucedió la noche anterior. Cogi el coche y me dirigí al descampado. Hacía mucho frio y el silencio era abrumador. El aire estaba como cargado por momentos. Mire hacia arriba intentando escrutar el cielo negro. No veia nada. Me senté en la hierba húmeda. Intenté recordar lo que habia visto. Al mismo tiempo, un sopor neblinoso se iba apoderando de mi. En la inmensidad del oscuro firmamento un pequeño punto de luz parecia aproximarse a gran velocidad agrandándo su contorno por momentos. ¿Estaba despierto? Mi mente parecía pronunciar palabras sin sentido, pero os digo la verdad, el objeto volvió...

jueves, 14 de enero de 2010

El Cazador


Los ojos parecían arderle en las cuencas. Eran de un rojo terrorífico, como inyectados en sangre, un rojo grueso y espeso. Las cuencas oculares parecían no poder contener esos ojos rojos. Demasiada oscuridad contenían para poder pertenecer a un ser humano. Ojos sin pupila, desprovistos de sentimientos, eran los ojos de un demonio o de un ser engendrado por monstruos creadores de artificios mecánicos. Aún era un niño, pero se negaba a creer que algo con eso ojos pudiera ser humano. Las garras metálicas de crueles terminaciones estriadas, la armadura iridiscente que cubría su torso, las gruesas alas negras que se abrieron majestuosamente cuando saltó a por su presa, los afilados colmillos con los que desgarró el cuello del desgraciado que ni siquiera llegó a gritar antes de ser devorado…, todas podrían pasar por adquisiciones de un Cazador, adquiridas en una de esas fábricas de armamento de nueva generación. Pero esos ojos no… Eran los ojos de la bestia, ningún ser humano sería capaz de poseer esos ojos. No, no era un Cazador era otra cosa…
Una cosa hambrienta que a pesar de haber consumido casi toda la carne de su victima aún parecía olisquear el aire en busca de algo que llevarse a la boca. Pero él estaba a salvo. Éste era su refugio. Ningún Cazador lo había encontrado nunca, allí estaba seguro, las gruesas paredes del bunker lo habían protegido de los bombardeos y el aspecto semiderruido de su exterior hacía que ningún Cazador sospechara que alguien se escondiera en él. Desde los barrotes de la ventana superior del bunker podía contemplar todo lo que ocurría en el exterior y una salida que daba al alcantarillado le permitía salir en busca de comida de vez en cuando al exterior. Casi podría considerarse que llevaba una buena vida en comparación con otros. Al menos tenía un sitio donde ocultarse de aquellas cacerías. Esas horribles noches, en las que los Cazadores los masacraban. Durante los últimos meses había visto morir a todo el que pudiera haber llamado amigo.
El operario de la Estación fue el último. El pobre… parecía tan simpático… Esos ojos grises bastaban para que las penas de todos los que le rodeaban desaparecieran. Siempre guardaba una sonrisa para cada uno. Siempre era la voz de la esperanza. Aunque no hubiera encontrado comida en días y la falta de fuerzas casi le impidiera articular palabra, siempre sonreía. Durante unas semanas ambos se habían refugiado en el bunker para poder sobrevivir o al menos intentarlo.
En esas noches frias, lo había acurrucado junto al vagón, intentándo quitarle el frío. Esas noches en las que le contó su vida antes de la guerra y en voz baja temeroso de que el rumor de sus palabras atrajera a algún cazador. Le contaba su vida junto a su esposa y su hijo pequeño. Entre lágrimas le describía la noche en la que el cielo lloró fuego y sangre y nada volvió a ser igual. Le relataba como sacó al pequeño en brazos ante el estruendo que le iba a destrozar los oídos. Y la última vez que vio con vida a sus seres queridos, antes de que un obús cayera cerca de su casa y fuera lanzado por la onda expansiva dentro de un túmulo descubierto con cientos de cadáveres. Como se levantó rodeado de muertos, pero sin su familia. Como vagó días y días buscándolos y nunca más volviera a verlos… Había llorado, cuando vio su última sonrisa. Justo ahi donde se encontraba ahora ese engendro de ojos rojos, había estado de rodillas. Sonriendo y en silencio, pues no cabía suplicar a un Cazador, de rodillas y con los ojos cerrados. Un solo disparó en la frente bastó para segar su vida. No quería dejar su cuerpo ahi tirado. A las personas debian enterrarlas dignamente, pero eso no era posible. Los Cazadores se llevaban siempre sus victimas, nadie sabía para que, pero siempre lo hacían. Según ellos, eran vengadores y eliminadores de la basura de tierra, esa tierra que había que purgar antes de volver a ser colonizada, marchita y desprovista de vida aprovechable pero que no debía volver a ser bombardeada. De pronto la bestia empezó a mirar a su alrededor. Olisqueando, buscando algo, saboreando antes de tiempo una caza aún en ciernes. Las musculosas patas terminadas en pezuñas de acero comenzaron a caminar en dirección a la ventanilla donde estaba escondido. Ahogando un grito de terror, se bajó de la caja donde se apoyaba para mirar y se acurrucó en el interior del bunker, mientras oía los pasos de la bestia acercarse más y más. Por Dios, solo era un niño. Uno tras otro, sin prisa, pausados pero con una sonoridad irrefutable, los pasos continuaban acercandose. Los dientes le empezaron a castañear y tuvo que sujetarse la mandíbula para no revelar su presencia. El sudor empezó a correr por todo su cuerpo y gruesos goterones le surcaban la frente.
El miedo y la incertidumbre eran lo peor de estas angustiosas esperas, en las que no podías saber si te habían descubierto o no, y sólo cabía esperar ahi quieto como le había enseñado el operario de la Estación...
El ruido de los pasos cesó repentinamente justo encima de su cabeza. ¿Se habría ido? Una oscura sombra le reveló su error. Estaba justo al lado de la ventana del bunker, olisqueando, buscándo...
Detuvo su respiración, tapándose la boca con la mano, mientras intentaba que el terror no lo delatara. Los segundos pasaban lentos, interminables.. la bestia no se decidía a irse y dió un par de vueltas más alrededor olfateando el aire. Finalmente dejó escapar un gruñido y dió media vuelta sobre sus patas, pero no se alejó caminando, simplemente su sombra dejó de proyectarse a través de la ventanilla del bunker. Como si hubiese esfumado de repente.
Aguardó un tiempo prudencial para volver a atreverse a mirar por la ventanilla. Pero finalmente se sobrepuso al miedo y se encaramó tembloroso sobre la caja. Lo que vio le dejó helado. La criatura estaba allí, a pocos metros de la ventanilla volando en pequeños círculos y mirándolo fijamente como un buitre antes de descender sobre la carroña. Con un grito de terror salto desde de la caja mientras intentaba huir trasbillando de esos ojos rojos. Lo más rápido que pudo se puso en pie e intentó echar a correr en dirección hacia la salida a las alcantarillas, pero de improviso el techo sobre su cabeza se vino abajo con un espantoso estruendo. La dura capa de metal que resistiera los impactos de las bombas fue atravesada como si de madera se tratase. Sin embargo esto dejó atontada momentáneamente a la bestia y él lo aprovechó para intentar huir. Sus piernas le llevaron en una alocada carrera hasta la puerta del bunker y más allá, hasta caer en la sucia corriente que corría por la parte inferior del alcantarillado. De nuevo se puso en pie y siguió corriendo jadeante, mientras oía los gritos estridentes de la bestia que corría tras él. Las piernas parecieron estallarle mientras corría y corría a través de los pasadizos a toda velocidad. Pero la bestia era más rápida y no tardaría en alcanzarlo. Una garra le rozó la pierna y le hizo caer entre los escombros. Una segunda criatura, tan horrible como la que le perseguía era la responsable. Había salido de repente de la nada, de la oscuridad. Ahora la tenia justo encima babeante y ciñendo sus garras de metal sobre su cara y degustando de antemano aquel apetitoso bocado. El rostro semihumano parecía sonreír al ver el terror de su víctima y se deleitó un instante mientras oprimía la garra sobre su cintura que empezaba ya a atravesar la carne. Un grito espeluznante detuvo ese horrible avance, parecía que la primera criatura reclamaba su presa y la segunda no estaba muy de acuerdo en compartirla. La garra levantó el cuerpo como si fuera de papel delante de la primera criatura y lo asió por el cuello elevandolo hasta su altura, mientras la sangre se derramaba por las heridas del muslo y la cintura. Unas lágrimas empezaron a brotarle por las mejillas mientras la opresión de la garra empezaba a ahogarlo sin remedio. Cerró los ojos y se dispuso a morir. Intentando no pensar en cómo esas criaturas lo devorarían a continuación. Pudo sentir el aliento de la bestia sobre su rostro, y el acerado filo de los colmillos. Cerró los ojos con más fuerza aún y deseó que todo acabara pronto. Sin embargo un leve crujido le hizo abrir los ojos. Pasos en el silencio de las alcantarillas. Hizo un esfuerzo para mirar en la dirección de donde venian los pasos y apenas si pudo acertar a ver una sombra acercándose. Una potente luz surgió de entre la oscuridad del tunel y pudo sentir una llamarada de calor a pocos metros. La criatura que le oprimia el cuello gritó furiosamente lanzandolo al suelo. Pudo percibir un desagradable e intenso olor a quemado y al girarse sobre si mismo y rodando fue a parar a un amasijo de carne y metal incandescente y desprovisto de cualquier forma reconocible. Haciendo un esfuerzo se incorporó y buscó entre la oscuridad pero no vio nada. De repente un chillido vino desde el fondo del pasillo. Se encaminó en esa dirección todo lo rápido que pudo. Vio reflejos metálicos subiendo y bajando y gritos de furia que no podía provenir sino de la criatura. Un último grito espantoso y el ruido de lucha cesó. La sombra avanzaba de nuevo hacia el, con pesados pasos de metal. Paralizado por el miedo acertó a ver la sombra transformandose en la figura de una mujer alta, vestida con ropajes descuidados, con gruesas capas de metal cubriendo torso, cintura y muslos y con un yelmo resplandeciente. Ceñia una gran espada afilada y con la otra mano sujetaba algo parecido a una pistola. Al verlo tendido en el suelo, con las ropas desgarradas, sangrando por sus heridas y sollozado, la mujer de la armadura guardó su espada y le tendió una mano también cubierta de metal.
-¿Cuál es tu nombre pequeño? -
- Mi nombre… me llamo… sí, mi nombre es Jonas…Gracias por salvarme la vida señora...
-No. No tiene sentido que me agradezcas nada. Ven conmigo, ha llegado la hora de dejar de temer, ha dejado la hora de dejar de huir. Ha llegado la hora de dejar de.. sentir. Su cuello de niño se partío en un chasquido, como el crujido de una rama seca. Solo pudo ver un leve fulgor rojo destelleante en aquellas pupilas que ahora le miraban fijamente....

miércoles, 13 de enero de 2010

El tipo que queria ser un jarrón


Basilio era un pacífico jardinero que trabajaba en unos jardines cuyo final nunca veía. Trabajaba y trabajaba, cortaba la mala hierba y arreglaba las zarzas para que las flores del estrecho caminillo de arena fueran siempre visibles. Las regaba suavemente para que se mantuvieran bien bellas. Cada día, al levantarse, veía como las zarzas, querían engullirlas; crecían rápidas, como si la sátira tierra diera sobrenaturales ánimos a su diabólica y burlesca simiente. Harto de trabajar en vano, decidió tumbarse en su cama para luego darse un paseo por el camino de arena y fumarse un cigarrillo. Aquella mañana, Basilio no trabajó, se paseó por el camino viendo como las zarzas escondían las flores tras su rotundo verde. Todas observaban sus pasos tras su enzarzada jaula. Todas, menos una. Unos pasos más allá del margen izquierdo del camino, divisó una inmensa y atractiva rosa roja que brillaba por el rocío con el sol de la media mañana. Al acercarse, la rosa le habló. "¿Por qué no trabajas hoy, Basilio?" "Es inútil, por mucho que haga, las zarzas engullen a las amapolas, tulipanes y crisantemos de este jardín. Toda mi vida la he gastado recorriendo este camino sin fin, durmiendo con manta en suelo raso, o en alguna de las casitas que a veces encuentro en mi trayecto, arrastrando tras mi espalda mi bolsa de herramientas. Pero estoy seguro de que, si echara marcha atrás, vería como trabajé para nada, pues seguro que las zarzas se han tragado ya todo a su paso." "Las zarzas siempre están ahí...Las flores que logran darse cuenta, ven por sí mismas cómo pueden crecer por encima de ese implacable verdugo. Las que no quieren darse cuenta, perecen en la amarillenta e inmutable caricia del tiempo." "¿Y por qué eres la primera rosa que veo en todo el camino?" "Porque soy la que da fuerza a las zarzas, la que con el agua del rocío las mantiene crueles e insensibles, creciendo día a día, llevándose bajo sí a toda flor débil, carente de brillo, poco segura de la estabilidad de sus fuertes raíces. Aquella que planta cara crece por encima de la horda de espinas, jactándose de su no demasiado hábil opresor. Es ley de vida, es el inevitable proceso natural." "¿Y...las que permanecen bajo la zarza?" "Ahí se quedan, amarillentas y despreocupadas...Sin pensamiento alguno, al borde del destino que les podría haber deparado el crecer y esquivar al elíptico y verdoso torturador. Ahí quedan para siempre, conservadas, pero descoloridas...Frías..." "¿Qué hay al final del camino?" "Puede que algo, puede que nada." "¿Así pues, no se si mis esfuerzos son inútiles?¿No se si alguien al final del camino recompensará mi lineal y cansino esfuerzo?" "Tus esfuerzos son útiles, pues haces que las flores vean que no son tan frágiles como ellas piensan, tú las liberas de la verde sombra. Algunas de ellas ven que hay algo fuera del techo de espinas que las envuelve, ven cielo azul, respiran aire puro, crecen y..." "Crecen y la vida las marchita en cuestión de días. Es inútil. ¡Llévame contigo, abrázame con tus espinas. Alivia mi cansancio y deja que me tumbe aquí a tu lado, abrazado por las zarzas, para sólo ver el salvador y reconfortante verde que tú puedes ofrecerme!" "No es algo, que un jardinero deba hacer, pues si no...¿Quién cuidará del jardín? ¿Quién hará que las flores logren verse a ellas mismas como lo que son?" "Al diablo con ellas, que se den cuenta por su propio pie. Yo sólo quiero que me lleves contigo..." "No lo haré..." "Sí lo harás, pues si no lo haces, te arrancaré de éste suelo con la pala más grande que lleve en mi bolsa de herramientas." La rosa dudó durante unos instantes, tras los cuales volvió a hablar al jardinero. "Ve a la casa donde has dormido hoy. Esta noche haré que las zarzas lleguen a tu cama para así aliviar tu inquietud" Pero la rosa lo había engañado, no podía hacerle eso al jardinero, al eterno cuidador de aquel jardín sin final. Para evitar otro encuentro como el de aquella mañana, dirigió sus zarzas contra sus propias raíces, haciendo que éstas fueran arrancadas de la fértil tierra que las albergaba. Las zarzas llevaron a la rosa al interior de la pequeña casa donde Basilio estaba durmiendo y la depositaron dentro de un jarrón con agua fría que había en una mesa situada en frente de la cama donde se hallaba descansando Basilio. Cuando éste despertó por la mañana, vio la flor semimarchita dentro del recipiente. El hombre le habló al jarrón en una retórica conversación entre un desasosegado humano y un inánime utensilio: "Me das tanta envidia...Tú, frío y eterno jarrón de cristal. Tú, transparente objeto sin alma que el tiempo no logra dañar...Tras tu acuosa mirada ves como el tiempo pasa, pensando "qué frágiles son, los seres vivos"...Maldito seas, qué suerte tienes." Basilio, desesperado y a la vez colérico, cogió su machete, una pala y un pequeño rastrillo; salió raudo de la casa y plantó de nuevo la rosa, ahora amarronada y mortecina, allí donde la encontró la mañana anterior. Corrió no muy lejos, un par de yardas quizá. Cortó un tulipán del camino y cavó un hoyo con la pala. Tras esto, rajó su pecho con el machete y colocó al lado de su corazón el fresco tulipán blanco. Con las fuerzas que le quedaban, cerró su pecho y se enterró en el hoyo que minutos antes había cavado, sellándolo para siempre con sus propias manos. Allí esperó a que la rosa resucitara y se llevara con sus enzarzados brazos aquel tulipán que en pocos segundos se tornó rojo oscuro...rojo sangre. Pero la rosa nunca vino a por él. Al lado de la marchita reina que un día gobernó sobre aquel jardín, dejó algo escrito en un papel viejo, sobre el cual fueron cayendo los arrugados pétalos de la muerta flor, bajo el implacable paso de los segundos...de los minutos...de las horas...de los días: "Ven, y abrázame con tu perfume, quiero acariciar tus hojas, y notar la suavidad de tus pétalos mientras de mi dolor me despojas. Ven, líame entre tus zarzas, fija tu color en mis ojos, desnúdame con tu tropismo, borra mis pensamientos rotos. Deslízate por mi cuerpo y clávame tus espinas. Llévate mi sangre, dame tu rocío, que cada clavo tuyo se ensarte en mis venas cada vez más finas. Sentado aquí te espero; haz de mí un ser nuevo, llévate de mí el rojo néctar, no lo quiero quiero en mí sentir tu agua, fría, como la lluvia de enero. Sentado aquí yo te anhelo, te reclamo, te ansío, te quiero, ¡oh, perdición y salvación a la vez, unidas por el desespero! Enfríame súbitamente con tu golpe constrictor y certero. Quédate mi calor, para mantener rojos tus pétalos, y no tengas remordimientos; congela mis huesos, sédalos, pues ya no quiero ser pasión hirviendo, tan sólo, un frío jarrón."

El Bar

Por fin un puente, unos días de quimérica libranza e ilusión de pequeñas vacaciones. ¿Qué haremos hoy? Obvio es, ir al bar a echar unas cañas y comer de tapas, que para eso es fiesta. Se ve que la originalidad de la idea no era de nuestra exclusividad, cien mil personas se agolpaban en la barra del pequeño antro de madera gritando ¡¡¡Más cerveza, es la guerra!!!


A eso de las tres y media de la tarde la cosa estaba más relajada. En la barra apenas quedaba nuestro grupo, tres solteronas con los cuarenta bien pasados, un grupo de pijos que nos miraba de reojo cada vez que cantábamos algo de Siniestro Total (efectos colaterales de la ingesta alcohólica masiva), tres chavales en chándal con un balón de baloncesto junto a la mesa y junto a la entrada dos matrimonios mayores y muy bien vestidos.


El comedor era otro cantar. Centenares de personas gritaban, comían, se tiraban migas de pan y servilletas mientras se podía entreoir de vez en cuando palabras como “cerveza”, “pan” y “solomillo”. Era festivo, si, pero jueves. Se ve que los del bar no estaban preparados para la marabunta que se le avecinaba y apenas tenían dos camareros repartidos para todo el mundo. Tocábamos aproximadamente a camarero por cada doscientas mil criaturas.


A partir de la sexta ronda la cosa empezó a ponerse fea. El camarero entraba en la barra y antes de que nadie pudiera pedirle algo volvía al comedor con la bandeja llena de bebidas. “Es que tiene lío” pensábamos todos. Total, nos quedaban un par de dedos en el tubo así que podíamos esperar un poco más.


No así los pijos, que comenzaban cada frase con un repipi “Pues en Granada esto no pasa”, “pues en Granada hay mil quinientos camareros por cada mesa”. Pues que se vuelvan.


Las solteronas estaban ya con una risilla floja de esas contagiosas intercambiando miradas con los del baloncesto que deberían pensar “¡Qué carajo!” y tonteaban haciendo descender sus edades hasta los 13 años.


Volvió a pasar el camarero, “Oye, perdona, oiga, por aquí, unas rondas, anda, porfi, maestro, jefe, aquí...” pero nada ocurrió, volvió a darse la vuelta y desapareció tras la puerta que daba al comedor con una bandeja a rebosar de sabrosa y fresca cerveza.


Las cuarentonas y los del baloncesto ni se dieron cuenta. Habían acercado sus taburetes y estaban charlando emparejados, hablándose al oído y con la misma risa floja de antes, solo que más escandalosa si cabe.


Cuando los pijos dijeron por quincuagésima vez lo de “Pues en Granada” mi colega Juan no pudo evitarlo: “Pues vete a Granada, gilipollas, y deja ya de dar por culo”, -”Por culo dais vosotros, so macarras, que tenéis una liada con las coplas esas de mierda que cantáis...”-. “Hijo mío”, interrumpí para que la sangre no llegara al río, “estamos cantando la gloriosa historia del Punk español: Siniestro, mamá ladilla... así que en lugar de quejarte puedes o bien irte a tomar por culo, como sabiamente ha dicho mi colega o por el contrario unirte, escuchar y aprender un poquito de música, que seguro te hace falta”.


El repijo se dió la vuelta y cuchicheó con sus colegas. Pringaos.


Ya sólo nos quedaba un dedo de cerveza, y espuma reseca en el resto del tubo. Las cuarentonas seguían a su rollo, cada vez más cerca y emparejadas con los del baloncesto. Estos parecían encantados de la vida. No es que fueran unas sex simbols, pero a ver, por charlar y tontear un rato no pasa nada. Además se veían majas y sobre todo graciosas.


Los pijos ya se habían levantado para pagar. Pero si el camarero no venía a poner copas tampoco lo haría para cobrar.


Eran ya las doce de la noche, el comedor seguía igual de lleno y jaleoso. Intentamos entrar para llamar al camarero, pero fue imposible. Alguna fuerza o ley no escrita impedía el paso a la otra sala. Igual que en los arcades de toda la vida: o matas al master del nivel o no se puede pasar.


Con la llegada de la noche y el frío sólo tuvimos problema nosotros y los pijos. Las cuarentonas y los del baloncesto se acurrucaron de dos en dos y pasaron la noche bastante calientes (en todos los sentidos).


Los pijos por otro lado intentaron irse sin pagar. No señor, eso si que no. Llevábamos viniendo a esta bar por lo menos cinco años y no íbamos a dejar que unos repijos le dejaran un descubierto. Así que nos enfrentamos a ellos, como tiene que ser. Primero verbalmente, luego a empujones, algún puñetazo, y finalmente con los taburetes, sillas, servilleteros, ceniceros, … Evidentemente ganamos nosotros, aunque ligeramente jodidos nos quedamos.


Las doce servilletas que quedaban con vida nos sirvieron para limpiarnos la sangre. Sobre el rojizo suelo yacían los cadáveres de los cinco niñatos, con ayuda del palo para tender los toldos empalamos a uno junto a la puerta, para avisar a futuros pijos morosos. Mientras enterramos el cuerpo de los dos caídos de nuestro bando con toda la dignidad que pueden dar los periódicos del día anterior.


Los del baloncesto salieron del brazo de las cuarentonas dejando en la barra un flamante billete de cien euros, más que suficiente para pagar sus consumiciones y dejar una generosa propina.


De mi grupo quedábamos sólo dos, Juan y yo. Cansados, ensangrentados y con las camisetas hechas jirones dejamos caer nuestros cabezones sobre la barra, cansados y sedientos nos dormidos.


Lo siguiente que recuerdo es al camarero echándonos a escobazos al grito de “¡Joder, no consumís nada y encima me dejáis esto perdido de sangre, idos a buscar trabajo, gandules, y dejad de joderme el negocio!”

martes, 12 de enero de 2010

5:38

Frenó en seco. Estaba justo delante de la puerta. Con la maleta tirando de él (más que al contrario) y guiándola a través del barro que servía como entrada a la imponente estación, se giró. Estaba completamente solo. ¿Cómo no iba a estarlo? Entre otras muchas razones, por la hora que era. 5 de la mañana. Su tren partía en media hora, el tiempo justo para tomar una decisión. Una de verdad, no como todos esos cambios de opinión que había tenido durante toda su vida. Al fin y al cabo, su juventud e inexperiencia lo salvaron de tener que tomar decisiones como aquella que le había llevado a esa hora a la estación de tren.
Finalmente, tras cinco minutos observando las puertas de cristal y la vacía estación a través de éstas, decidió entrar. Qué más daba ya. Después de tanto… ¿Cómo pudo llegar a ocurrir todo? ¿Qué fue lo que le hizo que, en este momento, tenga que estar decidiendo si coger un tren al fin del mundo?
Entró en el vestíbulo. El imponente mármol blanco, presente en cada milímetro de aquel lugar, lo hacía sentirse tranquilo, casi como si estuviese en el cielo. Unas enormes escaleras, de mármol blanco guiaban el vestíbulo hacia las oscuras y lóbregas vías del tren. Unos pasamanos de oro aportaban elegancia y majestuosidad a toda aquella masa de mármol blanco. A los lados, cafeterías que abrían sus puertas ofreciendo un café matutino a los madrugadores viajeros, y un quiosco que comenzaba a ordenar impecablemente los periódicos y los titulares de aquel 16 de junio.
Miró en los paneles y vio su tren. Salía a las 5:38. Poco más de 20 minutos le quedaba para hacer algo, para actuar al fin.
El día de antes, un 15 de junio soleado y caluroso que empezaba a ajustarse más al verano que a la primavera, llegó a casa tras sus dos horas de clase, como cada viernes. Pronto iban a llegar las vacaciones y eso, en aquellos años, era como una bendición. Además, esta vez eran, si cabe, más especiales, puesto que era uno de sus últimos años como estudiante. Pronto acabaría la universidad, y con ella los sueños de juventud.
Desde hacía algunos años vivía solo con su madre, porque su padre había muerto un 15 de junio (tal día como aquel) hacia 10 años. No tenia hermanos, ni a ningún familiar vivo. Solo una madre. Una madre que no quería recordar la muerte de su padre. Una madre que desde entonces no era más que un fantasma y una sombra de la realidad, que se escondía de la luz y de las miradas de la gente, más muerta que viva. Una madre que desde ese día dejó de ser madre.
Llegó a casa, a eso de las 14: 36, con los libros en la mano y una gota de sudor invisible que caía por su espalda y los ojos entornados por los rayos de sol. Abrió la puerta y fue en busca de su madre, que siempre andaba husmeando por la cocina, el salón o por su habitación. Cuatro minutos más tarde, después de un reconocimiento minucioso por toda la casa, seguía sin encontrar a su madre y un sentimiento de preocupación mezclado con la perplejidad empezó a apoderarse de todos sus sentidos. ¿Dónde podría haber ido? Si nunca salía de casa…Cansado, sus pasos lo guiaron hasta la cocina es busca de un poco de agua que calmara su desaliento. Allí encontró una nota con la inconfundible letra de su madre, escrita con prisa. “Voy a buscar a tu padre.”
Al día siguiente, a las 5:36 en la estación central de tren, él, solo, como había estado la mayor parte de su vida, se encaminó hacia el andén número 3, donde a las 5:38 paró su tren, con su decisión irrevocable sobre los hombros. Puso un pie en el vagón, sin mirar atrás y sin remordimientos, desapareciendo de una ciudad donde ya no le quedaba nada más que él mismo.

O2

La mañana era clara y fresca. Tenia un brillo casi místico. El sol radiante coronaba un cielo azul intenso. Tan solo unas nubecillas blancas habitaban el infinito. El oxigeno puro se le metía por los pulmones dándole una satisfacción nunca vivida anteriormente. Una liebre salía de su madriguera y a lo lejos le pareció ver un cervatillo. Estaba en el cielo seguramente.
Miro alrededor buscando una visión más amplia de su actual paradero cuando atisbó a lo lejos un monte no mayor que un primer piso. Un valle se inclinaba a su derecha cayendo a un bosque frondoso rebosante de vegetación. Recogió el aire en numerosas bocanadas y lo soltaba lentamente. Se incorporó y empezó a caminar, a explorar tan bello paisaje, vio un trébol de cuatro hojas a sus pies y una especie de diente de león mas lejos, recogió el trébol y siguió su camino guardandolo en su camisa blanca impoluta, absolutamente nueva comprada hace varias semanas en Pryca's. Sin saber bien por que razón, echo a correr sin ningún sentido dirigiéndose al monte. Correr era su mayor alegría en estos tiempos, aunque tuviera que hacerlo en un recinto cerrado, pero ahora estaba en libertad respirando aire puro.
El, Antoñito Pelaez, natural de Besuguillos del Romeral, provincia de Burgos, concretamente del barrio del Pozuelo, era, o lo que quedaba de el, un hombre de edad media ;35 para ser exactos .
Moreno de un metro ochenta de estatura, su altura y su físico siempre fueron una baza importante para sus conquistas nocturnas en aquel bar del pueblo...
Cuando llego al monte decidió coronarlo, se sentía como aquel niño al que le encantaba imaginarse nuevos planetas y nuevas conquistas espaciales, como si de un explorador antiguo se tratara aunque ya la mayor parte del espacio estaba descubierta pensaba que aun quedaba mas por ver. Recordó como allá por el año 3048 dieron el primer viaje espacial ínter dimensional en el colegio. Lo estudio en la escuela elemental con la "Seño" Alfonsina...
Ahora vivía en el 4123. A veces oía historias sobre los prados de Austria o los de Cantabria en el País Vasco. Le hubiese encantado viajar allí si no hubiese sido por la claustrofóbica situación en la que se encontraba la Tierra. Veía el sol brillante y quería volar... quería volar. Estaba completamente feliz porque era un ser libre. Un reloj silbo estrepitosamente una alarma e inmediatamente después en el aire se oyó un ruido ensordecedor, cayo al suelo.... Antoñito despertó en NeoMadrid, la gran ciudad, en el Instituto Nacional de Realidad Virtual.
Tendido sobre la camilla y con los ojos medio cerrados, deslumbrado por los focos solo acertó a oir una voz trémula:
- Señor Pelaez su turno termino. Puede solicitar nuestros servicios siempre que quiera.
Pulse "Enter" en su teclado anatómico, para salir, Gracias y que tenga un buen día...
- Por aqui señor, bienvenido-
El robot le dio la bienvenida a la realidad. A una especie de extraño confinamiento perpetuo...

lunes, 11 de enero de 2010

Cuento de Navidad: HUGO (por Nerea Campos)

Cuento de Navidad

Hugo
La noche anterior al misterioso día de los Reyes Magos muchos niños están pensando, calentitos en sus camas, en los regalos que recibirán a la mañana siguiente. Se preguntan, asustados, si esos omnipotentes y sabihondos reyes recibieron a tiempo sus cartas. Y sienten miedo de que se hayan enterado de ciertas travesuras…
Sin embargo, Hugo sabía que toda esa historia de los Reyes Magos no era cierta. Le fastidiaba que su familia aún siguiera con esa farsa, pues sus primos y él ya eran bastante mayores como para intuirlo. Aunque, de todas formas, era el único que estaba seguro de que no existían ningunos reyes que se dedicaran a dejar regalos a los niños materialistas del mundo capitalista de Occidente. “¿Por qué vamos a tenerlo todo nosotros?”, se preguntaba a menudo. Quedaba claro que Hugo tenía conciencia social, pero no creía en la magia.
Por eso, quizá, o porque de verdad pasan estas cosas (y no porque sean fechas señaladas, sino porque a veces ocurren) que la noche del día 5 Hugo tuvo una visita muy especial, y no tenía nada que ver con gente coronada. El Hada del Sueño, contratada por El Corte Inglés (rey de las finanzas del mundo cotidiano y del sobrenatural), fue a ver a este niño escéptico, pero con corazón. El Hada del Sueño actúa de una manera peculiar: se introduce por la oreja de las personas y, desde allí, accede al cerebro, lista para crear un sueño muy real.
Hugo soñó con otro mundo. No era un más allá ni tampoco era un mundo paralelo. Era su mundo, el mundo de todos, pero ligeramente modificado. Las Hadas no se tenían que esconder y los Duendes, a pesar de su mal humor, eran respetados (y por fin se libraron de las persecuciones). Ambas especies se consideraban de la misma forma que al ser humano y ayudaban a todos los seres vivos del planeta. Gracias a ellos no había guerras en el mundo, y se combatía el hambre. Pero, a pesar de que la magia de estas dos especies era un factor importante, se necesitaba a gente que creyera en ellos. Y para eso utilizaban a los niños. En ese mundo todos las personas creían en ellos (¿cómo no creer si estaban a la vista de cualquiera?), pero, para llegar hasta ese punto, había sido determinante que todos los niños del mundo creyeran con fuerza en cualquier criatura sobrenatural. Gracias al esfuerzo de los niños, los adultos empezaron a darse cuenta de que algo cambiaba. Y así, lo extraño, lo inexplicable y lo raro, se convirtió en lo normal, lo natural y lo cotidiano.
Hugo se despertó sobresaltado. Se sentía muy culpable. ¿Y si era por niños como él que no había ni hadas ni duendes? ¿Y si era por esos niños por los que no se mostraban al mundo y no podían ayudar a otros niños (y otras personas) tan necesitados? … Era muy temprano, pero aún así se levantó para ver los paquetes de regalos envueltos. Hugo estuvo a segundos de agradecer sus regalos a los Reyes, a las Hadas o a los Duendes, pero en el último momento, consiguió detener su cerebro y pensó: “el año que viene, pido dinero y me voy de misionero (pero apartado de cualquier religión)”. De esta forma, Hugo decidió que él mismo sería un hada.
n.c.g.2010.

El Carril (Parte 2 de 3)


Ese día no se plantearon ni tan siquiera salir de allí. Se habían levantado tan tarde y habían
trabajado tanto con el estanque y entre ellos mismos que junto a la poca comida los tenia tremendamente
cansados cuando se hizo de noche. Un sueño reparador les vendría bien, y mañana Dios dirá.
Ya era lunes por la mañana, y paseando encontraron algo de comer por entre los arbustos. Había
junto al estanque unos cuantos manzanos y cerezos, que aunque ya estaban bastante descuidados y sobre
todo no era temporada (cosas del cambio climático) al menos servían de alimento. Tras lo que parecía ser
la planta de la casa junto al estanque, había un huerto abandonado, no tenía mucho de provecho pero algo
se podría hacer para arreglarlo. Mientras volvían al coche se asustaron al ver como una perdiz que parecía
desorientada corría despavorida hacia el coche, donde se estrelló y perdió la vida. Paloma se quedó
mirándola triste, le dio algo de pena ver al pobre animal. Juan se frotaba es estómago, ella lo miró y puso
cara de espanto, aunque comprendió tras tres días allí que iba siendo hora de comer algo caliente. Con el
encendedor del coche y algo de paciencia consiguieron encender un fuego donde cocinar la perdiz. Quiso
la casualidad (la vida a veces sorprende) que el viernes anterior abrieran por fin una cuenta corriente a
medias en el banco, con la que les regalaron una batería de cocina que aún estaba en el maletero. El
banquete fue espectacular, incluso lujoso, digno de una recepción real.
Así pasaron un año, con lo que podían ir cazando en el campo. El huerto más arreglado
empezaba a dar algunas patatas y tomates que animaban y enriquecían la dieta. Con los sacos viejos que
el padre de Juan tenia en el coche hicieron un baño y usando el estanque se las apañaban para tener agua
para la higiene, piscina propia y limpiar los cacharros. La lluvia fue abundante ese año, con lo que no se
podían quejar. El coche ya no servía más que de dormitorio, con eso les sobraba. Tenían todo lo que
podían desear, aunque de vez en cuando echaban de menos un buen libro que leer, una televisión para ver
alguna película y tomar una copa con los amigos. Lo del tabaco fue un problema al principio, pero así
aprovechó Juan para dejarlo. Cada día estaban más delgados y se querían más y cada día daba paso a una
noche más apasionada en el coche y cada noche a un día más feliz como dueños de la tierra que se
sentían.
Hicieron ese año una hermosa fiesta de noche vieja, con hojas secas machacadas como confeti,
una especie de sidra casera que improvisó Paloma a lo largo del verano y perdices (cómo no) de cena.
Aunque parece ser que no le sentaron muy bien a ella, que comenzó a vomitar nada más acabar el ágape.
Pasaron los días y seguía con unas ligeras molestias. Aunque no quiso decir nada, Juan la veía un poco
extraña, como más distante y algo más tristona. También notó que había engordado un poco, y para salir
de dudas se fueron a la parte tranquila de la casa que era el coche y allí comenzaron seriamente a hablar.
En efecto, ella estaba embarazada, pero no había que preocuparse de nada. Había sitio para la criatura, en
la bandeja del maletero podría dormir a pierna suelta, y cuando se fuera haciendo más grande pues ya lo
pensarían. Había perdices como para alimentar a un regimiento, aunque habría que tener más cuidado en
la limpieza, y crecería más sano que cualquier otro niño en ese ambiente. Paloma lo miró con
tiernamente, y lo besó con una dulzura que nunca antes había conocido. Feliz se tumbó hacia atrás
mientras Juan acariciaba su vientre y lo besaba deseoso que naciera ya el niño y poder llevarlo al estanque
y enseñarlo a tirarse de cabeza.
No fue sencillo el parto, pero Juan era un gran asiduo de Hospital Central, House y la Doctora
Quin, lo que facilitó muy levemente el asunto, así que contra todo pronóstico el niño nació sano, con las
manos llenas de dedos y unos enormes y despiertos ojos azules, como los de ella. Juan bromeaba diciendo
que lo ideal sería que fuese tan atractivo como su madre y sin embargo tan inteligente también como su
madre. Ella sonreía, lo hacía siempre que estaba feliz. Era muy expresiva en sus emociones, tanto hacia
un extremo como hacia el otro, cosa que facilitaba enormemente que Juan supiera en cada momento lo
que le pasaba por la cabeza, sin tener que mediar palabra. Tras celebrar el nacimiento con un buen guiso
de perdices comenzaron a pensar en el nombre que le pondrían a la criatura. Ella le quería llamar Antonio
como el padre de Juan o Luís como el suyo. Él no quería llamarlo de ninguna forma, ella sería mamá, él
papá y el niño, niño. Sin apellidos ni nada, ¿de qué servirían allí? Así que sin más dilación lo llamaron
Luís, aunque Juan se quedó con el consuelo de decir que era en honor a Luís Skywalker (¿ o era Luke?
Hacía tanto tiempo que no veía una película que apenas se acordaba de esas cosas). Le encantaba
acercarse a el y decirle con voz aguardentosa “Luís, yo soy tu padre”, mientras ella le daba una colleja
cariñosa y le besaba en el cuello para curarle la herida.
Luís resultó ser un niño extremadamente despierto. Ya con 6 años comenzó a plantearse muchas
cosas del mundo que los rodeaba. Tumbados sobre el capó del R5 miraban las estrellas (era curioso, pero
con lo que le gustaban las estrellas a Juan era la primera vez que las veía tan limpiamente, sin duda
mucho mejor que desde el pueblo). El niño preguntaba y Juan respondía. Le explicó como se formó el
universo, como va creciendo, la teoría de los 3 universos de Friedman, cómo la gravedad nos afectaba a
todos, y llegó hasta las teorías cuánticas, pero ahí le pareció ver a Luís un poco perdido, con lo que
cambió de tema y siguió con la mitología, enseñándole como los antiguos ponían nombres a los
fenómenos del cielo y los temían y les hacían ofrendas. A Luís le encantaban las historias que le contaba.
Su padre del cielo y su madre de la tierra. Le enseñó botánica básica (cada cosa a su tiempo) le explicó el
ciclo de la vida, le enseñó a leer y escribir con un palo en la tierra. Conforme fue creciendo se interesó
notablemente por la filosofía, y entre ellos debatían sobre Descartes, Hume, Nietzche, Marx. La literatura
también le gustaba, y le recitaron de memoria cada verso que recordaban de Celaya, Neruda, Lorca,
Ángel González. En cuanto a la música no se ponían mucho de acuerdo, aunque tampoco tenían muchos
medios para montar una orquesta improvisada.
Cuando Luís cumplió los 10 años empezó a preguntarse dónde estaban todas esas personas de las
que le hablaban. Jamás había visto a nadie fuera de su pequeña familia, ni nadie se había comunicado con
ellos, así que no entendía como sus padres habían aprendido esas cosas, alguien se las tendría que haber
contado, como ellos a él. Entonces comprendió que sus padres a su vez tendrían otros padres que les
contaran las cosas. Aunque jamás los había visto. Pronto desechó esa teoría, había cosas que no le podían
explicar, y si suponemos que a ellos se las contaron, deberían de saber contarlas, o al menos repetir
textualmente lo que en su día les dijeron. La cosa era un poco extraña. Preguntó a Paloma confiando en
que sería más sincera y explícita en sus explicaciones, y le contó una extraña historia sobre una sociedad
donde habitaban más de 40000 personas, y se relacionaban entre ellas. Donde el conocimiento se
plasmaba en una serie de hojas de papel ordenadas por tomos. Donde había radio y televisión y
ordenadores (esto fue muy difícil de explicar). Donde para organizar a tanta gente había unos que
gobernaban y otros que más o menos obedecían.
Luís estuvo años haciéndose una imagen en su cabeza de esas cosas extrañas que le contó su
madre. Pensaba en la cantidad de R5’s y estanques que debería haber para tantas personas, a razón de uno
por cada tres personas salía una cantidad ingente. Se imaginaba una gran llanura llena de coches
enterrados en un lado, y árboles en el otro. Y eso de la tele... y los ordenadores... no estaba muy
convencido. Así que fue a preguntarle a Juan. Este le contó una historia parecida, aunque con notables
diferencias. Le contó la forma en que se relacionaba la gente, cómo creaban lazos entre ellos y se reunían
para compartir ideas y proyectos. Le explicó también que regularmente en el tiempo se celebraban una
serie de festejos, y todos volvían a reunirse y tomar unos licores parecidos a la sidra de Paloma y comían
unos animales que no eran perdices, y cantaban hasta altas horas de la mañana.
Faltaban 2 días para su 18o cumpleaños. Paloma y Juan estuvieron casi todo el día metidos en el
R5 con las puertas cerradas, mientras Luís buscaba perdices y algo de fruta para la celebración de su
aniversario. Hablaron largo y tendido sobre la necesidad de volver al pueblo. Ni sus amigos ni su familia
conocían la existencia de Luís. No sabían como se tomarían la noticia. Tampoco sabían nada de ellos
desde hacía casi 20 años. ¿Cómo estarían todos? ¿Habrían muerto? ¿Cómo será la vida actual en el
pueblo? Por primera vez desde aquella tarde de sábado cuando el coche se quedó encallado en la tierra se
plantearon volver a la sociedad. Parecía un experimento de esos que salen en los libros de “psicología
recreativa”, donde niños criados en la selva se integran con mayor o menor problema en la sociedad
moderna. Eran una especie de tarzanes, o más bien unos Austin Powers que volvían a la vida tras 20 años.
Tomaron una decisión: a la mañana siguiente cogerían lo justo para un día de viaje y saldrían rumbo al
pueblo, con Luís, a buscar a su gente para contarles lo que les había sucedido. También tendrían que decir
algo en el trabajo, 20 años sin asomar por la fábrica seguramente les habrá costado el puesto. ¿Y donde
vivirían? No tenían dinero, no tenían trabajo. No conocían ni un solo avance tecnológico de las últimas
décadas. Eran como una especie de analfabetos llegados de otra galaxia. No, seguramente no sería fácil en
absoluto, pero había que hacerlo, por Luís, tenía derecho a conocer el mundo, más allá del R5 enterrado,
el estanque y los olivos que los rodeaban.

Parte 3

El Carril (Parte 1 de 3)

¡Qué agradable se presentaba la tarde del sábado! Tras la primera sesión de cine y unas cuantas
copas de ginebra para entrar en calor (el otoño se estaba ainvernando por momentos) Paloma y Juan
dejaron a los amigos en el bar para salir a dar un paseo y tomar el aire. Aire hacía, ciertamente, pero en
ese estado de estúpido enamoramiento el cuerpo humano reacciona de manera completamente absurda a
los cambios climáticos, haciendo que el frío no hiele ni el calor agobie ni una tormenta como la que
estaba cayendo empañe los besos. Cosas de la edad.
Aunque aún eran las siete de la tarde, la noche se había presentado algo antes que de costumbre,
precedida de grandes nubarrones y algún que otro rayo ocasional que, en lugar de amedrentar a esta
inocente pareja, les hacía de romántico fondo para sus escarceos. Rondaban casi la treintena, pero tal y
como estaban las cosas por aquellos tiempos hubiera sido imposible adquirir un piso para los dos, con lo
que tenían que buscar lugares alternativos para satisfacer sus deseos y necesidades íntimas. Hacía años
cualquier esquina, portal o banco del parque hubiera sido suficiente, pero ahora no tenían más remedio
que esperar a que algún amigo con más fortuna les prestase la casa temporalmente, o bien ahorrar un poco
para ir a una andrajosa pensión, o simplemente quedarse en el coche, un viejo R5 deslucido que tampoco
tenía hechuras para mucho más.
Así que ahí estaban los dos, esta vez conducía ella mientras Juan volvía a enfadarse por que no le
dejara coger el coche, si apenas se había tomado un par de copillas. Poco duró el enfado. Saliendo por la
zona norte del pueblo un viejo carril, que hacía décadas seguramente llevara a un magnífico cortijo, ahora
apenas se metía unos kilómetros en el enjambre de olivos y ahí se deshacía para formar parte del paisaje.
Tras un magistral cambio de sentido, el coche quedó nuevamente mirando hacia las lejanas luces del
pueblo y medio escondido entre dos olivos.
Eran muy excitantes esos segundos de callada tensión, cuando el motor se quedaba en silencio y
el muelle del freno de mano emulaba al gong del boxeo que da comienzo al combate. Entonces se giraban
el uno hacia el otro, en unos segundos el cruce de miradas dejó claras las intenciones de ambos y
sobraban las palabras. En la radio Diana Krall tocaba el piano en exclusiva para ellos, y dejándose llevar
entre el jazz, el repiqueteo de las gotas sobre el coche y los flashes aleatorios de la tormenta, empezaron a
quererse sin palabras, a danzar el uno sobre el otro y a desgastarse la piel como si ya mañana partiera cada
uno en un dirección opuesta.
Los cristales empañados hacían algo más tétricas las apariciones resultantes de los rayos, en
lugar de olivos se entreveían formas extrañas, a las que les buscaban parecidos lógicos e incluso le ponían
nombre si era menester. Estaban algo sudados, y a medio vestir (o a medio desnudar, mejor dicho) y por
la rendija de la ventana de Juan salía el humo del cigarro mientras alguna gota huérfana le mojaba el
pecho y la pernera del pantalón. Era un poco tarde, qué más daba, el tiempo no existía. Estando juntos el
tiempo no era más que el lapso cronológico que los atormentaba entre que se despedían un día y se veían
al siguiente, todo lo demás era algo aún sin nombre y sin medida ni peso ni magnitud.
Decididos ya a volver cada uno a su casa y separarse hasta el día siguiente, vieron con
desasosiego que el coche no se movía del sitio. La tierra, el agua y las hojas secas habían formado un
adobe que capturaba las ruedas y casi parecía que el coche había echado raíces. Imposible llamar a ningún
amigo para que les echase una mano, los móviles estaban sin cobertura en ese paraje y aunque suponían
que sabrían donde estaban, seguramente no los echarían en falta hasta pasados unos días. A nadie se le
ocurre ir a molestar a una pareja cuando están en esos menesteres lúdicos. Así que asumieron que
pasarían allí la noche. Con los asientos reclinados y las chaquetas por encima, era lo más parecido a una
cama propia que habían tenido en los 2 años que llevaban juntos. De modo que empezaron a soñar con el
futuro, otra de las cosas absurdas que ese estado mental llamado enamoramiento causa en quienes lo
padecen. Hablaron de cómo sería su casa cuando tuvieran dinero para la entrada. El se decantaba más por
un apartamento, con un salón pequeño y alfombra para tirarse los sábados a leer, mientras ella seguía
diciendo que prefería una casa, y si encima tenía chimenea mejor que mejor.
Él prefería por el centro, necesitaba o al menos le animaba mucho tener un “bar de la esquina”,
una “tienda de al lado” y lo que más le hacía ilusión desde pequeño (mira tu que chorrada) era poder
asomarse al balcón y ver la terraza del bar, hablar directamente con quienes llamaran a la puerta sin
necesidad de portero automático y mandarse las cosas por un cubo atado a una cuerda. Un estudio con las
paredes forradas de libros. De todos los tipos: de ciencia, de tecnología, de informática, de novelas, de
cuentos, de teatro, de tratados de filosofía, etc. con una mesa grande donde nunca sobrara espacio y un
gran cenicero caliente y humeante repleto de colillas.
Ella era más hogareña. Una casa a ser posible en el campo. Tranquila, sin ruidos, sin vecinos. Un
jardín en la entrada y un huerto por detrás, con columpios para los niños. Una buena cocina junto al
porche para hacer los guisos con los amigos y familia cuando fueran a verlos, y un gran dormitorio con
bisel en la cama y un gran ventanal para abrirlo cada mañana y que el trasluz de su camisón sea lo
primero que Juan viera cada día. Junto a la puerta los dos coches, para no tener que molestar el uno al otro
y la moto de Juan en una esquina del garaje, cuanto más lejos mejor.
Finalmente se quedaron dormidos. Entre el cansancio del combate y la larga charla eran ya casi
las cinco de la madrugada. Hasta las tres de la tarde no empezaron a abrir a duras penas los ojos. Ya no
llovía, pero seguía haciendo frío. Tres olivos más arriba improvisaron el baño, usando de espejo la cámara
de vídeo llamada del móvil y de grifo el agua que empapaba las hojas picudas. Se terminaron de vestir y
vieron que el coche estaba mucho más hundido de lo que se quedó la noche anterior. La lluvia también
había deshecho el carril y unos troncos caídos junto con algunas piedras bloqueaban la salida lógica.
Dando un paseo por el campo vieron un estanque abandonado, donde se supone habría una casa tiempo
atrás, pero de la que sólo quedaba el estanque y poco más. Estuvieron toda la tarde limpiándolo, con lo
que pudieron encontrar por los alrededores, y cuando se estaba poniendo el sol ya brillaba su reflejo sobre
el agua. Tenían hambre, y gracias a que habían estado en el cine tenían algo de palomitas, unas chucherías
y aún quedaba una lata sin empezar de cerveza. Esa cena, los dos juntos, perdidos en la nada y sentados
sobre el capó del coche les supo a gloria. Así que recogieron la mesa y se metieron en el coche a
resguardarse del frío y fabricar calor artesanal.

Parte 2

OSCAR




... Sin imaginarse lo que iba a cambiar su vida y la mía desde ese preciso momento. "Oscar, yo ya no puedo ocultar esto por mucho más tiempo; la situación en mi casa se está enrareciendo minuto a minuto, día a día, y mi madre cada vez insiste más en que cuando le voy a presentar a mi novia. Siento que la engaño en cada mirada, cada vez que me siento junto a ella en el desayuno y en la cena. Y, como bien sabes, dada su gran tradición familiar católica, anunciar lo nuestro sería mandarla directa al cementerio. Ya sufrió bastante hace dos años con la muerte de mi padre y ahora su único hijo le viene con esto".
La carta estaba torcida y muy mal escrita dado que la escribí una noche sentado sobre mi almohada y pendiente de que mi madre no fuera a entrar como siempre a decirme: "buenas noches, a ver si apagas ya la luz, ¿eh?"
Al día siguiente mi madre estaba blanca, en la mesa de la cocina donde desayunábamos cada día. No me dirigió la palabra en ningún momento. Y cuando me disponía a irme hacía el colegio, esa mañana llevaba algo de prisa pues teníamos claustro a las ocho, me cogió del brazo apretándolo y me dijo: "Ya he llamado al tito Enrique para que te apañe una cita con él lo antes posible para empezar a tratarte".
Mi tito Enrique era jefe del departamento de psicología del Hospital Real en Madrid. "¿Tratarme qué, qué andas maquinando ahora?" le dije. Se levantó, me soltó la mano bien abierta en toda la cara, y me dijo: "Tu padre resucitaría para encerrarte de por vida si supiera que su hijo le ha estado engañando todos estos años ocultándole esta escandalosa aberración. ¿Quién es ese Oscar, donde vive? iré a ponerle una denuncia, ¡Hijo mío! ¿Cómo has podido hacerle esto a tu familia con lo que nosotros hemos hecho por ti? Te hemos pagado los mejores colegios, nunca te ha faltado de nada, y ahora tú nos lo pagas con esta perversión propia del mismo demonio... ¡FUERA DE ESTA CASA! ¡FUERA!
Cogí mi carpeta y la chaqueta y salí dando un portazo sin mirar hacía atrás. Esa noche la pasé en el pequeño y oscuro piso de Oscar, al que ya le advertí que no me apetecía hablar de ese tema, ni de ningún otro esa noche.
Al día siguiente de vuelta a colegio, me llamó el director y me comentó, usando los eufemismos más rebuscados que jamás había oído antes, que mi madre los había llamado por lo de mi "enfermedad" y que él ya se había adelantado preparando el documento de "dimisión voluntaria" para que lo firmase. Yo, que llevaba toda la mañana moviéndome y actuando por inercia, como transportado por una gran nube gris, firmé, sin pensar lo que hacía ni las consecuencias que tendría, me levanté sin hablar y me fui. Al llegar al piso de Oscar, él ya tenía las maletas, las suyas y la mía, preparadas, y el coche apunto y me dijo: "no subas al piso si no quieres, salimos ahora mismo hacia Montpellier, a vivir en la pequeña casa de campo que me dejó mi tío en herencia".
Y así, mientras aún en silencio subíamos por la A7 dirección a Francia, empecé a blanquear mis ideas y me entró una gran melancolía e impotencia por el acontecer de los hechos a raíz de esa gran curiosidad por leerlo todo de mi madre. Me desvinculé por completo de mi familia, conseguí, con una pequeña ayuda de la familia de Oscar, dar clases en una academia del centro de Montpellier y a los pocos meses de estar allí de nuevo el cielo volvió a parecerme azul y el oxigeno al fin circulaba con tranquilidad por mis pulmones.

Archivo del Blog